El precio de los sueños - Capítulo 38
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38: Capitulo38- La caída silenciosa 38: Capitulo38- La caída silenciosa Federico no probó bocado.
El plato de cordero se enfriaba frente a él mientras su mirada seguía clavada —sin querer admitirlo— en la mesa donde Alina reía con Alejandro Villalba.
Cada gesto de ella lo atravesaba como un recordatorio de algo que no sabía que había perdido… o que nunca había tenido.
Claudia lo observaba en silencio.
Su sonrisa se había ido desvaneciendo a lo largo de la noche, reemplazada por una expresión tensa, casi dolorosa.
—Federico —dijo finalmente, con voz suave pero firme—.
Creo que deberíamos irnos.
Él parpadeó, como si recién volviera al mundo.
—¿Irnos?
¿Por qué?
Claudia dejó la servilleta sobre la mesa con un gesto delicado, casi resignado.
—Porque no estás acá.
No conmigo.
Y no quiero seguir fingiendo que sí.
Él quiso negarlo, pero no encontró palabras.
No podía mentirle: su mente estaba en otra mesa, en otro vestido, en otra risa.
Claudia se levantó antes de que él pudiera responder.
—Vamos, por favor.
Federico pagó la cuenta sin mirar el total —no importaba, nunca importaba— y la acompañó hacia el ascensor.
Mientras descendían, vio por última vez a Alina, inclinándose hacia Alejandro, sonriendo con una luz que él nunca había visto en ella.
Y esa imagen lo persiguió hasta la calle.
Alina no vio a Federico irse.
No lo habría buscado tampoco.
Estaba demasiado concentrada en Alejandro, en la forma en que la escuchaba, en cómo la hacía sentir vista, interesante, capaz.
Cada halago suyo era preciso, elegante, sin caer en vulgaridad.
—Tus ojos —dijo él mientras el postre llegaba— tienen un color que no existe en España.
Son… peligrosos.
Alina rió, apoyando la mano sobre la mesa.
—¿Peligrosos?
—Sí —respondió él, rozando sus dedos con los suyos—.
Porque hacen que uno quiera quedarse mirándolos demasiado tiempo.
El contacto era suave, pero cargado de intención.
Ella no lo retiró.
—No sabía que era tan buena conversadora —dijo ella, jugando con la copa.
—No lo sos —respondió él, inclinándose—.
Sos brillante.
Y eso es mucho más raro.
Alina sintió un calor ascenderle por el pecho.
No era vergüenza.
Era reconocimiento.
Cuando terminaron de cenar, Alejandro se levantó y le ofreció el brazo.
—¿Te llevo?
Ella dudó un instante.
No quería que la noche terminara.
No todavía.
Alejandro lo notó.
—Si preferís —dijo con una sonrisa lenta—, podemos ir a mi hotel.
Está a unas cuadras.
Es cómodo, discreto… y tiene una vista hermosa de la ciudad.
El hotel.
El más caro de Buenos Aires.
Propiedad de los Álvarez Soller.
Un lugar donde solo entraban diplomáticos, empresarios y gente que vivía en un mundo que ella apenas empezaba a rozar.
Alina respiró hondo.
—Me gustaría ver la vista —respondió.
Alejandro sonrió como si hubiera esperado exactamente esa respuesta.
El departamento de Puerto Madero estaba silencioso cuando llegaron.
Claudia caminó directo al dormitorio, sin encender las luces.
Federico la siguió, sintiendo el peso de la noche sobre los hombros.
Ella se sentó en la cama, desabrochándose los zapatos con manos temblorosas.
—No quiero pelear —dijo, sin mirarlo—.
Solo quiero sentir que todavía te importo.
Federico se acercó, arrodillándose frente a ella.
Le tomó los tobillos con suavidad, retirándole los zapatos uno por uno.
Claudia cerró los ojos, respirando hondo.
—Clau… —susurró él—.
Vos me importás.
Mucho.
Ella lo miró con una mezcla de esperanza y miedo.
—Entonces demostralo.
Federico la besó.
No con la distancia de los últimos meses, sino con una urgencia que lo sorprendió incluso a él.
Como si necesitara aferrarse a algo que se le escapaba entre los dedos.
Claudia respondió con la misma intensidad, rodeándole el cuello, acercándolo más.
Había necesidad, había dolor, había un intento desesperado de recuperar algo que se estaba rompiendo.
No fue explícito.
No fue perfecto.
Pero fue intenso.
Como hacía mucho tiempo no lo era.
Cuando terminaron, Claudia apoyó la cabeza en su pecho, respirando agitada.
—Te extraño —susurró.
Federico la abrazó fuerte, pero su mente… su mente seguía en un vestido rojo, en una risa que no le pertenecía, en una mujer que no debería importarle.
Y aun así, lo hacía.
El auto de Alejandro se detuvo frente al hotel.
Un edificio de mármol blanco, columnas iluminadas, valet uniformados que parecían salidos de una película.
Alina bajó del auto sintiendo que estaba entrando en otro universo.
Alejandro le ofreció la mano.
—¿Lista?
Ella asintió.
No sabía a dónde la llevaría esa noche.
No sabía qué decisiones tomaría después.
Pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que tenía opciones.
Y eso era más poderoso que cualquier miedo.
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