El precio de los sueños - Capítulo 36
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- Capítulo 36 - 36 Capítulo 36- Respirando el mismo oxígeno
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36: Capítulo 36- Respirando el mismo oxígeno 36: Capítulo 36- Respirando el mismo oxígeno El restaurante ocupaba el último piso de una torre de vidrio en Puerto Madero, con vista panorámica al río y a la ciudad iluminada.
Mesas separadas por biombos de terciopelo azul, lámparas de Murano suspendidas como gotas de fuego, y un silencio caro, de esos que solo existe donde la gente paga para no escuchar al resto.
Federico había elegido ese lugar para compensar los meses de distancia.
Claudia, frente a él, lucía un vestido negro que dejaba ver sus hombros delgados y tensos.
Había hecho un esfuerzo evidente: maquillaje impecable, cabello recogido, perfume europeo que llenaba el aire con notas frías.
—Gracias por traerme —dijo ella, sonriendo con fragilidad—.
Extrañaba esto.
Extrañaba… a nosotros.
Federico asintió, intentando sostener la mirada.
Quería estar presente, quería ser el hombre que ella esperaba.
Pero algo en su interior seguía inquieto, como una cuerda demasiado tensa.
Pidieron vino francés, un plato de cordero patagónico para compartir.
Claudia hablaba de su adaptación a Buenos Aires, de lo difícil que era hacer amigos, de lo mucho que extrañaba Berlín.
Él la escuchaba, o al menos lo intentaba.
Hasta que la puerta del restaurante se abrió.
Y el mundo se detuvo.
Alina entró.
Vestido rojo.
Rojo profundo, como un latido.
Ajustado, elegante, con un brillo sutil que hacía que cada paso suyo pareciera una declaración.
El cabello suelto, ondas suaves cayendo sobre los hombros.
Un maquillaje que resaltaba sus ojos azules, su boca firme, su nueva postura: erguida, segura, dueña de sí.
Pero no estaba sola.
Un hombre de unos cuarenta años la acompañaba.
Traje italiano, reloj de oro blanco, sonrisa de quien está acostumbrado a que el mundo se incline a su paso.
Federico lo reconoció al instante: Alejandro Villalba, heredero de uno de los laboratorios más importantes de España, socio potencial de la empresa de su familia.
Había leído su nombre en informes, lo había visto en fotos de congresos internacionales.
Villalba rodeó a Alina por la espalda con un gesto natural, casi íntimo.
Ella rió, inclinando la cabeza hacia él.
Se veían cómodos.
Cómplices.
Felices.
Federico sintió un golpe seco en el pecho.
Claudia siguió su mirada.
—¿La conocés?
—preguntó, con un hilo de voz.
Federico tardó demasiado en responder.
—Es… alguien del trabajo.
Claudia lo observó con una mezcla de sospecha y dolor.
Pero no dijo nada.
No todavía.
Horas antes, Matilde la había llamado temprano.
—Tengo un cliente excepcional que pregunta por vos desde hace días —dijo con voz suave—.
Pero no quiero presionarte, Alina.
Si no te sentís lista, lo dejamos pasar.
Alina miró su reflejo en el espejo.
Ojeras leves, pero la piel más luminosa que semanas atrás.
Había dormido mejor.
Había comido mejor.
Había hablado con las otras chicas, escuchado sus historias, sus estrategias, sus libertades.
Mujeres que viajaban, estudiaban, invertían, se cuidaban entre ellas.
Mujeres que no pedían permiso.
—Estoy lista —respondió.
Y lo estaba.
Eligió su mejor vestido rojo.
No el más revelador, sino el más poderoso.
Ese que le marcaba la cintura, que le daba una silueta elegante, que la hacía sentir como si pudiera entrar a cualquier lugar sin pedir disculpas.
Tacones altos, perfume floral con un toque amaderado.
Cabello suelto, labios rojos.
Cuando salió del departamento, sintió algo nuevo: control.
Villalba la esperaba en un auto negro, impecable.
Le abrió la puerta con una sonrisa cálida.
—Alina —dijo—.
Por fin.
Ella sonrió.
No tímida.
No rota.
No pequeña.
—Tenía ganas de conocerlo —respondió.
Y era verdad.
No por él, sino por lo que representaba: un mundo al que podía aspirar.
Un mundo donde podía estudiar, viajar, crecer.
Donde podía llevar a su familia lejos de la precariedad.
Donde podía dejar de ser la víctima de una historia que no había elegido.
Federico no podía dejar de mirar.
Cada gesto de Alina lo atravesaba.
La forma en que se reía con Villalba.
La seguridad con la que caminaba.
La manera en que ocupaba el espacio, como si hubiera descubierto algo que él nunca había visto en ella.
Claudia dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Federico —dijo, con la voz quebrada—.
¿Quién es esa mujer?
Él tragó saliva.
—Una conocida.
—No me mientas.
Él bajó la mirada.
Claudia respiró hondo, intentando no llorar.
—¿Es por ella que estás distante?
—preguntó, casi sin aire.
Es la modelito que me agredío, la que casi termina con mi carrera.
Y ahora…tiene una presa nueva.
Federico no respondió.
No podía.
No sabía qué decir sin destruirla.
Claudia se llevó una mano al pecho, como si necesitara sostenerse.
—Yo dejé mi vida por vos —susurró—.
Y vos… vos estás mirando a otra mujer como si yo no existiera.
Federico sintió la culpa subirle por la garganta.
Pero aun así, sus ojos volvían a Alina.
En la otra mesa…
Villalba le ofreció el brazo mientras el maître los guiaba a su mesa.
—Estás radiante —le dijo él.
Alina sonrió, pero su mirada se detuvo un instante en una mesa cercana.
Federico.
Con una mujer rubia, hermosa, elegante.
Su prometida, seguramente.
Alina sintió un pinchazo inesperado.
No celos.
No tristeza.
Algo más complejo.
Una mezcla de reconocimiento y distancia.
Como si estuviera viendo una vida que ya no era la suya.
Federico la miraba como si hubiera visto un fantasma.
O un milagro.
Ella sostuvo su mirada apenas un segundo.
Luego sonrió, suave, educada, y volvió a enfocarse en Villalba.
Porque esa noche no era sobre Federico.
Era sobre ella.
Sobre su decisión de dejar de sobrevivir y empezar a vivir.
Claudia hablaba, pero él ya no escuchaba.
Su mente era un torbellino.
Alina con Villalba.
Alina riendo.
Alina transformada.
Su madre diciéndole que se alejara.
Claudia llorando.
Su hermano muerto.
Su vida escrita por otros.
Su deber.
Su culpa.
Y en medio de todo eso, Alina brillando como si hubiera encontrado un camino que él no podía seguir.
O tal vez sí.
Y ese pensamiento lo asustó más que cualquier otra cosa.
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