El precio de los sueños - Capítulo 24
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24: Capítulo 24- El primero 24: Capítulo 24- El primero El chofer llegó puntual, como Miranda había prometido.
Un auto negro, discreto, con vidrios polarizados.
Vera le acomodó el abrigo a Alina antes de que saliera.
—Respirá —le dijo—.
No estás sola.
Él es de los buenos.
Alina no sabía si eso la tranquilizaba o la asustaba más.
El restaurante era uno de esos lugares donde las mesas parecían flotar y los camareros se movían como sombras entrenadas.
El hombre la esperaba en una mesa apartada, junto a una ventana enorme que daba a la ciudad iluminada.
Tenía unos cincuenta años.
Traje impecable.
Mirada amable.
Una sonrisa que no buscaba nada.
—Alina —dijo, poniéndose de pie—.
Qué gusto conocerte.
Ella asintió, nerviosa.
—Soy Héctor —continuó—.
Trabajo en finanzas.
Pero no te voy a aburrir con eso.
La invitó a sentarse.
No la tocó.
No la invadió.
No la evaluó como mercancía.
Solo la miró como si fuera una persona.
—Pedí lo que quieras —dijo—.
Y si no querés comer, no comas.
No estoy acá para eso.
Alina lo observó, desconfiada.
No entendía qué quería.
No entendía por qué la trataba así.
—¿Por qué me elegiste?
—preguntó finalmente.
Héctor sonrió, con una tristeza suave.
—Porque necesitaba hablar con alguien que no me conociera.
Alguien que no quisiera nada de mí.
Alguien que… —la miró con una ternura inesperada—.
Alguien que pareciera ver el mundo con ojos propios.
Alina bajó la mirada.
No sabía qué responder.
La cena fue extrañamente tranquila.
Héctor le habló de negocios, de viajes, de libros.
Le preguntó por sus intereses, no por su cuerpo.
La escuchó.
La respetó.
Y cuando el chofer llegó para buscarla, él se levantó, la acompañó hasta la puerta del restaurante y se detuvo.
—Gracias por esta noche —dijo—.
Me hiciste sentir humano otra vez.
Alina abrió la boca para responder, pero no encontró palabras.
Héctor se inclinó y le dio un beso suave en los labios.
Un beso breve.
Respetuoso.
Casi… agradecido.
—Nos veremos seguido de ahora en adelante —susurró.
Y se fue.
El chofer la llevó de vuelta al departamento de Miranda.
Alina apoyó la frente contra la ventana del auto.
No sabía qué sentir.
No sabía si estaba aliviada, confundida, triste o todo a la vez.
Cuando llegó, Miranda la esperaba en el living.
—¿Todo bien?
—preguntó.
Alina asintió.
—No me tocó —dijo—.
Solo… hablamos.
Miranda sonrió.
—Te dije que algunos son de los buenos.
A la mañana siguiente, Argentina amaneció con un escándalo.
Una revista de chimentos —la más vendida del país— publicó una foto tomada a escondidas: Héctor, el empresario, saliendo del restaurante… y detrás de él, Alina, con el vestido negro de Miranda, el cabello perfecto, la mirada perdida.
El titular era un golpe: “EL MISTERIO DE LA NUEVA ACOMPAÑANTE DE HÉCTOR L.” Federico vio la revista mientras esperaba un café en la clincia.
La foto lo atravesó como un cuchillo.
No sabía porque lo sentía como una traición, si ellos no eran nada.
Pero lo sentía.
Alina.
Con un hombre casado.
Un hombre poderoso.
Un hombre que él conocía.
Sintió un dolor extraño, profundo, que no quería admitir.
—No es asunto mío —murmuró, cerrando la revista de golpe.
Pero la imagen seguía ahí, clavada en su mente.
Alina sonriendo tímidamente.
Alina con un vestido que él nunca le había visto.
Alina con otro hombre.
Federico respiró hondo.
Se obligó a dejar la revista sobre la mesa.
—No puedo seguir preocupándome —dijo, como si necesitara escucharse a sí mismo—.
Ella es una mujer libre y necesita recuperarse, distraerse.
Pero mientras volvía a su oficina, con el café en la mano, supo que estaba mintiendo.
Porque si algo había aprendido en los últimos días era que Alina no elegía nada.
Y aun así, decidió alejarse.
Porque sentir algo por ella… era demasiado peligroso.
Para ambos.
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