El precio de los sueños - Capítulo 22
- Inicio
- El precio de los sueños
- Capítulo 22 - 22 Capítulo 22- Las reglas del juego
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
22: Capítulo 22- Las reglas del juego 22: Capítulo 22- Las reglas del juego Alina despertó con la sensación de no saber dónde estaba.
El cuarto era demasiado grande, demasiado blanco, demasiado silencioso.
No era su casa.
No era el infierno de Estrabán.
Era algo intermedio.
Una jaula con sábanas de seda.
Golpearon la puerta.
—¿Puedo pasar?
—la voz de Miranda, firme, sin pedir permiso realmente.
Alina se sentó en la cama.
Miranda entró sin esperar respuesta, con una carpeta en la mano y un café en la otra.
—Tenemos que hablar —dijo, dejando ambas cosas sobre la mesa.
Se sentó frente a ella, cruzando las piernas con elegancia quirúrgica.
—Primero, lo básico —empezó—.
Acá no sos una esclava.
No sos una víctima.
No sos una chica de bar.
Sos parte de mi grupo.
Y mi grupo funciona con reglas claras.
Alina la miró, desconfiada.
—No quiero trabajar de… eso.
Miranda levantó una ceja.
—No vas a trabajar de nada que no quieras.
Pero mientras estés bajo mi protección, necesito que entiendas cómo funciona este mundo.
Porque si no lo entendés, te come viva.
Abrió la carpeta.
—Regla número uno: el 30% de lo que generes es tuyo.
El resto cubre seguridad, chofer, ropa, maquillaje, abogados, contactos y mi comisión.
Alina parpadeó.
—¿Treinta por ciento de qué?
Miranda sonrió, como si esa pregunta fuera adorable.
—De lo que paguen por vos.
Y créeme, Alina… —la miró de arriba abajo—.
Van a pagar mucho.
Alina sintió un escalofrío.
—No quiero que paguen por mí.
—Lo sé —respondió Miranda, sin dureza—.
Pero por ahora, esta es la única forma de mantenerte lejos de Esteban.
Y él no va a dejarte en paz.
Así que jugamos con sus reglas… hasta que podamos romperlas.
No todos mis clientes quieren sexo, algunos solo quieren compañia, una chica linda con quién conversar.¿Sabés algo de política, económia, relaciones internacionales?.
Alina no entendía porque la pregunta pero contestó con seguridad – Soy estudiante de medicina, me interesa la política nacional, algo de relaciones internacionales sé….
-Interesante- le dijó- sin duda van a pagar muy bien por vos, bonita e inteligente, vale doble.
Vera entró con una bandeja llena de maquillaje, cremas y perfumes que parecían sacados de una revista de lujo.
—Hora de ponerte en condiciones —dijo Miranda—.
No para un cliente.
Para vos.
Alina frunció el ceño.
—¿Para mí?
—Sí —respondió Miranda—.
Porque te destruyeron.
Y cuando destruyen a una mujer, lo primero que hay que devolverle es el espejo.
No para que se vea linda.
Para que se vea viva.
Vera se acercó con una delicadeza que Alina no esperaba.
Le limpió el rostro, le acomodó el cabello, le aplicó maquillaje caro que no la disfrazaba, sino que la hacía parecer… ella misma, pero sin el dolor en la superficie.
—Estás hermosa —dijo Vera, sincera.
Alina no supo qué decir.
Después, Miranda la llevó al living, donde tres chicas conversaban en un sillón enorme.
—Chicas, ella es Alina —anunció Miranda.
Las tres la miraron con curiosidad, no con juicio.
Una rubia de ojos azules sonrió.
—Soy Nadia.
Trabajo con Miranda hace cuatro años.
Antes era secretaria.
Esto paga mejor.
Una morocha tatuada levantó la mano.
—Roxy.
Bailarina.
Me cansé de que me pagaran con “exposición”.
La tercera, una pelirroja elegante, cruzó las piernas.
—Ingrid.
Ex esposa de un político.
Ahora cobro por mi tiempo, no por aguantar idiotas.
Alina las observó.
Ninguna parecía víctima.
Ninguna parecía rota.
Ninguna parecía atrapada.
Eran mujeres que habían elegido ese mundo.
Y lo dominaban.
Nadia se acercó.
—No te preocupes.
Acá nadie te obliga a nada.
Si no querés trabajar, no trabajás.
Miranda no es como los otros.
Roxy asintió.
—Acá somos familia.
Una familia rara, pero familia al fin.
Ingrid la miró con más atención.
—Vos no querés estar acá —dijo, sin rodeos.
Alina bajó la mirada.
—No.
Ingrid suspiró.
—Entonces Miranda te va a cuidar.
Es lo que hace.
Aunque no lo admita.
Miranda chasqueó la lengua.
—No sean dramáticas.
No soy la Madre Teresa.
Las chicas rieron.
Pero Alina vio algo en los ojos de Miranda.
Algo que no era negocio.
Algo que no era poder.
Algo que se parecía demasiado a protección.
Más tarde, Miranda le entregó un celular nuevo.
—Este es tu línea —dijo—.
Solo yo tengo tu número.
Solo vos tenés el mío.
Si algo pasa, me llamás.
Si querés irte, me llamás.
Si un cliente te incomoda, me llamás.
Alina lo tomó con manos temblorosas.
—¿Y si no quiero ir a ningún turno?
Miranda la miró con seriedad.
—Entonces no vas.
Pero si no vas, Esteban te reclama.
Y vos sabés lo que eso significa.
El silencio cayó como un peso.
Miranda suspiró.
—No te estoy pidiendo que trabajes.
Te estoy pidiendo que sobrevivas.
Y yo voy a ayudarte a hacerlo.
Alina sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué?
Miranda la observó un largo rato.
—Porque yo también fui vos —dijo finalmente—.
Y nadie me salvó.
Así que ahora salvo a las que puedo.
Alina no respondió.
No podía.
Pero por primera vez desde que todo empezó, sintió que estaba en un lugar donde, aunque no quisiera estar, no la iban a destruir.
Y eso, en su mundo, era lo más parecido a esperanza.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com