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El precio de los sueños - Capítulo 17

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  3. Capítulo 17 - 17 Capítulo 17- Silencio impuesto
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17: Capítulo 17- Silencio impuesto 17: Capítulo 17- Silencio impuesto La clínica olía a desinfectante y a algo más: a miedo.

Un miedo que no era solo de Alina, sino de todos los que la miraban sin saber qué hacer con una chica rota que no dejaba que nadie la tocara.

Había pasado horas en esa camilla.

O tal vez minutos.

El tiempo se había vuelto una masa espesa, difícil de atravesar.

Cada tanto, una enfermera se acercaba con pasos suaves, como si temiera que un movimiento brusco pudiera quebrarla del todo.

Alina no hablaba.

No lloraba.

No reaccionaba.

Solo respiraba.

Apenas.

La puerta se abrió sin aviso.

Y entró Lisa.

La pelirroja tenía el cabello perfectamente acomodado, como si no hubiera pasado la noche siendo cómplice de un infierno.

Sus ojos verdes brillaban con una mezcla de falsa preocupación y algo más oscuro, más afilado.

—Alina… —susurró, con una voz tan dulce que dolía.

Alina se tensó.

El cuerpo entero.

Como si un cable interno se hubiera estirado al límite.

Lisa se acercó despacio, fingiendo empatía para las cámaras que no estaban ahí.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, inclinó la cabeza y le rozó el oído con los labios.

—Escuchame bien —murmuró, con un tono que helaba la sangre—.

Stella está conmigo.

¿Te acordás?

Tu sobrinita hermosa.

La que te adora.

La que confía en mí.

Alina sintió cómo el mundo se inclinaba.

No.

No.

No.

—Si abrís la boca… si decís una sola palabra sobre lo que pasó… —Lisa sonrió, una sonrisa mínima, venenosa—.

Te juro que no la volvés a ver.

Y no sabés lo fácil que es que un accidente pase cuando nadie está mirando.

El aire se le cortó.

El corazón le golpeó el pecho como un puño.

Lisa se enderezó, volvió a su máscara amable y le acomodó un mechón detrás de la oreja, como si fuera una amiga preocupada.

—Tranquila, linda.

Yo estoy acá para ayudarte.

Y salió.

Así.

Como si no acabara de destruirla un poco más.

Alina quedó inmóvil.

No podía gritar.

No podía llorar.

No podía respirar.

Stella.

Su pequeña Stella.

No podía arriesgarla.

No podía.

La puerta volvió a abrirse, pero esta vez no fue una amenaza.

Fue él.

El Dr.

Federico Álvarez entró con una calma que contrastaba con el caos interno de Alina.

Tenía el ceño ligeramente fruncido, como si estuviera conteniendo una preocupación demasiado grande para mostrarla de golpe.

—Alina —dijo, suave, sin acercarse demasiado—.

¿Puedo sentarme?

Ella no respondió, pero tampoco lo rechazó.

Él tomó eso como un permiso.

Se sentó en la silla junto a la camilla, dejando una distancia respetuosa.

No intentó tocarla.

No intentó examinarla sin aviso.

Solo la miró con una mezcla de profesionalismo y humanidad que la desarmó un poco.

—No tenés que hablar si no querés —continuó—.

Pero quiero que sepas que estás a salvo acá.

Alina tragó saliva.

La palabra “a salvo” le dolió.

No era verdad.

No mientras Lisa existiera.

No mientras Stella estuviera en sus manos.

Federico notó el temblor en sus dedos.

Notó la forma en que evitaba mirar la puerta.

Notó el miedo.

—¿Alguien te hizo sentir amenazada?

—preguntó, con una voz tan baja que parecía un secreto.

Alina cerró los ojos.

La imagen de Lisa.

El susurro.

El nombre de Stella.

No podía decirlo.

No podía arriesgarla.

Negó con la cabeza.

Una mentira que le quemó la lengua.

Federico no insistió.

No la presionó.

Solo asintió, como si entendiera que había algo más, algo que ella no podía decir todavía.

—Voy a quedarme un rato —dijo—.

No para examinarte.

Solo para que no estés sola.

Esas palabras la quebraron un poco.

No en el mal sentido.

En el sentido de que alguien, por primera vez en horas, no quería nada de ella.

No esperaba nada.

No exigía nada.

Solo estaba ahí.

Federico apoyó los codos en las rodillas y entrelazó las manos, mirando al suelo, dándole espacio para respirar sin sentirse observada.

—Cuando estés lista —añadió—, podemos hablar.

O no.

Lo que vos necesites.

Alina lo miró.

Por primera vez desde que la sacaron de ese cuarto, sintió algo parecido a… calor.

No seguridad.

No todavía.

Pero sí un punto de apoyo.

Una presencia que no la invadía, que no la manipulaba, que no la amenazaba.

Una presencia que la veía.

Y en ese instante, sin entender por qué, sin quererlo, sin buscarlo, sintió algo moverse dentro de ella.

Algo pequeño.

Algo que no era miedo.

Algo que no era dolor.

Algo que podría convertirse en otra cosa.

Federico levantó la mirada y sus ojos se encontraron.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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