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El precio de los sueños - Capítulo 21

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  3. Capítulo 21 - 21 Capítulo 21- La jaula dorada
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21: Capítulo 21- La jaula dorada 21: Capítulo 21- La jaula dorada Afuera se escuchaban voces, alguien discutia con Esteban.

Una mujer.

No estaba conforme con los acontecimientos recientes.

Sus chicas no eran obligadas, trabajaban para ella porque ganaban bien.

Los gritos entre los dos subían de nivel, ella lo amenzado con exponerlo, Esteban le grito resignado que se la llevara pero que había que pagar un precio: 50.000 dolares por día o esa chica volvía a él.

La puerta se abrió, dos mujeres entraron, al mayor le dió intrucciones a la más joven.

Llevala.

El auto se detuvo frente a un edificio de vidrio, silencioso, sin carteles.

Nada en su fachada revelaba lo que había adentro.

Eso lo hacía más intimidante.

La chica que había acompañado a Alina —una morocha de ojos tranquilos llamada Vera— le abrió la puerta.

—Subí —dijo—.

Ella te está esperando.

Alina obedeció.

No porque confiara.

No porque quisiera.

Sino porque no tenía otra opción.

El ascensor subió sin hacer ruido.

Cuando las puertas se abrieron, un departamento enorme, impecable, la recibió con un aroma a flores caras y limpieza obsesiva.

La mujer del traje blanco estaba allí, sentada en un sillón de cuero, con una copa de vino en la mano.

—Llegaste —dijo, sin levantarse—.

Bien.

Alina se quedó de pie, rígida, sin saber qué hacer con las manos.

La mujer la observó con una mezcla de análisis y… ¿ternura?

Una ternura extraña, dura, como la de alguien que aprendió a cuidar a golpes.

—Soy Miranda —dijo finalmente—.

Manejo a las chicas de élite.

Las que trabajan porque quieren, no porque las obligan.

Y vos… —la señaló con la copa—.

Vos no querés estar acá.

Alina bajó la mirada.

—No.

Miranda dejó la copa sobre la mesa y se puso de pie.

—Entonces vamos a empezar por lo básico: ponerte en condiciones.

Alina frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Miranda chasqueó los dedos.

Vera apareció con una caja enorme.

—Ropa —explicó Miranda—.

De diseñador.

Nada vulgar.

Nada barato.

Mis chicas no se venden.

Se eligen.

Abrió la caja.

Vestidos de seda.

Lencería fina.

Zapatos que parecían obras de arte.

Alina sintió un nudo en el estómago.

—No quiero hacer esto.

Miranda se acercó, despacio, como si se acercara a un animal herido.

—Lo sé —dijo—.

Pero prefiero tenerte conmigo que dejarte con ese monstruo.

Acá, por lo menos, nadie te va a tocar sin tu permiso.

Alina levantó la vista, incrédula.

—¿Y los clientes?

Miranda sonrió, amarga.

—Los clientes pagan por compañía.

Por presencia.

Por fantasía.

No por violar a nadie.

Si alguno cruza un límite, lo saco de mi lista y lo entierro socialmente.

Tengo más poder del que pensás.

Alina no sabía si creerle.

Pero la alternativa era Esteban.

Y eso no era alternativa.

Miranda le entregó un celular nuevo, pequeño, elegante.

—Este es tu línea —dijo—.

Solo yo tengo tu número.

Solo vos tenés el mío.

Si algo pasa, me llamás.

Si un cliente te incomoda, me llamás.

Si querés irte, me llamás.

Alina lo tomó con manos temblorosas.

—¿Y si no quiero ir?

Miranda la miró con una expresión que mezclaba dureza y compasión.

—Entonces te quedás.

Pero no sos mi prisionera.

No voy a hacerte lo que él te hizo.

Alina sintió un pinchazo en el pecho.

No sabía si era alivio o miedo.

—¿Y qué tengo que hacer?

—preguntó.

Miranda caminó hacia una mesa donde había un cuaderno abierto, lleno de horarios y nombres.

—Un chofer te pasa a buscar a la hora exacta del turno —explicó—.

Te lleva al lugar acordado.

Te espera afuera.

Cuando terminás, te trae de vuelta.

Nunca estás sola.

Nunca estás sin supervisión.

Nunca estás sin salida.

Alina tragó saliva.

—¿Y si no quiero ir a un turno?

Miranda la miró fijo.

—Entonces no vas.

Pero si no vas, Esteban te reclama.

Para él sos 50.000 dolares por día, si no los tiene, te viene a buscar.

Y vos sabés lo que eso significa.

El silencio cayó como una losa.

Miranda suspiró.

—No te estoy diciendo que te prostituyas —aclaró—.

Te estoy diciendo que, por ahora, este es el único lugar donde puedo mantenerte a salvo.

Y si jugamos bien nuestras cartas, puedo sacarte de todo esto.

Pero necesito tiempo.

Y vos necesitás protección.

Alina sintió que las piernas le temblaban.

Vera la sostuvo del brazo, suave.

—Vamos —le dijo—.

Te muestro tu habitación.

Mientras caminaban por el pasillo, Alina escuchó a Miranda detrás de ellas.

—Y Alina… —llamó.

Ella se detuvo.

Miranda la miró con una seriedad que helaba.

—No sos mercancía.

No sos basura.

No sos lo que él quiso hacerte creer.

Acá, aunque sea por ahora, vas a estar cuidada.

Y cuando llegue el momento… te voy a ayudar a recuperar tu vida.

Alina no respondió.

No podía.

Pero por primera vez en días, sintió algo parecido a un respiro.

Un respiro pequeño.

Frágil.

Pero real.

Vera abrió la puerta de una habitación amplia, luminosa, con una cama enorme y ropa ordenada sobre una silla.

—Este es tu lugar —dijo—.

Descansá.

Mañana te explicamos todo.

Alina entró.

La puerta se cerró detrás de ella.

Y en el silencio de ese cuarto perfecto, sintió que estaba en una jaula… …pero una jaula que, por primera vez, no la estaba matando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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