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El precio de los sueños - Capítulo 37

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37: Capitulo 37- Ellos dos 37: Capitulo 37- Ellos dos El restaurante parecía suspendido en el aire, con sus paredes de vidrio reflejando la ciudad como un océano de luces.

Alina caminó junto a Villalba hacia la mesa reservada, sintiendo cómo cada mirada se posaba en su vestido rojo.

No era la primera vez que la miraban así, pero sí la primera vez que ella lo disfrutaba.

Villalba le ofreció la silla con un gesto impecable.

—Estás deslumbrante —dijo, sin bajar la voz.

Alina sonrió, acomodándose con elegancia.

—Gracias.

Usted también.

—Alejandro —corrigió él, inclinándose hacia ella—.

Quiero que me llames Alejandro.

Su tono era cálido, seguro, sin la arrogancia que ella había visto tantas veces en hombres con poder.

Había algo distinto en él: una mezcla de sofisticación y cercanía que la descolocaba.

El mozo llegó con una botella de vino español que, según Alejandro, era “imposible de conseguir en Argentina”.

Él mismo se encargó de probarlo, de asentir con aprobación, de llenar la copa de Alina con un cuidado casi ceremonial.

—Salud —dijo él.

—Salud.

El primer sorbo fue suave, profundo, como si le calentara el pecho desde adentro.

—Matilde me habló de vos —comentó Alejandro, apoyando los codos sobre la mesa, acercándose apenas—.

Pero creo que se quedó corta.

Alina arqueó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Dijo que eras inteligente, discreta y… —la miró de arriba abajo, sin disimulo, pero con respeto— extraordinariamente hermosa.

Pero no mencionó que también tenés una mirada que podría desarmar a cualquiera.

Alina sintió un leve rubor, pero no apartó la vista.

No esta vez.

—No sabía que buscaba tanto en una cena —respondió, con una sonrisa que ella misma no reconoció como suya.

Alejandro rió, encantado.

—No busco nada que no quieras darme —dijo—.

Pero sí quiero conocerte.

De verdad.

La sinceridad en su voz la sorprendió.

La charla fluyó con una naturalidad inesperada.

Hablaron de medicina: Alejandro había estudiado biotecnología antes de heredar el laboratorio familiar.

Conocía de memoria los avances en terapias génicas, los dilemas éticos, los desafíos de la industria farmacéutica.

—Vos deberías estar en un laboratorio, no detrás de un mostrador —le dijo—.

Tenés la cabeza para eso.

Se nota.

Alina sintió un nudo en la garganta.

Nadie, jamás, había dicho algo así con tanta convicción.

Hablaron de política nacional: Alejandro tenía una visión crítica, informada, pero sin caer en fanatismos.

Ella lo escuchaba, aportaba, preguntaba.

Y él la miraba como si cada palabra suya fuera valiosa.

Hablaron de música clásica: Descubrieron que ambos amaban a Chopin.

Él le contó que había asistido a conciertos en Viena.

Ella confesó que escuchaba nocturnos para estudiar.

—Me gustaría llevarte a un concierto en Madrid —dijo él, sin titubear—.

Creo que te encantaría.

Alina sintió un estremecimiento.

No por el viaje, sino por la posibilidad.

Hablaron de running: Ambos corrían por las mañanas.

Él en parques europeos.

Ella en la costanera, cuando podía.

—Podríamos correr juntos mañana —propuso él—.

Si te gusta la idea.

Ella sonrió.

—Me gusta.

A lo largo de la cena, Alejandro no perdió oportunidad de rozarla.

Primero, cuando le pasó la carta.

Luego, cuando le acomodó un mechón detrás de la oreja.

Después, cuando le ofreció su copa para que probara un vino distinto.

Sus dedos rozaban los de ella con una suavidad calculada.

No invasiva.

No torpe.

Sino deliberada.

—Tenés unas manos preciosas —dijo él, tomándola por la punta de los dedos—.

Fuerte y delicadas a la vez.

Como vos.

Alina sintió un calor ascenderle por el pecho.

No era vergüenza.

Era poder.

—Alejandro… —murmuró, sin apartar la mano.

—No voy a mentirte —dijo él, inclinándose un poco más—.

Me atraés.

Mucho.

Pero no quiero apresurarte.

Quiero que esta noche sea exactamente lo que vos quieras que sea.

La forma en que lo dijo —directo, honesto, sin disfrazar el deseo— la desarmó.

No era un hombre que jugara a la seducción.

Era un hombre que sabía lo que quería.

Y que la veía a ella como alguien que también podía elegir.

Mientras él hablaba, Alina se dio cuenta de algo.

No era solo la ropa.

Ni el maquillaje.

Ni el restaurante.

Ni el hombre frente a ella.

Era ella.

Algo había cambiado.

Las semanas con las chicas de Matilde, escuchando sus historias de independencia, de viajes, de estudios, de libertad financiera, habían plantado una semilla.

Y esa noche, esa semilla estaba brotando.

Ella no quería sobrevivir.

Quería vivir.

Quería recibirse.

Quería viajar.

Quería llevar a su familia a un lugar mejor.

Quería dejar de pedir permiso para existir.

Alejandro levantó su copa.

—Por vos —dijo—.

Por la mujer que sos.

Y por la que vas a ser.

Alina chocó su copa con la de él.

—Por lo que viene —respondió.

Y lo dijo con una seguridad que jamás había sentido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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