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El precio de los sueños - Capítulo 47

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Capítulo 47: Capítulo 47- Blindada

El día siguiente amaneció gris, con una llovizna fina que empañaba los ventanales del departamento de Miranda. Alina se despertó con la sensación de haber dormido poco y mal, aunque no recordaba haber tenido pesadillas. Era un cansancio distinto, uno que nacía en el pecho y se extendía hacia los brazos, como si llevara un peso invisible.

Se levantó despacio, se duchó y se preparó un café. El departamento estaba silencioso; las chicas dormían o estaban en sus rutinas. Miranda no había vuelto la noche anterior. Alina agradeció el silencio. Necesitaba pensar.

Pero pensar era lo que menos podía hacer.

Cada vez que intentaba ordenar su mente, aparecía Alejandro. Su voz. Su mirada. Su forma de ocupar el espacio. La manera en que la hacía sentir vista, deseada, elegida.

Y eso era lo más peligroso.

Porque no era amor. No era enamoramiento. Era ilusión. Una ilusión que podía costarle caro.

A media mañana, Miranda regresó. Entró al departamento con su habitual perfume caro y su andar seguro. Saludó a las chicas con un gesto de la mano y se dirigió a su oficina sin decir palabra.

Alina intentó evitarla, pero Miranda la llamó desde la puerta.

—Alina, vení un segundo.

El corazón le dio un vuelco. Entró.

Miranda estaba revisando papeles, contratos, recibos. No levantó la vista cuando habló.

—¿Sabés por qué no te entraron más pedidos esta semana?

Alina frunció el ceño. —Pensé que era casualidad.

Miranda soltó una risa seca.

—En este negocio no existe la casualidad.

Alina sintió un escalofrío.

—¿Entonces?

Miranda finalmente la miró. Sus ojos eran fríos, calculadores, pero había algo más detrás: una mezcla de fastidio y resignación.

—Estás blindada.

La palabra cayó como un golpe.

—¿Qué… qué significa?

—Que Alejandro pagó para que nadie más te pida. —Miranda se cruzó de brazos—. Exclusividad. Por el tiempo que él esté en Argentina.

Alina sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—¿Y vos aceptaste?

—Acepté porque paga bien. Muy bien. —Miranda la observó con una dureza que no necesitaba explicación—. Y porque te conviene. No tenés que ver a nadie más. No tenés que exponerte. No tenés que fingir con desconocidos. Solo con él.

Alina apretó los puños.

—No quiero depender de él.

—Ya dependés —respondió Miranda, sin suavidad—. Y cuanto antes lo aceptes, mejor.

Alina sintió un temblor en las manos. No sabía si era miedo, bronca o ambas cosas.

—Yo no pedí esto.

—Nadie lo pide —dijo Miranda—. Pero cuando aparece un hombre como Alejandro, no se discute. Se aprovecha.

Alina sintió que algo dentro de ella se quebraba. No por la situación. Por lo que significaba.

Ella no era libre. No lo había sido desde hacía meses. Pero ahora… ahora era peor. Ahora era propiedad.

Salió de la oficina con el corazón acelerado. Sofi la vio pasar y corrió detrás de ella.

—¿Qué pasó?

Alina negó con la cabeza, pero los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Estoy blindada —susurró.

Sofi abrió los ojos, sorprendida.

—¿Alejandro?

Alina asintió.

Sofi la abrazó.

—No te asustes. Es mejor así. No tenés que ver a nadie más.

—No quiero verlo a él tampoco —dijo Alina, con la voz quebrada.

Sofi la miró con tristeza.

—Entonces no te enamores.

Alina cerró los ojos. Demasiado tarde.

Esa tarde intentó estudiar. De verdad lo intentó.

Pero las palabras se mezclaban. Las líneas se movían. La concentración se escapaba.

Cada vez que cerraba los ojos, veía a Alejandro. Su sonrisa. Su seguridad. Su forma de hablarle como si la conociera desde antes.

Y lo peor era que parte de ella quería volver a verlo. Quería volver a sentir esa intensidad. Quería volver a perderse.

Pero otra parte —la que todavía recordaba quién era— sabía que eso la estaba destruyendo.

Esa noche, mientras Alina intentaba leer un capítulo de neuroanatomía, el teléfono vibró.

Alejandro.

“Te paso a buscar a las ocho.”

Ni un saludo. Ni una pregunta. Ni un “¿podés?”.

Solo una certeza. Una orden suave.

Alina dejó el teléfono sobre la mesa. No respondió. No quería responder.

Pero sabía que lo haría.

Esa madrugada, en la clínica privada donde Federico hacía guardia, algo inesperado ocurrió.

Alexia, la paciente que llevaba semanas en coma, movió los dedos. Luego la mano. Luego abrió los ojos.

Federico estaba revisando una historia clínica cuando la enfermera lo llamó.

—Doctor… creo que Alexia despertó.

Él corrió hacia la habitación. Alexia estaba despierta, desorientada, respirando rápido.

—Alexia —dijo Federico, acercándose—. Soy el doctor Álvarez Soller. ¿Podés escucharme?

Ella lo miró fijamente. Sus ojos estaban llenos de terror.

—Ella … —susurró—. está en peligro

Federico frunció el ceño.

—¿Quién?

Alexia apretó su mano con una fuerza inesperada.

—Stella, mi hija.

Federico sintió un golpe en el pecho.

—¿Qué sabés? ¿Qué pasó?

Pero Alexia empezó a convulsionar. Los monitores se dispararon. Las enfermeras entraron corriendo.

Federico tuvo que soltarla. Tuvo que actuar. Tuvo que salvarla.

Pero mientras lo hacía, una sola frase le martillaba la cabeza:

“Ella está en peligro.”

Cuando la situación se estabilizó, Federico salió al pasillo y tomó su teléfono. Marcó el número de Alina.

Una vez. Dos. Tres.

Nada.

Le dejó un mensaje.

—Alina, soy Federico. Necesito hablar con vos. Es urgente. Por favor, llamame.

Pero Alina no respondió. No vio la llamada. No escuchó el mensaje.

Porque a esa hora, estabaen la habitación de un lujoso hotel, con su piel impregnada de Alejandro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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