El precio de los sueños - Capítulo 35
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35: Capítulo 35- Federico 35: Capítulo 35- Federico El mármol del pasillo devolvía su reflejo como si fuera un fantasma que no terminaba de pertenecer a ningún lugar.
Federico avanzó hacia el salón principal de la casa familiar, esa mansión de Recoleta donde cada superficie brillaba con un exceso que nunca había elegido.
Arañas de cristal austríaco, alfombras persas, columnas de ónix.
Todo impecable, todo frío.
Como si la casa misma exigiera que él también lo fuera.
Su madre lo esperaba sentada en uno de los sillones Luis XV, con una copa de champagne que no había tocado.
El ventanal detrás de ella dejaba entrar la luz del atardecer, dorada y cruel, iluminando su rostro perfectamente maquillado.
—Federico —dijo sin saludar, sin sonreír—.
Tenemos que hablar.
Él se tensó.
Esa frase, en esa casa, nunca anunciaba nada bueno.
—¿Qué pasó ahora?
Ella dejó la copa sobre la mesa de mármol con un sonido seco.
—Me enteré de que estás… relacionándote con una chica, una modelito en acsenso.
La misma que agredió a Claudia.
la misma que las revistas mostraron con tu padre a la salida de un desfile.
Alina Costa Fredes.
Federico sintió cómo el aire se volvía más pesado.
No había contado nada.
No había tenido tiempo.
No había querido.
—Es solo una amiga —respondió, sabiendo que no sonaba convincente ni para él mismo.
Su madre lo observó con una mezcla de incredulidad y alarma, como si él hubiera pronunciado el nombre de una maldición.
—No digas estupideces.
Esa chica no es “solo una amiga”.
Y aunque lo fuera, no deberías estar cerca de ella.
Federico frunció el ceño.
La mujer respiró hondo, como si estuviera a punto de abrir una herida que llevaba años suturada.
—Su madre —empezó— casi destruye mi matrimonio.
Federico parpadeó, desconcertado.
—¿Qué?
—Tu padre… —ella apretó los labios, conteniendo una furia vieja—.
Tu padre se obsesionó con esa mujer.
Una empleada de uno de nuestros laboratorios.
Una becaria de medicina más.
Yo estaba embarazada de tu hermano.
Y aun así… —su voz tembló apenas—, él la buscaba, la seguía, le ofrecía dinero, protección, estupideces de hombre poderoso que cree que puede comprarlo todo.
Federico sintió un nudo en el estómago.
Nunca había escuchado esa historia.
—¿Y qué pasó?
—Ella lo rechazó.
Una y otra vez.
Y eso lo enfureció.
—La madre lo miró fijo—.
Yo casi lo dejo.
Casi destruye nuestra familia.
Y después… —hizo una pausa, como si recordarlo le diera escalofríos—, la mujer murió.
Asesinada por un hombre de la calle que estaba obsesionado con ella.
Un enfermo.
Un tipo que la seguía desde hacía meses.
La encontraron en una casona en zona de quintas, afuera de la ciudad, tirada como si fuera basura.
Federico tragó saliva.
La imagen lo golpeó con una violencia inesperada.
—Creo —lo interrumpió ella— que esa familia trae desgracia.
Que hay algo oscuro ahí.
Y no quiero que te arrastre.
Ya bastante culpa cargás por lo de tu hermano.
El golpe fue directo.
Bajo.
Cruel.
Federico sintió cómo se le helaba la sangre.
—No mezcles eso —dijo con la voz tensa.
—¿Por qué no?
—respondió ella, sin piedad—.
Vos estabas ahí.
Vos eras el mayor.
Vos deberías haberlo cuidado.
Él cerró los ojos un instante.
El agua turquesa de la piscina italiana.
El grito ahogado.
El silencio posterior.
Su propio cuerpo paralizado.
El peso de dos años convertido en un fantasma que lo seguía desde entonces.
—Basta —susurró.
Su madre se levantó y caminó hacia él.
Sus tacones resonaron como un veredicto.
—Federico, escuchame.
Tenés una vida construida.
Tenés una prometida que te ama.
Tenés un futuro brillante en la empresa.
No lo arruines por una chica que no tiene nada que ver con nuestro mundo.
Él apretó la mandíbula.
—Claudia y yo estamos… bien.
—Claudia está sola —lo corrigió ella—.
Está en una ciudad que no conoce, lejos de su familia, de su idioma, de su vida.
Y vos no estás.
No estás para ella.
¿Sabés cuántas veces la vi llorar en silencio en el jardín?
¿Cuántas veces me dijo que siente que vos ya no la mirás igual?
Federico sintió un pinchazo de culpa.
No sabía si era real o si su madre lo estaba manipulando.
Con ella, siempre era difícil distinguirlo.
—Solo quiero que pienses —dijo ella, suavizando la voz—.
No quiero perder otro hijo.
La frase lo atravesó como un cuchillo.
Él retrocedió un paso, incapaz de sostenerle la mirada.
Claudia lo esperaba en el departamento de Puerto Madero, sentada en el balcón con una manta sobre los hombros.
El río brillaba con luces artificiales, y los autos pasaban como líneas de colores en la autopista.
Cuando él entró, ella se levantó de inmediato.
—Fede… —su voz era un susurro quebrado, con ese acento alemán mezclado con su buen español.
Él se acercó, intentando sonreír, pero ella lo rodeó con los brazos antes de que pudiera decir algo.
Su cuerpo temblaba.
—Perdón —dijo ella, hundiendo el rostro en su pecho—.
Perdón si estoy siendo una carga.
Es que… —sollozó— dejé todo por vos.
Todo.
Mi trabajo, mis amigos, mi ciudad.
Pensé que acá íbamos a empezar una vida juntos.
Una familia.
Pero vos… vos estás distante.
No sé qué hice mal.
Federico cerró los ojos.
El perfume caro de ella, mezclado con lágrimas, le provocó una punzada de incomodidad.
—No hiciste nada mal —respondió, acariciándole la espalda.
—Entonces ¿por qué no estás?
—preguntó ella, levantando la mirada.
Sus ojos azules estaban hinchados, vulnerables—.
¿Por qué siento que te estoy perdiendo?
Él no supo qué decir.
No podía hablarle de Alina.
No podía hablarle de la conversación con su madre.
No podía hablarle de la culpa que lo perseguía desde niño.
Claudia tomó su mano y la llevó a su mejilla.
—Yo vine acá por vos —dijo con voz temblorosa—.
Dejé Berlín porque creí en nosotros.
Porque pensé que íbamos a casarnos, a tener hijos, a construir algo hermoso.
Pero ahora… ahora siento que estoy sola en un país que no entiendo.
Y vos sos lo único que tengo.
Federico sintió cómo la presión lo envolvía como una soga.
—Clau… —intentó.
Ella negó con la cabeza, desesperada.
—No me dejes —susurró—.
No me abandones.
No después de todo lo que sacrifiqué.
Él la abrazó, más por obligación que por deseo.
Miró por encima de su hombro hacia la ciudad iluminada, sintiendo que su vida se dividía en dos caminos imposibles.
Uno lo llevaba a la estabilidad, al deber, a la vida que siempre había sido escrita para él.
El otro… tenía el nombre de Alina.
Y aunque no quería admitirlo, ese era el que lo hacía sentir vivo
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