El precio de los sueños - Capítulo 27
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27: Capítulo 27- ecos bajo la piel.
27: Capítulo 27- ecos bajo la piel.
Lisa La noche caía sobre la clínica como una manta pesada, cargada de silencio.
Los pasillos estaban casi vacíos, iluminados por luces frías que parecían flotar sobre el piso encerado.
En la habitación 12, Alina seguía inconsciente.
Su piel canela contrastaba con las sábanas blancas.
Los rulos oscuros se esparcían sobre la almohada como una sombra suave.
Los labios, apenas entreabiertos, dejaban escapar respiraciones cortas, irregulares.
Federico la observaba desde una silla, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas.
No había dormido.
No había querido hacerlo.
Cada tanto, su mirada se desviaba hacia la puerta, como si esperara que alguien entrara a reclamarla.
Como si temiera que, si parpadeaba demasiado tiempo, ella desapareciera.
No sabía cuándo había empezado a importarle.
No sabía por qué.
No sabía cómo detenerlo.
Y por eso se odiaba un poco.
En la habitación contigua, Alexia seguía inmóvil.
Pero algo había cambiado.
Un dedo se movió.
Un músculo en la mandíbula tembló.
Un suspiro escapó de su garganta, como si su cuerpo intentara recordar cómo era estar vivo.
La doctora Allende lo vio desde la puerta.
Su corazón dio un salto, pero no de alegría.
De miedo.
Porque si Alexia despertaba… si hablaba… si recordaba… Los secretos que Allende había guardado durante años podían salir a la luz.
Y ella no estaba dispuesta a perder su reputación por nadie.
Ni por Alexia.
Ni por Alina.
Ni por Federico.
Se acercó a la cama, tocó la frente de la joven y murmuró: —Todavía no, querida.
Todavía no.
Como si pudiera retrasar lo inevitable.
Federico seguía junto a Alina cuando escuchó pasos apresurados en el pasillo.
Tacones.
Perfume caro.
Una presencia que llenaba el aire antes de entrar.
Miranda.
Apareció en la puerta como una tormenta elegante: traje blanco, cabello recogido, expresión afilada.
—¿Dónde está?
—preguntó, sin saludar.
Federico se levantó.
—No puede estar acá —dijo, intentando sonar firme.
Miranda lo ignoró.
Entró.
Se acercó a la cama.
Miró a Alina con una mezcla de furia y preocupación.
—¿Quién le hizo esto?
—preguntó, sin apartar la vista de la chica.
Federico tragó saliva.
—No lo sabemos.
Miranda lo miró entonces.
Y en sus ojos había algo peligroso.
—No me mientas, doctor.
Yo sé reconocer un ataque.
Y sé reconocer cuando alguien quiere que una mujer desaparezca.
Federico sostuvo su mirada, pero por dentro se encogió.
—Estoy haciendo todo lo posible —dijo.
—No es suficiente —respondió Miranda—.
No cuando la quieren muerta.
Federico sintió un escalofrío.
—¿Quién?
Miranda suspiró, cansada.
—En mi mundo, doctor, no hay inocentes.
Pero sí hay culpables muy obvios.
Se acercó más a Alina.
Le acomodó un rulo detrás de la oreja con una delicadeza que contrastaba con su dureza habitual.
—No te voy a dejar sola —susurró—.
No a vos.
No esta vez.
Federico la observó.
Y por primera vez entendió que Miranda no era solo una jefa.
Era una guardiana.
Una loba cuidando a una de las suyas.
Alina, en su inconsciencia, empezó a soñar.
Pero no eran sueños.
Eran fragmentos.
Sombras.
Un baño.
Un grito ahogado.
Una puerta entreabierta.
La voz de su padre.
El llanto de Alexia.
Y ella, pequeña, escondida detrás del marco, sin entender… pero sintiendo que algo estaba terriblemente mal.
El recuerdo la atravesó como un rayo.
Su cuerpo se tensó.
Un gemido escapó de sus labios.
Federico se acercó de inmediato.
—Alina… ¿me escuchás?
Miranda dio un paso atrás, observando.
Alina no despertó.
Pero sus dedos se cerraron, como si intentara aferrarse a algo.
A alguien.
Federico sintió un nudo en la garganta.
—Estoy acá —susurró—.
No te voy a dejar.
Miranda lo miró de reojo.
—No juegues con eso, doctor.
Las chicas como ella no sobreviven a medias tintas.
Federico apretó la mandíbula.
—No estoy jugando.
Miranda sonrió, amarga.
Federico bajó la mirada.
En la habitación contigua, Alexia volvió a mover los dedos.
Un poco más.
Un poco más fuerte.
La doctora Allende lo vio.
Y por primera vez en años, sintió verdadero pánico.
Porque cuando Alexia despertara… la verdad iba a salir a la luz.
Y nadie estaba preparado para eso.
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