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El precio de los sueños - Capítulo 46

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Capítulo 46: Capítulo 46- El deterioro silencioso

Alina despertó tarde, con la luz del mediodía filtrándose entre las cortinas del departamento de Miranda. La habitación estaba en silencio, salvo por el murmullo lejano del tránsito de Recoleta. Tenía la cabeza pesada, como si hubiera bebido más de lo que recordaba, aunque apenas había tomado dos copas de vino en la noche de chicas.

No era alcohol. Era agotamiento. Era confusión. Era Alejandro.

Se sentó en la cama y se frotó los ojos. La conversación de la noche anterior seguía dándole vueltas en la cabeza: la lista de “príncipes azules”, las risas, las confesiones, la hostilidad herida de Vera, la revelación de los viajes a Europa, la frase que más le había dolido:

—No te ilusiones. Él no se queda con nadie.

Alina había intentado reírse, fingir que no le importaba, que no le afectaba. Pero ahora, en la soledad de la mañana, la frase le ardía como una quemadura. Nunca espero que Federico fuera de ese tipo de hombres, nunca imagino que su vida se transformaria en esto.

Se levantó, se duchó rápido y se vistió sin pensar demasiado. Tenía que estudiar. Tenía que ir al hospital. Tenía que recuperar el control de su vida. Tenía que…

El teléfono vibró.

Alejandro.

“Te paso a buscar a las ocho.”

Ni un saludo. Ni una pregunta. Ni un “¿cómo estás?”.

Solo una afirmación. Una certeza. Una orden suave.

Alina sintió un nudo en el estómago. Parte de ella quiso ignorarlo. Otra parte —la más peligrosa— sintió un estremecimiento que no supo controlar.

Intentó estudiar. De verdad lo intentó.

Abrió los apuntes de fisiología, subrayó un par de líneas, leyó un párrafo tres veces sin entenderlo. La mente se le iba. Se escapaba. Se deslizaba hacia otro lugar.

Hacia él.

Hacia su voz grave. Hacia su forma de mirarla como si la conociera desde antes. Hacia la manera en que la escuchaba hablar de medicina con una atención que nadie más le daba. Hacia la promesa velada de Madrid, del Retiro, del receso de invierno.

Cerró el cuaderno con frustración.

No podía concentrarse. No podía pensar. No podía ser la Alina que había sido antes.

Y eso la asustaba.

Fue al hospital por la tarde. El pasillo olía a desinfectante barato y a comida recalentada. Las paredes estaban descascaradas. Las luces parpadeaban.

Su padre dormía. Tenía la piel más pálida que la última vez. La respiración más pesada. Las manos más frías.

Alina le acomodó la sábana, le humedeció los labios, le habló bajito.

—Ya falta menos, papá. Te lo prometo.

Pero la promesa le dolió. Porque no sabía si era verdad. Porque no sabía si estaba haciendo lo suficiente. Porque no sabía si estaba fallando.

Se quedó un rato en silencio, escuchando el sonido del monitor cardíaco. Un ritmo lento. Un recordatorio constante de que el tiempo se le estaba acabando.

Cuando salió del hospital, el cielo estaba gris. Y en la puerta, como si el destino se burlara de ella, la esperaba el auto negro del hotel.

El chofer bajó la ventanilla.

—Señorita Alina, el señor Alejandro pidió que la lleve.

Ella dudó. Un segundo. Dos.

Y subió. Adentro había un cambio de ropa esperando, tacones color chocolate, un vestido que parecia minímo, del mismo color que los zapatos, suave al tacto, parecia tercipelo y un impresionate tapado de piel sintética de diseñador. No pregunto, simplemente se quitó la ropa y se cambio. Solto su pelo y se puso labial rojo.

Alejandro la esperaba en el restaurante del hotel, sentado en la mesa que ya parecía ser “la suya”. La luz cálida caía sobre su rostro, resaltando la línea de su mandíbula, el reloj caro, la camisa perfectamente planchada.

Cuando la vio, sonrió. Una sonrisa lenta, segura, peligrosa.

—Llegaste.

No era una pregunta. Era una constatación.

Alina se sentó frente a él. Intentó sonreír. No lo logró del todo.

—¿Estás bien? —preguntó él, observándola con atención.

Ella asintió. Mintió.

Alejandro no insistió. Nunca lo hacía. No necesitaba hacerlo.

Pidieron comida. Hablaron de cosas triviales. Del clima. De un nuevo medicamento que su laboratorio estaba desarrollando. De un caso clínico que Alina había visto en la facultad.

Pero ella estaba en otro lugar. En la noche anterior. En la lista. En Vera. En Europa. En la frase que no podía sacarse de la cabeza.

“No te ilusiones.”

Alejandro la miró un momento más largo de lo normal.

—Estás rara hoy.

—Estoy cansada —respondió ella.

Él asintió, como si entendiera más de lo que decía.

—Entonces vamos arriba. No quiero que te esfuerces.

Alina sintió un escalofrío. No por la invitación. Por la forma en que la dijo. Como si fuera lo más natural del mundo. Como si ella ya fuera parte de su rutina. Como si él tuviera derecho a decidir por ella.

Y lo peor era que parte de ella quería ir. Quería perderse. Quería dejar de pensar.

Subieron. La habitación estaba impecable, como siempre. La ciudad brillaba detrás de los ventanales. El aire olía a madera cálida y perfume caro.

Alejandro se acercó a ella. Le acomodó un mechón detrás de la oreja. La miró como si pudiera leerle el alma.

—No quiero que te preocupes por nada —dijo—. Yo me encargo.

Alina sintió un nudo en la garganta.

—Alejandro… yo…

—Shh —la interrumpió, suave—. No tenés que decir nada.

Y ese fue el problema. Que él siempre sabía cómo callarla. Cómo envolverla. Cómo hacer que el mundo desapareciera.

Esa noche, Alina volvió al departamento de Miranda pasada la medianoche. Caminó en silencio hasta su habitación. Se miró en el espejo.

No se reconoció.

Tenía los ojos brillantes. La piel enrojecida. El cuerpo cansado. La mente enredada.

Y por primera vez, se preguntó si estaba perdiendo algo más que tiempo. Si estaba perdiéndose a sí misma.

En la cocina, Sofi la vio pasar.

—¿Estás bien? —preguntó.

Alina dudó. Un segundo. Dos.

—No sé —respondió finalmente.

Y esa fue la primera verdad que dijo en días.

El día siguiente amaneció gris, con una llovizna fina que empañaba los ventanales del departamento de Miranda. Alina se despertó con la sensación de haber dormido poco y mal, aunque no recordaba haber tenido pesadillas. Era un cansancio distinto, uno que nacía en el pecho y se extendía hacia los brazos, como si llevara un peso invisible.

Se levantó despacio, se duchó y se preparó un café. El departamento estaba silencioso; las chicas dormían o estaban en sus rutinas. Miranda no había vuelto la noche anterior. Alina agradeció el silencio. Necesitaba pensar.

Pero pensar era lo que menos podía hacer.

Cada vez que intentaba ordenar su mente, aparecía Alejandro. Su voz. Su mirada. Su forma de ocupar el espacio. La manera en que la hacía sentir vista, deseada, elegida.

Y eso era lo más peligroso.

Porque no era amor. No era enamoramiento. Era ilusión. Una ilusión que podía costarle caro.

A media mañana, Miranda regresó. Entró al departamento con su habitual perfume caro y su andar seguro. Saludó a las chicas con un gesto de la mano y se dirigió a su oficina sin decir palabra.

Alina intentó evitarla, pero Miranda la llamó desde la puerta.

—Alina, vení un segundo.

El corazón le dio un vuelco. Entró.

Miranda estaba revisando papeles, contratos, recibos. No levantó la vista cuando habló.

—¿Sabés por qué no te entraron más pedidos esta semana?

Alina frunció el ceño. —Pensé que era casualidad.

Miranda soltó una risa seca.

—En este negocio no existe la casualidad.

Alina sintió un escalofrío.

—¿Entonces?

Miranda finalmente la miró. Sus ojos eran fríos, calculadores, pero había algo más detrás: una mezcla de fastidio y resignación.

—Estás blindada.

La palabra cayó como un golpe.

—¿Qué… qué significa?

—Que Alejandro pagó para que nadie más te pida. —Miranda se cruzó de brazos—. Exclusividad. Por el tiempo que él esté en Argentina.

Alina sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—¿Y vos aceptaste?

—Acepté porque paga bien. Muy bien. —Miranda la observó con una dureza que no necesitaba explicación—. Y porque te conviene. No tenés que ver a nadie más. No tenés que exponerte. No tenés que fingir con desconocidos. Solo con él.

Alina apretó los puños.

—No quiero depender de él.

—Ya dependés —respondió Miranda, sin suavidad—. Y cuanto antes lo aceptes, mejor.

Alina sintió un temblor en las manos. No sabía si era miedo, bronca o ambas cosas.

—Yo no pedí esto.

—Nadie lo pide —dijo Miranda—. Pero cuando aparece un hombre como Alejandro, no se discute. Se aprovecha.

Alina sintió que algo dentro de ella se quebraba. No por la situación. Por lo que significaba.

Ella no era libre. No lo había sido desde hacía meses. Pero ahora… ahora era peor. Ahora era propiedad.

Salió de la oficina con el corazón acelerado. Sofi la vio pasar y corrió detrás de ella.

—¿Qué pasó?

Alina negó con la cabeza, pero los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Estoy blindada —susurró.

Sofi abrió los ojos, sorprendida.

—¿Alejandro?

Alina asintió.

Sofi la abrazó.

—No te asustes. Es mejor así. No tenés que ver a nadie más.

—No quiero verlo a él tampoco —dijo Alina, con la voz quebrada.

Sofi la miró con tristeza.

—Entonces no te enamores.

Alina cerró los ojos. Demasiado tarde.

Esa tarde intentó estudiar. De verdad lo intentó.

Pero las palabras se mezclaban. Las líneas se movían. La concentración se escapaba.

Cada vez que cerraba los ojos, veía a Alejandro. Su sonrisa. Su seguridad. Su forma de hablarle como si la conociera desde antes.

Y lo peor era que parte de ella quería volver a verlo. Quería volver a sentir esa intensidad. Quería volver a perderse.

Pero otra parte —la que todavía recordaba quién era— sabía que eso la estaba destruyendo.

Esa noche, mientras Alina intentaba leer un capítulo de neuroanatomía, el teléfono vibró.

Alejandro.

“Te paso a buscar a las ocho.”

Ni un saludo. Ni una pregunta. Ni un “¿podés?”.

Solo una certeza. Una orden suave.

Alina dejó el teléfono sobre la mesa. No respondió. No quería responder.

Pero sabía que lo haría.

Esa madrugada, en la clínica privada donde Federico hacía guardia, algo inesperado ocurrió.

Alexia, la paciente que llevaba semanas en coma, movió los dedos. Luego la mano. Luego abrió los ojos.

Federico estaba revisando una historia clínica cuando la enfermera lo llamó.

—Doctor… creo que Alexia despertó.

Él corrió hacia la habitación. Alexia estaba despierta, desorientada, respirando rápido.

—Alexia —dijo Federico, acercándose—. Soy el doctor Álvarez Soller. ¿Podés escucharme?

Ella lo miró fijamente. Sus ojos estaban llenos de terror.

—Ella … —susurró—. está en peligro

Federico frunció el ceño.

—¿Quién?

Alexia apretó su mano con una fuerza inesperada.

—Stella, mi hija.

Federico sintió un golpe en el pecho.

—¿Qué sabés? ¿Qué pasó?

Pero Alexia empezó a convulsionar. Los monitores se dispararon. Las enfermeras entraron corriendo.

Federico tuvo que soltarla. Tuvo que actuar. Tuvo que salvarla.

Pero mientras lo hacía, una sola frase le martillaba la cabeza:

“Ella está en peligro.”

Cuando la situación se estabilizó, Federico salió al pasillo y tomó su teléfono. Marcó el número de Alina.

Una vez. Dos. Tres.

Nada.

Le dejó un mensaje.

—Alina, soy Federico. Necesito hablar con vos. Es urgente. Por favor, llamame.

Pero Alina no respondió. No vio la llamada. No escuchó el mensaje.

Porque a esa hora, estabaen la habitación de un lujoso hotel, con su piel impregnada de Alejandro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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