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El precio de los sueños - Capítulo 18

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18: Capítulo 18- Sin salida 18: Capítulo 18- Sin salida El taxi se detuvo frente al edificio.

Alina no bajó enseguida.

Se quedó mirando la puerta de entrada como si fuera un animal dormido que podía despertarse y atacarla en cualquier momento.

No quería volver.

No quería entrar a ese departamento vacío, donde cada rincón le recordaba que su padre no estaba, que Stella no estaba, que ella misma ya no era la misma.

Pero no tenía otro lugar adonde ir.

Pagó con manos temblorosas y subió las escaleras despacio, como si cada peldaño pesara el doble.

Cuando abrió la puerta, el silencio la golpeó.

Un silencio espeso, húmedo, que parecía pegarse a la piel.

El departamento olía a encierro.

A abandono.

A algo que se había roto y nadie había intentado arreglar.

El teléfono vibró en su bolsillo.

Un mensaje.

“Tu papá sigue estable.

Pero no sabemos por cuánto tiempo.” Era de su tía.

Alina apoyó la frente contra la pared.

Su padre.

Su único sostén real.

Convulsionando en un hospital público mientras ella… mientras ella sobrevivía como podía.

Se deslizó hasta el suelo.

No lloró.

No podía.

El llanto era un lujo que ya no se permitía.

Horas después, cuando logró ponerse de pie, revisó los papeles de la tutela.

El nombre de Lisa brillaba como una burla.

La firma de José, impecable, legal, inamovible.

Ella no tenía nada.

Ni dinero.

Ni trabajo.

Ni poder.

Y lo peor: no tenía voz.

Si hablaba, Stella pagaría el precio.

Si denunciaba, Lisa cumpliría su amenaza.

Si intentaba enfrentarlos, José la aplastaría con la ley que él mismo manipulaba.

El teléfono volvió a vibrar.

Otro mensaje.

Esta vez de un número desconocido.

“No te metas en problemas.

Pensá en Stella.” Alina sintió un escalofrío.

Lisa.

Siempre Lisa.

Siempre un paso adelante.

Se dejó caer en el sillón.

El cuerpo le dolía.

La mente le ardía.

La vida se le desmoronaba entre los dedos.

Y entonces, el timbre sonó.

Alina se congeló.

No esperaba a nadie.

No quería ver a nadie.

Pero la voz del otro lado de la puerta la atravesó.

—Alina… soy Federico.

El corazón le dio un vuelco.

No sabía si era alivio o miedo.

Tal vez ambas cosas.

Abrió la puerta apenas, dejando la cadena puesta.

Federico estaba ahí, con el guardapolvo todavía puesto, el pelo un poco desordenado, los ojos cargados de preocupación.

—Pasé por la clínica y me dijeron que te habías ido sola —dijo—.

Quería asegurarme de que estuvieras bien.

Ella no respondió.

No podía decir “sí”.

No podía decir “no”.

Federico bajó la mirada, como si entendiera más de lo que ella decía.

—¿Puedo entrar?

Alina dudó.

La cadena seguía puesta.

Ese pequeño metal era lo único que la separaba del mundo.

Finalmente, la soltó.

Federico entró despacio, sin invadir, sin mirar alrededor como un intruso.

Se quedó cerca de la puerta, dándole espacio.

—No tenés que hablar —dijo—.

Solo… no quería que estuvieras sola hoy.

Alina sintió un nudo en la garganta.

No era lástima lo que veía en él.

Era algo más profundo.

Algo que la desarmaba.

—No puedo denunciarlo —susurró, casi sin voz.

Federico la miró con una mezcla de dolor y rabia contenida.

—Lo sé —respondió—.

Y no voy a presionarte.

Pero tampoco voy a dejar que cargues con esto sola.

Cuando estes lista, te voy a acompañar.

Ella apretó los puños.

Alina lo miró.

Por primera vez en días, sintió que alguien estaba de su lado.

No por obligación.

No por interés.

Sino porque quería estarlo.

Federico dio un paso hacia ella, lento, medido.

—No tenés que confiar en mí ahora —dijo—.

Pero dejame ayudarte.

Alina tragó saliva.

El silencio entre ellos era denso, pero no incómodo.

Era un silencio que sostenía, no que aplastaba.

—No tengo trabajo —admitió ella, con la voz rota—.

Nadie quiere contratarme.

Dicen que soy un problema.

Que soy un riesgo.

Que soy… —se detuvo, incapaz de terminar.

Federico apretó la mandíbula.

La furia le cruzó los ojos, pero la controló.

—No sos un problema —dijo—.

Sos una víctima.

Y sos fuerte.

Más de lo que creés.

Alina sintió que algo dentro de ella se aflojaba.

Un músculo que llevaba días tenso.

Un miedo que por un segundo dejaba de apretar.

Federico extendió una mano, sin tocarla, solo ofreciéndola.

Alina lo miró.

Y por primera vez desde que todo empezó… creyó que tal vez, solo tal vez, no estaba completamente perdida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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