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El precio de los sueños - Capítulo 19

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19: Capítulo 19- La red 19: Capítulo 19- La red José no tardó en moverse.

Nunca lo hacía.

Apenas Alina salió de la clínica, él ya había presentado escritos, activado contactos, blindado la tutela de Stella con una velocidad que solo alguien sin escrúpulos podía tener.

El sistema legal era su arma.

Y él sabía usarla.

Cuando Alina llegó al juzgado para pedir información, la atendieron con una frialdad que la dejó helada.

—La tutela está firme —dijo la empleada, sin mirarla a los ojos—.

No hay motivos para revisarla.

“Motivos.” La palabra le ardió.

Tenía todos los motivos del mundo.

Pero ninguno que pudiera decir.

Salió del edificio con las piernas temblando.

El sol le quemaba la piel, pero por dentro estaba helada.

Lisa la esperaba apoyada contra un auto negro, fumando como si estuviera en una película que solo ella disfrutaba.

—Llegás tarde —dijo, tirando la colilla al suelo.

Alina se detuvo a varios metros.

No quería acercarse.

No quería respirar el mismo aire.

Lisa sonrió.

Una sonrisa lenta, venenosa.

—¿Pensaste que ibas a recuperar a Stella así nomás?

—preguntó—.

Ay, Alina… sos tan ingenua.

Alina apretó los puños.

—Devolvémela.

Lisa se acercó.

Paso a paso.

Tacón tras tacón.

Como un depredador que disfruta del miedo de su presa.

—No —respondió, casi con dulzura—.

No hasta que aprendas a comportarte.

Alina sintió un nudo en la garganta.

—¿Qué querés?

Lisa la miró de arriba abajo, evaluándola como si fuera mercancía.

—Trabajo.

Alina retrocedió un paso.

—No.

—No te estoy preguntando —replicó Lisa, acercándose aún más—.

Te estoy diciendo.

Mi tío necesita chicas nuevas.

Chicas que sepan moverse, que sepan callar, que sepan obedecer.

Y vos… —le tocó la mejilla con un dedo frío—.

Vos ya aprendiste a obedecer, ¿no?

Alina se apartó bruscamente.

El estómago se le revolvió.

—No voy a trabajar para él.

Lisa suspiró, como si estuviera cansada de repetir lo obvio.

—Tu papá está internado en un hospital público, ¿no?

—dijo—.

Sin obra social.

Sin plata.

Sin nadie que lo cuide.

Qué pena sería que… —hizo un gesto vago con la mano—.

Que algo saliera mal.

Alina sintió que el mundo se le hundía bajo los pies.

—Y Stella… —continuó Lisa, con una sonrisa suave—.

Pobrecita.

Tan chiquita.

Tan vulnerable.

Tan fácil de… perder.

Alina sintió un mareo.

Un zumbido en los oídos.

Un temblor en las manos.

Lisa la tomó del mentón, obligándola a mirarla.

—Trabajás para mi tío —susurró—.

O perdés todo.

Y cuando digo todo, Alina… es todo.

La soltó.

Se dio vuelta.

Subió al auto.

—Te paso la dirección más tarde —dijo antes de cerrar la puerta—.

No llegues tarde.

No te conviene.

El auto arrancó.

Y Alina quedó sola en la vereda, con el corazón latiendo tan fuerte que le dolía.

Esa noche, Federico llamó.

Ella no atendió.

No podía hablar.

No podía explicar.

No podía arrastrarlo a ese mundo.

Pero él apareció igual.

Golpeó la puerta una vez.

Dos.

Tres.

—Alina, soy yo.

Ella abrió.

Apenas.

Lo suficiente para que él la viera.

Y en cuanto la vio, su expresión cambió.

—¿Qué pasó?

Ella negó con la cabeza.

No quería llorar.

No quería quebrarse.

No quería que él la viera así.

Pero Federico dio un paso adelante, lento, sin invadir, y su voz se volvió más suave.

—No tenés que decirme nada —dijo—.

Solo dejame estar acá.

Alina sintió que algo dentro de ella cedía.

No por debilidad.

Por agotamiento.

Federico la sostuvo del brazo, apenas, con un contacto tan leve que no dolía.

La guió hasta el sillón.

Se sentó a su lado, sin tocarla, sin presionarla.

—No estás sola —dijo.

Alina cerró los ojos.

Y por primera vez en todo el día, respiró.

No porque estuviera a salvo.

No porque la amenaza hubiera desaparecido.

No porque tuviera una salida.

El teléfono vibró.

Un mensaje nuevo.

“Mañana.

23:00.

No faltes.” El número era desconocido.

Pero no necesitaba adivinar.

Era el tío de Lisa.

Alina sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Federico la miró.

—¿Querés que me quede?

-No- susurró.-Y te agradezco lo que haces por mi pero no es necesario que estes acá.

Necesito estar sola.

Federico no insistió, habia visto los estudios que le hicieron, sabía que la habían brutalizado, sabía que su padre estaba internado con un tumor que ameritaba una intervención quirurgica rápida.

Sabía que su hermana aún estaba en terapia intensiva en la clinica.

sabía demasiado como para insistir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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