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El precio de los sueños - Capítulo 28

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28: Capítulo 28- El hombre que mueve los hilos 28: Capítulo 28- El hombre que mueve los hilos El teléfono de Lisa vibró sobre la mesa, entre botellas vacías y restos de maquillaje corrido.

Ella lo tomó sin mirar el identificador.

Sabía quién era.

—¿Qué querés?

—preguntó, con la voz ronca de haber llorado y reído demasiado.

La voz de José llegó limpia, afilada, como un cuchillo recién afilado.

—Quieroque me escuches.

Lisa sonrió, ladeando la cabeza.

—Te escucho.

Estoy celebrando, José.

Celebrando que esa perra está donde tiene que estar.

José suspiró, cansado de su teatralidad.

—Escuchame bien —repitió—.

Porque si seguís actuando como una nena caprichosa, nos vas a hundir a los dos.

Lisa dejó de sonreír.

José nunca levantaba la voz.

Nunca perdía el control.

Nunca decía una palabra de más.

Y cuando usaba ese tono, significaba que algo grave estaba pasando.

—¿Qué pasó?

—preguntó ella, enderezándose.

José caminaba por un pasillo de la clínica mientras hablaba.

Su traje impecable, su perfume caro, su expresión de hombre que siempre está dos pasos adelante.

—Primero —dijo—, vigilá al doctorcito.

Lisa frunció el ceño.

—¿Federico?

—Sí —respondió José—.

Está demasiado encima de Alina.

Y eso no me gusta.

No me conviene.

No te conviene.

Lisa apretó los dientes.

—Ese idiota está enamorado de ella.

es obvio.

Ví como la mira.

José sonrió, aunque ella no podía verlo.

—Y eso lo vuelve peligroso.

Los hombres enamorados hacen estupideces.

Y yo no tengo tiempo para estupideces.

José se detuvo frente a una ventana que daba al estacionamiento de la clínica.

Su reflejo le devolvió la imagen de un hombre que había construido su vida sobre mentiras, favores y amenazas.

Y que estaba dispuesto a seguir haciéndolo.

—Segundo —continuó—: a Alexia le sacaron el respirador artificial.

Lisa abrió los ojos, sorprendida.

—¿Qué?

¿Ya?

—Sí —dijo José—.

Y eso significa que puede despertar en cualquier momento.

Y si despierta… puede hablar.

Lisa se quedó en silencio.

Un silencio tenso, cargado de miedo.

—¿Y si habla…?

—susurró.

José sonrió, frío.

—Si habla, nos hunde.

A vos.

A mí.

A todos.

Lisa tragó saliva.

—Entonces… ¿qué hacemos?

José se apoyó contra la pared, cruzando los brazos.

—Por ahora, nada.

Solo vigilá.

Observá.

No te acerques.

No llames la atención.

Y sobre todo… —su voz se volvió más baja, más peligrosa—.

No vuelvas a lastimar a Alina, porque a mi se me fue la mano, pero a vos, hasta el codo.

Lisa apretó los puños.

—Yo no soy tu marioneta.

¿tengo que recordarte que me debes favores?

José rió, suave.

—Nunca me olvido.

Hubo un silencio largo.

Lisa respiró hondo, intentando recuperar el control.

—¿Algo más?

—preguntó, molesta.

José miró por la ventana.

La noche era un espejo oscuro.

—Sí —dijo finalmente—.

Algo más.

Hizo una pausa.

Una pausa calculada, diseñada para inquietarla.

—Una vecina llamó a la policía —continuó—.

Dijo que vio un vehículo negro entrar al galpón de la antigua fábrica de galletitas.

Y que dejaron un bulto adentro.

Lisa sintió un escalofrío.

—¿Un bulto?

—Un cuerpo, Lisa —dijo José, sin suavizarlo—.

Un cuerpo que podría implicarme a mí.

A mí.

¿Entendés lo que eso significa?

Lisa se llevó una mano a la boca.

—Pero… yo pensé que la habías dejado en la calle.

José cerró los ojos, irritado.

—Se me fue la mano.

Y tuve que improvisar.

Pero ahora… ahora hay una testigo.

Y si la policía investiga ese galpón, estamos muertos.

Lisa no perdió la calma.

—¿Qué hacemos?

José sonrió.

Una sonrisa lenta, calculadora, de hombre que disfruta tener el control.

—Lo que siempre hacemos —respondió—.

Manipular.

Mover hilos.

Comprar silencios.

Y destruir a cualquiera que se interponga.

Lisa respiró hondo.

La adrenalina volvió a recorrerle el cuerpo.

—Ves?

respiramos la misma energía, nacimos para estar juntos…entonces seguimos —dijo—.

Hasta el final.

José asintió.

—Hasta el final.

Colgó.

Y mientras guardaba el teléfono en el bolsillo, su expresión cambió.

Ya no era el abogado exitoso.

Ni el hombre elegante.

Ni el profesional respetado.

Era otra cosa.

Un depredador.

Un estratega.

Un hombre que quería más.

Más poder.

Más control.

Más territorio.

Y Alina… Alina era la pieza que no podía permitirse perder.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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