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El precio de los sueños - Capítulo 40

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Capítulo 40: Capítulo 40- Despacio…

El ascensor se abrió sin hacer ruido, como si incluso la maquinaria del edificio supiera que allí todo debía ser impecable. Alina dio un paso hacia el pasillo alfombrado, sintiendo cómo el perfume tenue del lugar —una mezcla de madera, cítricos y algo más caro que no podía identificar— le rozaba la piel.

Alejandro caminaba delante de ella, sin apuro, con esa seguridad que no necesitaba demostrarse. No era arrogancia. Era costumbre. El tipo de costumbre que solo tienen quienes crecieron sabiendo que el mundo siempre les abriría la puerta correcta.

El departamento estaba al final del pasillo. Él apoyó la tarjeta magnética y la cerradura emitió un clic suave.

Cuando entraron, Alina tuvo que contener el impulso de quedarse quieta.

No era un departamento. Era un refugio de lujo.

La sala principal se abría en un espacio amplio, con ventanales que iban del piso al techo y dejaban ver la ciudad como un mapa de luces. Las cortinas eran de lino claro, casi translúcidas, y el mármol del piso reflejaba la iluminación cálida que caía desde lámparas minimalistas.

El living tenía un sillón enorme, gris perla, con almohadones que parecían recién acomodados por alguien obsesionado con la simetría. Sobre la mesa baja, un arreglo de flores blancas —auténticas, frescas— y una botella de vino que probablemente costaba más que un mes entero de guardias médicas.

Pero lo que más la impactó fue la habitación.

Alejandro la guió hasta allí sin tocarla, sin apurarla, sin esa urgencia que otros hombres mostraban apenas cerraban la puerta. Él parecía disfrutar del proceso, del ambiente, de la calma previa.

La habitación era amplia, silenciosa, con una cama king cubierta por un acolchado blanco impecable. No había nada recargado: líneas limpias, muebles de madera clara, una alfombra suave que amortiguaba cada paso. En la pared, una obra abstracta en tonos azules y dorados. En la esquina, un sillón de lectura con una manta doblada con precisión quirúrgica.

El baño, visible desde la puerta, tenía una ducha de vidrio templado, toallas gruesas y productos de hotelería de alta gama. Todo olía a limpieza, a orden, a dinero viejo.

Alina tragó saliva.

Ese tipo de espacios siempre la descolocaban. No porque fueran lujosos, sino porque le recordaban lo lejos que estaba de su propia vida. De su departamento pequeño, de los libros de anatomía abiertos sobre la mesa, de las noches sin dormir estudiando mientras su padre agonizaba en una cama de hospital.

Alejandro la observó con una mezcla de interés y algo más difícil de definir.

—¿Estás bien? —preguntó con voz baja.

Ella asintió. No confiaba en su voz todavía.

Había tomado una decisión esa noche: dejar de sentirse víctima, dejar de ser arrastrada por la corriente. Si iba a sobrevivir, si iba a sacar a Stella del control de Lisa, si iba a pagar las cirugías de su padre, tenía que aprender a moverse en ese mundo sin quebrarse.

Tenía que ser buena en esto. Tenía que controlar la narrativa. Tenía que reescribir su historia.

Alejandro dio un paso hacia ella, lento, medido. No la tocó. Solo la miró como si quisiera asegurarse de que ella tenía el control.

—Si en algún momento querés irte, me lo decís —dijo.

Era la primera vez que un cliente decía algo así.

Y fue justamente eso lo que la desarmó.

No la violencia. No el poder. No el dinero.

La consideración.

Porque era lo único que nadie le había dado en mucho tiempo.

Alina respiró hondo. Sintió el temblor en sus manos, pero también algo más profundo: una fuerza que no sabía que tenía.

Cruzó la habitación y dejó su cartera sobre la cómoda. Se dio vuelta hacia él.

—Estoy bien —dijo finalmente—. Sigamos.

Y aunque sabía que esa noche iba a empujar sus propios límites, también sabía algo más: por primera vez, no lo hacía desde el miedo, sino desde la decisión.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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