El precio de los sueños - Capítulo 29
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29: Capítulo 29- Donde despiertan los que no pueden dormir 29: Capítulo 29- Donde despiertan los que no pueden dormir Alina flotaba.
No en el agua.
No en el aire.
Flotaba en un espacio tibio, espeso, como si su cuerpo estuviera hecho de luz y sombra al mismo tiempo.
No sabía si estaba viva o muerta.
No sabía si soñaba o recordaba.
Solo sabía que no estaba sola.
Había voces.
Lejanas.
Como si vinieran desde el fondo de un túnel.
Una voz masculina, firme, contenida.
Una voz femenina, elegante, afilada.
Y otra… más suave, más antigua, más rota.
La de su madre.
“No olvides tu tarea, Ali.
tenés que ser responsable porque no es bueno abusar del talento natural”.
Ella intentó responder, pero su boca no se movió.
Intentó abrir los ojos, pero los párpados pesaban como si estuvieran hechos de piedra.
Entonces vinieron los sueños.
Primero, el mar.
Un mar oscuro, inmenso, que se movía como un animal dormido.
Ella corría por la orilla, descalza, con el viento en el rostro y el corazón latiendo fuerte.
Corría como cuando era niña, como cuando su madre la llevaba a la playa y le decía que el mundo era demasiado grande para tenerle miedo.
Pero esta vez, el mar no era un refugio.
Era un espejo.
Y en el reflejo, no estaba ella.
Estaba Alexia.
Pálida.
Con los ojos cerrados.
Con una mano extendida hacia ella.
“No te vayas.
No me dejes sola con papá” Alina intentó alcanzarla, pero cada paso la hundía más en la arena.
Luego, la casa de su infancia.
El comedor.
El olor a café y a perfume barato.
Y el baño.
La puerta entreabierta.
La sombra de su padre.
El llanto ahogado de Alexia.
Un recuerdo que siempre había estado ahí, escondido detrás de una pared mental que ella misma había construido.
Un recuerdo que ahora volvía como un golpe seco.
Alina quiso gritar.
Quiso cerrar los ojos.
Quiso correr.
Pero no podía.
El sueño la obligaba a mirar.
A recordar.
A entender.
La voz de Federico la sacó del abismo.
—Alina… si podés escucharme… estás a salvo.
Su voz era un hilo tenso, como si cada palabra le costara.
Como si estuviera peleando contra sí mismo.
Ella quiso responder.
Quiso decirle que no estaba a salvo.
Que nunca lo había estado.
Pero su cuerpo seguía inmóvil.
La puerta de la habitación se abrió con un golpe seco.
Miranda entró como una tormenta blanca.
—¿Cómo está?
—preguntó, sin saludar.
Federico se puso de pie, automáticamente.
—Igual —respondió—.
No despierta.
Miranda se acercó a la cama.
Su perfume llenó el aire: jazmín, madera, algo caro y peligroso.
—Alina —susurró, tocándole la mano—.
Soy yo.
Ya llegué.
Alina sintió ese toque.
No en la piel.
En algún lugar más profundo.
Como si alguien hubiera encendido una luz en un cuarto oscuro.
Federico observó la escena con una mezcla de celos, culpa y alivio.
Miranda era todo lo que él no era: segura, decidida, implacable, protectora.
Y él… él era un médico que no podía cruzar la línea.
Un hombre que sentía demasiado y hacía demasiado poco.
Un cobarde que preferia ir a lo seguro, a lo correcto, como siempre había sido.
—No deberías estar acá —dijo, sin convicción.
Miranda lo ignoró.
—¿Quién le hizo esto?
—preguntó, sin apartar la vista de Alina.
Federico apretó la mandíbula.
—No lo sabemos.
—Mentira —respondió Miranda—.
Vos sabés algo.
Lo veo en tu cara.
Federico no respondió.
Porque tenía razón.
Porque sospechaba.
Porque temía.
Miranda suspiró.
—Si no la cuidás vos, la cuido yo.
Pero alguien tiene que hacerlo.
Porque esta chica… —le acarició el cabello con una ternura feroz—.
Esta chica vale más que todos los que la lastimaron juntos.
Federico sintió un nudo en la garganta.
—No puedo involucrarme —dijo, casi para convencerse.
Miranda lo miró con desprecio.
—Ya estás involucrado, doctor.
Te guste o no.
En el sueño, Alina escuchó esa frase.
Y algo dentro de ella se movió.
Un músculo.
Un pensamiento.
Una decisión.
No quería seguir flotando.
No quería seguir huyendo.
No quería seguir siendo la víctima de nadie.
Quería despertar.
Quería correr.
Pero esta vez, hacia adelante.
Hacia la verdad.
Hacia su vida.
Hacia lo que fuera que la esperaba.
Sus dedos se movieron.
Apenas.
Pero lo suficiente.
Federico lo vio primero.
—Miranda… mirá.
Miranda se inclinó.
—Alina… si me escuchás, apretá mi mano.
Y Alina lo hizo.
Suave.
Tembloroso.
Pero real.
Federico sintió el aire escapársele del pecho.
Miranda sonrió por primera vez en días.
—Eso, mi amor —susurró—.
Volvé.
Te necesitamos despierta.
Y Alina, desde el fondo de su sueño, desde el fondo de su dolor, desde el fondo de su historia rota… empezó a subir.
A nadar.
A luchar.
A despertar.
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