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El precio de los sueños - Capítulo 16

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  3. Capítulo 16 - 16 Capítulo 16- Lo que queda después
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16: Capítulo 16- Lo que queda después 16: Capítulo 16- Lo que queda después En la oscuridad busco como salir, sus piernas no le respondían del todo, su cuerpo, golpeado , le recordaba lo que acababa de pasar.

Busco cerca de la puerta, sobre la mesa del living, en los bolsillos de los pantalones de José y no la encontró.

Caminó a duras penas hacai la cocina y allí estaban, sobre la mesada de marmol blanca, las llaves.

Las tomó, se desplazó hacia la entrada y fue allí donde un golpe seco en la cabeza la desplomó sobre el suelo.

Alina no recordaba el momento exacto en que la puerta abrió, ni cuanto tiempo paso.

Solo el sonido: un chasquido seco, como un hueso partiéndose.

Después, voces.

Pasos.

Un forcejeo que no sintió como propio.

Y de pronto, aire.

Aire frío.

Aire libre.

La arrastraron fuera sin delicadeza, como si fuera un objeto que había que mover rápido antes de que alguien cambiara de opinión.

No sabía quién la había encontrado, ni cómo.

Solo sabía que ya no estaba en ese cuarto.

Ya no estaba con él.

Su cuerpo temblaba sin control.

No por el frío.

No por el shock.

Era algo más profundo, más primitivo, como si cada célula estuviera intentando escapar de la piel que la contenía.

—Alina, ¿podés caminar?

—preguntó alguien, una voz masculina, urgente.

Ella no respondió.

No podía.

Las palabras estaban atrapadas en algún lugar entre la garganta y el estómago, mezcladas con un sabor metálico que no quería reconocer.

La levantaron igual.

Sus piernas cedieron al primer paso.

El dolor le atravesó la cadera, la espalda, los brazos.

Todo dolía.

Todo era un recordatorio.

El mundo se movía demasiado rápido.

Luces.

Sombras.

El olor a humedad del pasillo.

El roce áspero de una campera contra su piel.

Todo era demasiado.

Todo era nada.

Cuando por fin salieron al exterior, la noche la golpeó como una bofetada.

El viento le abrió los ojos a la fuerza.

Y ahí, por primera vez, sintió algo parecido a respirar.

Pero no era alivio.

Era supervivencia.

La subieron a un auto.

El motor rugió.

Alina apoyó la frente contra la ventana helada.

La vibración del vidrio le recorrió la mandíbula, el cuello, la columna.

Cerró los ojos.

No quería ver.

No quería recordar.

No quería existir.

Pero la memoria no obedecía.

La risa de su novio, sus palabras.

La puerta cerrándose.

El silencio después.

Un silencio que gritaba.

Sintió náuseas.

Se inclinó hacia adelante, pero no salió nada.

Estaba vacía.

Vacía de todo excepto del miedo.

—Ya está, ya pasó —dijo la voz del conductor, como si esas palabras pudieran reparar algo.

Alina abrió los ojos.

Lo miró.

Y por un instante, algo dentro de ella se encendió.

No era esperanza.

No era fuerza.

Era una chispa de furia, pequeña pero viva.

“Ya pasó.” No.

No había pasado.

Recién empezaba.

Cuando llegaron a la clínica, intentaron ayudarla a bajar.

Ella se soltó.

No quería manos encima.

No quería contacto.

No quería sentir nada que se pareciera a control.

Caminó sola.

Cada paso era una punzada.

Cada movimiento, un recordatorio de lo que le habían arrebatado.

Pero avanzó igual.

Porque quedarse quieta significaba volver a ese cuarto.

Y no iba a volver.

Dentro, las luces blancas la cegaron.

El olor a desinfectante le revolvió el estómago.

Una enfermera se acercó con suavidad, pero Alina retrocedió como si la hubieran amenazado.

—No me toquen —logró decir, con una voz que no reconoció como propia.

La enfermera asintió, sin insistir.

Le habló despacio, como si cada palabra fuera un puente que había que construir con cuidado.

—Estás a salvo.

Vamos a ayudarte.

Alina no respondió.

No confiaba en nadie.

No podía.

Se sentó en una camilla.

El papel crujió bajo su peso.

Miró sus manos.

Temblaban.

Tenían marcas que no recordaba haberse hecho.

Tenían sangre que no sabía si era suya.

Y entonces, sin aviso, sin permiso, sin contención, el llanto llegó.

No un llanto suave.

No un sollozo.

Fue un desgarro.

Un sonido que parecía venir de un lugar tan profundo que ni siquiera sabía que existía.

Se dobló sobre sí misma, las manos en la cara, el cuerpo sacudido por espasmos.

No lloraba por lo que había pasado.

Lloraba por lo que había perdido.

Por lo que ya no iba a recuperar.

Por la traición que no vio venir.

Por la versión de sí misma que había muerto en ese cuarto.

Y mientras lloraba, una idea se formó, tenue pero firme, como una raíz abriéndose paso entre la tierra: No iba a quedarse así.

No iba a dejar que la definieran.

No iba a permitir que la historia terminara en ese cuarto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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