El precio de los sueños - Capítulo 26
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26: Capítulo 26- La victoria envenenada 26: Capítulo 26- La victoria envenenada José llegó a la clínica antes que nadie.
Traje perfecto.
Perfume caro.
Sonrisa fría.
Había recibido el mensaje de Lisa apenas minutos después del ataque.
“La dejé casi muerta.
Hacé lo tuyo.” Y él, como siempre, respondió.
“No te preocupes.
Yo me encargo.” Cuando entró a la sala de emergencias, los médicos lo reconocieron.
Era abogado.
Tenía contactos.
Sabía cómo moverse.
—Vengo por la paciente Alina Costa Fredes —dijo, mostrando credenciales—.
Soy su representante legal.
No era verdad.
Pero nadie se atrevió a discutirlo.
José sonrió para sí mismo.
No por preocupación.
No por culpa.
Sino por venganza.
Alina lo había abandonado.
Lo había humillado.
Lo había dejado.
Y ahora estaba pagando el precio.
Lisa, mientras tanto, celebraba.
Estaba en el departamento que compartía con una de las chicas de Esteban, bebiendo champagne barato y riéndose sola.
—¿Viste, papá?
—dijo al aire—.
¿Viste lo que soy capaz de hacer?
¿Viste lo que tu hija bastarda puede lograr?
Se miró al espejo.
Los ojos rojos.
El maquillaje corrido.
La sonrisa torcida.
—Alina no va a quedarse con nada —susurró—.
Ni con vos, ni con tu apellido, ni con tu cariño.
Ni con José.
Ni con Stella.
Ni con su vida.
Le dio un trago largo a la botella.
—Y Alexia… —sonrió, cruel—.
Pobrecita.
Tan dormida.
Tan indefensa.
Una lástima que nadie la despierte.
No le importaban los límites.
No le importaba la ley.
No le importaba el daño.
Solo quería destruir.
A todos.
En la clínica, Alina estaba inconsciente.
Pálida.
Con vendas en el abdomen.
Un monitor marcando un ritmo débil, irregular.
Federico entró a la sala como un huracán contenido.
—¿Qué pasó?
—preguntó a los residentes.
—La encontraron en la calle —respondió uno—.
Golpes múltiples.
Hemorragia interna.
Está estable, pero… Federico no escuchó el resto.
Solo la vio a ella.
Alina.
La chica que había intentado olvidar.
La chica que había decidido dejar ir.
La chica que ahora estaba al borde de la muerte.
Se acercó a la camilla.
Le tomó la mano con cuidado.
—Alina… —susurró—.
¿Qué te hicieron?
Ella no respondió.
No podía.
José apareció detrás de él.
—Doctor —dijo, con una sonrisa falsa—.
Qué bueno encontrarlo acá.
Soy su ex novio.
Federico lo miró con una frialdad que podría haber congelado el aire.
—Además soy su abogado —mintió José—.
Estoy a cargo de su caso.
Federico apretó los dientes.
Recordó como lo miraba ella.
Algo le decía que no era una relación sana la que tenían.
Obviamente José evitaba mirarlo a la cara, por alguna razón le incomodaba su presencia.
José se inclinó sobre la camilla, fingiendo preocupación.
—Pobrecita —dijo—.
Siempre tan frágil.
Siempre tan buena.
No se merece esto que le esta pasando.
Siempre la cuide pero ahora…desde que se dedica al mundo del modelaje y se pasea con hombres mayores, ya no puedo seguir cuidandola, aunque aún la amo.
Federico lo apartó con sutilidad.
—Por favor, no la toque.
Su situación es muy delicada.
Ah pasado por mucho estos ultimos días.
José se apartó.
—Lo sé , doctor.
Solo vine porque me preocupa ella.
Porque aún la amo.
Vine a asegurarme de que… —miró a Alina con falsa ternura—.que …ella mejore y pueda hacer formalmente las denuncias pertinentes.
Nos vimos antes, ¿no?.
¡Qué coincidencia!.
Federico sintió un como el tono de josé cambiaba ligeramente.
—Si.
Soy el mismo que la atendio cuando ingreso hace un par de semanas…
José se acomodó el saco.
—Y también a su padre, ¿no?
.
Federico dio un paso adelante, pero José ya estaba saliendo.
—Nos vemos, doctor —dijo sin mirar atrás.
Federico cerró los ojos.
Respiró hondo.
Y volvió a mirar a Alina.
la conversación habia sido muy incomoda para un profesional como él.
Hizo una nota mental: llamaría a su amigo para charlar sobre los últimos episodios que sufrió Alina, necesitaba hacer algo.
—No puedo ser indiferente —susurró—.
No esta vez.
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