El precio de los sueños - Capítulo 25
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25: Capítulo 25- Sangre en el asfalto 25: Capítulo 25- Sangre en el asfalto Pasaron quince días que se sintieron como quince vidas.
Alina alternaba sus turnos con Miranda —siempre controlados, siempre con límites claros— con sus clases en la universidad.
Se aferraba a los libros como si fueran un salvavidas.
Estudiaba en cafeterías, en el auto del chofer, en la habitación que Miranda le había asignado.
Y cada tarde, sin falta, visitaba a su padre en el hospital público.
Él estaba más delgado.
Más pálido.
Más cansado.
Pero cuando la veía entrar, sonreía.
—Mi niña —susurraba—.
¿Cómo va todo?
Alina le tomaba la mano, escondiendo las ojeras, el cansancio, el miedo.
—Voy a conseguir el dinero para tu cirugía —le prometía—.
Te lo juro, papá.
No voy a dejarte.
Él asentía, confiando en ella como siempre había hecho.
Y eso la rompía un poco más cada día.
Lisa vio la revista.
La foto de Alina con Héctor.
El titular.
Los comentarios en redes.
Y algo dentro de ella se quebró.
—¿Con que así?
—murmuró, apretando el papel hasta arrugarlo—.
¿Así querés jugar?
No podía ir contra Miranda.
Miranda era intocable.
Tenía contactos, dinero, poder.
Incluso Esteban le tenía miedo.
Pero podía ir contra Alina.
Y lo haría.
Marcó un número.
—Necesito un favor —dijo—.
Mandá a dos de los hombres de mi tío.
Que la esperen cuando salga de la universidad.
Que la asusten.
Que la lastimen.
Pero que no la maten.
Todavía.
Colgó.
Y sonrió.
Una sonrisa rota.
Una sonrisa de alguien que ya no tenía nada que perder.
Alina salió de la facultad al anochecer.
Había llovido.
El aire olía a tierra mojada y a peligro.
El chofer de Miranda estaba demorado.
Le había escrito.
“Cinco minutos.” Alina se apoyó contra una pared, revisando apuntes.
No vio a los dos hombres acercarse.
Solo sintió el primer golpe.
Un impacto seco en las costillas.
El aire escapando de sus pulmones.
El cuaderno cayendo al suelo.
—Mirá quién es —dijo uno—.
La princesita.
Intentó correr.
No llegó a dar dos pasos.
El segundo hombre la tomó del brazo y la estrelló contra el suelo mojado.
El mundo giró.
El dolor explotó en su costado.
—Mensaje de parte de Lisa —susurró el primero.
Alina intentó gritar.
No salió nada.
El segundo levantó algo.
Un objeto metálico.
Pesado.
El golpe cayó.
Y todo se volvió negro.
Cuando abrió los ojos, estaba en una camilla.
Luz blanca.
Olor a desinfectante.
Voces lejanas.
La clínica.
La clínica Álvarez Soller.
Intentó moverse.
Un dolor punzante le atravesó el abdomen.
—No te muevas —dijo una voz conocida.
Federico.
Estaba a su lado, con el guardapolvo manchado de sangre —su sangre— y el ceño fruncido de preocupación.
—Alina… —su voz se quebró apenas—.
¿Qué te hicieron?
Ella parpadeó, confundida, mareada.
—Me… atacaron —susurró.
Federico apretó la mandíbula.
Una furia silenciosa le cruzó los ojos.
—Tenés dos costillas fisuradas, un golpe fuerte en la cabeza y una herida profunda en el costado.
Si te hubieran pegado un poco más abajo… —se detuvo, respirando hondo—.
No estarías acá.
Alina sintió lágrimas calientes en los ojos.
No por el dolor.
Por la humillación.
Por el miedo.
Por la certeza de que Lisa no iba a detenerse.
Federico la miró como si quisiera decir mil cosas y no pudiera decir ninguna.
—¿Quién fue?
—preguntó, con una voz baja, peligrosa.
Alina negó con la cabeza.
—Nosé…no los vi…
Federico cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, había algo roto en su mirada.
—Alina… yo… Pero no terminó la frase.
Porque en ese momento, ella perdió el conocimiento otra vez.
Y Federico, con las manos temblando, apoyó la frente contra la suya.
No la besó.
No la tocó más de lo necesario.
Pero su voz fue un susurro desesperado.
—No puedo seguir alejándome.
No puedo.
Y aun así, sabía que debía hacerlo.
Porque quererla… era peligroso.
Para ella.
Para él.
Para todos.
No entendía como podía estar en peligro una y otra vez, pero recordó a su madre cuando habló de ella, “es igual que su madre, una rompehogares, las fredes estan malditas, todas.”
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