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El precio de los sueños - Capítulo 20

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20: Capítulo 20- El precio 20: Capítulo 20- El precio El bar no tenía nombre visible.

Solo una puerta negra, pesada, con un timbre que no sonaba: vibraba.

Alina sintió esa vibración en los huesos cuando lo presionó.

Un hombre enorme abrió.

La miró de arriba abajo, sin disimulo.

—Sos la nueva —dijo, como si fuera un hecho, no una pregunta.

Alina no respondió.

No podía.

La garganta le ardía desde que salió de su casa.

El hombre la dejó pasar.

El interior estaba envuelto en una penumbra roja, como si todo estuviera teñido de sangre vieja.

Música baja, conversaciones susurradas, risas que no sonaban felices.

Un lugar donde la gente venía a olvidar quién era.

Y donde otras venían a ser olvidadas.

Lisa apareció desde el fondo, impecable, sonriente, como si estuviera en su elemento.

—Llegaste justo a tiempo —dijo, tomándola del brazo con una familiaridad que a Alina le revolvió el estómago—.

Mi tío te está esperando.

La llevó por un pasillo estrecho, donde las paredes parecían cerrarse sobre ellas.

Alina sintió que el aire se volvía más denso con cada paso.

Cuando llegaron a la oficina, Lisa golpeó dos veces y abrió sin esperar respuesta.

—Tío, te traje a la chica.

El hombre que estaba detrás del escritorio levantó la vista.

Esteban.

No era como lo había imaginado.

No tenía el aspecto grotesco de un villano.

Era elegante.

Bien vestido.

Con un reloj que costaba más que el departamento de Alina.

Pero sus ojos… Sus ojos eran los de alguien que había visto demasiado y había decidido disfrutarlo.

Cuando la vio, se quedó inmóvil.

Como si algo en su memoria hubiera despertado.

—Mirá vos… —murmuró, poniéndose de pie—.

No puede ser.

Se acercó despacio, estudiándola.

—Tenés la misma mirada —dijo—.

La misma que tenía tu madre.

Alina sintió un latigazo en el pecho.

—¿La conociste?

—preguntó, sin querer hacerlo.

Esteban sonrió.

—¿Quién no conocía a Alejandra Fredes?

—respondió—.

Era un sueño.

Una obra de arte.

Una mujer que hacía que todos se dieran vuelta cuando entraba a una habitación.

Se detuvo frente a ella.

Demasiado cerca.

—Y vos… —le levantó el mentón con dos dedos—.

Sos igual de hermosa.

Alina retrocedió, pero Lisa la sostuvo del brazo.

—No te asustes —dijo Esteban, como si fuera un consejo amable—.

Acá cuidamos a las chicas.

Las protegemos.

Les damos trabajo.

Les damos… oportunidades.

Alina sintió un escalofrío.

—No voy a trabajar acá —dijo, con la voz temblorosa pero firme.

Esteban la miró como si acabara de escuchar un chiste.

—No entendiste —respondió—.

No es una invitación.

Es una orden.

Alina negó con la cabeza.

—No.

Lisa apretó su brazo con fuerza.

—No seas estúpida —susurró—.

Pensá en Stella.

El nombre cayó como un golpe.

Alina sintió que las piernas le fallaban.

Esteban la observó con interés renovado.

—Ah… así que por ahí viene la cosa —dijo—.

Tenés algo que perder.

Eso siempre facilita las cosas.

Alina tragó saliva.

El corazón le latía tan fuerte que le dolía.

—No voy a hacer lo que ustedes quieren —repitió, aunque la voz se le quebró.

Esteban suspiró, como si estuviera cansado de la conversación.

—Lisa, dejame a solas con ella.

Lisa sonrió.

Una sonrisa satisfecha.

Y salió, cerrando la puerta.

El silencio que quedó fue peor que cualquier amenaza.

Esteban se acercó despacio.

Alina retrocedió hasta que la espalda chocó contra la pared.

—Tu mamá también era así —dijo él, casi con nostalgia—.

Fuerte.

Rebelde.

Creía que podía elegir.

Creía que el mundo iba a tratarla bien por ser buena.

La miró fijo.

—Y mirá cómo terminó.

Alina sintió un nudo en la garganta.

Un nudo hecho de miedo, rabia y un dolor antiguo.

—No soy ella —susurró.

—No —dijo Esteban—.

Sos peor.

Porque vos no tenés a nadie que te proteja.

Alina intentó moverse, pero él la sujetó del brazo.

Con fuerza.

Demasiada.

—Soltame —dijo, intentando mantener la voz firme.

Esteban la empujó contra la pared.

No con violencia explícita, pero sí con la suficiente brutalidad para dejar claro quién tenía el control.

—Acá no decís “no” —murmuró—.

Acá obedecés.

Alina intentó zafarse.

Él la apretó más.

—Te conviene aprender rápido.

Ella lo miró con una mezcla de terror y desafío.

Y ese desafío, esa chispa, fue lo que lo enfureció.

—No me mires así —gruñó.

Y entonces, sin aviso, sin contención, sin límite, levantó la mano.

El golpe no fue gráfico.

No hizo falta describirlo.

El sonido bastó.

Un sonido seco, brutal, que llenó la habitación.

Alina cayó al suelo.

El mundo se volvió borroso.

El gusto a sangre le llenó la boca.

El oído le zumbaba.

Luego le arrancó la ropa, ella se resistía como podía.

Rompió su blusa, la volvió a golpear, intento quitarle los pantalones mientras ella pataleaba y gritaba.

Él se sentía excitado, ella se defendía con uñas y dientes.

La volvió a golpear, más fuerte esta vez, ella se enrollo, intentando protegerse.

Él se detuvo.

Esteban la miró desde arriba, respirando pesado.

—Mañana volvés —dijo—.

Y venís lista para trabajar.

O Stella paga el precio.

Se dio vuelta.

Abrió la puerta.

Salió.

Y Alina quedó ahí, en el piso frío, con el cuerpo temblando y la mente hecha pedazos.

No lloró.

No gritó.

No pidió ayuda.

Solo respiró.

Apenas.

Porque sabía que si dejaba de hacerlo, aunque fuera por un segundo, no iba a poder volver a levantarse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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