El precio de los sueños - Capítulo 48
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Capítulo 48: Capítulo 48- La orden
Otro día más transcurría y a las ocho en punto, el auto negro del hotel se detuvo frente al edificio de Recoleta. La lluvia fina de la noche caía como un velo sobre la vereda, reflejando las luces amarillas de la calle. Alina bajó las escaleras con el corazón acelerado, intentando convencerse de que podía controlar la situación, de que podía mantener distancia, de que podía recordar que todo era un trabajo.
Pero cuando vio a Alejandro apoyado contra el auto, con su traje oscuro perfectamente ajustado, el reloj europeo brillando bajo la luz tenue y esa mirada que parecía atravesarla, supo que estaba perdida.
—Subí —dijo él, sin sonrisa, sin saludo, sin suavidad.
Ella obedeció.
El auto avanzó por la ciudad iluminada. Alina miraba por la ventana, intentando calmar su respiración. Alejandro no hablaba. Solo la observaba de vez en cuando, como si estuviera evaluando algo, midiendo algo, decidiendo algo.
Cuando llegaron al hotel, él la guió hacia el ascensor sin tocarla, pero con una presencia tan intensa que parecía envolverla. Subieron al piso , donde las alfombras eran gruesas, las paredes estaban decoradas con arte moderno y el silencio tenía un peso particular, casi solemne.
La habitación ya no le parecía tan amplia ni luminosa, los ventanales que daban a la ciudad nocturna ya no le atraían. El living tenía una mesa de mármol blanco, fría y elegante, y un sillón de cuero que parecía recién estrenado.
Pero lo que llamó la atención de Alina fue la caja sobre la cama.
Una caja larga, negra, con un lazo rojo.
Alejandro se acercó, la abrió y retiró el papel de seda con una lentitud calculada. Dentro, un vestido rojo. No cualquier vestido. Un diseño europeo, de esos que solo se ven en pasarelas o en cuerpos de mujeres que viven en otro mundo.
Era rojo profundo, casi vino. Con un corte que abrazaba la cintura. Con un escote elegante, no vulgar. Con una caída que prometía movimiento y fuego.
Alina sintió que el aire se le escapaba.
—Póntelo —dijo Alejandro.
Ella tragó saliva.
—¿Ahora?
—Ahora.
Alina dudó. Un segundo. Quizás dos.
Alejandro dio un paso hacia ella. No la tocó. No levantó la voz. No mostró impaciencia.
Pero su mirada era una orden.
—Desvestite —dijo, suave, pero firme.
Alina sintió un temblor en las manos. No era miedo. No era deseo. Era algo más complejo, más profundo, más peligroso.
Sabía que podía decir que no. Sabía que podía irse. Sabía que podía poner límites.
Pero no lo hizo.
Se desabrochó la blusa con movimientos lentos, casi torpes. Sintió la mirada de Alejandro recorriéndola, no como un hombre que observa un cuerpo, sino como alguien que evalúa una obra que le pertenece.
Cuando quedó en ropa interior, él se acercó. Le tomó la barbilla con dos dedos. La obligó a levantar la mirada.
—Perfecta —murmuró.
La palabra la atravesó.
No era un halago. Era una sentencia.
Alejandro la rozó apenas, un contacto mínimo, suficiente para que el cuerpo de Alina reaccionara antes que su mente. Él lo sabía. Lo sentía. Lo disfrutaba.
Se vistió para él, como siempre. La intensidad del momento la envolvió. El lujo de la habitación. El perfume caro. La ciudad brillando detrás del vidrio. La presencia dominante de Alejandro. La vulnerabilidad de ella.
Y entonces, sin brusquedad, sin violencia, pero con una firmeza que no dejaba lugar a dudas, él la tomó por la cintura y la acercó a la mesa de mármol. Separó sus piernas, y sin preámbulos, levanto el vestido e introdujo un dedo dentro de ella, la recorrió como si fuera un mueble, sin suavidad…luego otro dedo, mientras la obligaba a apoyar su cuerpo sobre la fria mesa de mármol. Antes de que ella pudiera siquiera acomodar su cuerpo, el grueso miembro de Alejandro estaba dentro suyo. Empujando con fuerza. La obligó a ponerse en cuatro sobre esa mesa, rompió la falda del lujoso vestido de un tirón y la amordazó…volvió a penetrarla con más feurza, con más energía, con una intensidad animal. Alina se aflojo, se dejó llevar porque el sexo con él siempre la excitaba. Comenzó a gritar, de dolor y placer , sin darse cuenta y él lo estaba disfrutando cada vez más.
De golpe Alejandro salió de ella. La giró de espaldas, el frío del mármol contrastó con el calor de su piel. El contraste la desorientó. La tensión la desbordó. Su cuerpo se aflojó a un más, y el de Alejandro estaba cada vez más tenso, más duro. La penetró por delante, sus piernas abiertas, sus firmes manos sujetando sus tobillos, elevó aún más sus piernas, acercó sus pies a sus orejas y descargó todo su peso y su fuerza sobre ella. Los gritos se confundían con jadeos, la desesperación y el placer eran uno solo. A ella le gustaba ser dominada de esa forma, a él le gustaba dominar. El cuerpo le dolía en zonas que no sabía que podían doler, hasta que él se aparto de su cuerpo y con su voz ronca rompió la monotonia de sonidos.
—Arrodillate—dijo—. Abrí la boca y tragalo todo.
Luego de eso no hubo palabras. No hubo explicaciones. Solo una energía que la arrastró, que la envolvió, que la dejó sin aire.
Cuando todo terminó, Alina apoyó las manos sobre la mesa, intentando recuperar el aliento. Alejandro se acomodó el traje con la misma calma con la que otros se acomodan un reloj.
—Vestite —dijo—. Tenemos una cena de negocios. Ese vestido ya no sirve, en la habitación ténes otro.
Ella se puso el vestido rojo nuevo con manos temblorosas. El tejido era suave, pesado, perfecto. Le quedaba como si hubiera sido hecho para ella.
Alejandro la observó con una satisfacción silenciosa.
—A las ocho cuarenta y cinco bajamos —dijo.
Y así fue.
El restaurante del hotel era uno de los más exclusivos de Buenos Aires. Techos altos, lámparas de cristal, mesas separadas por metros, mozos que se movían como sombras elegantes. El aire olía a vino caro, a trufas, a dinero viejo.
Alejandro caminaba con seguridad, saludando a empresarios, políticos, figuras del mundo financiero. Todos lo conocían. Todos lo respetaban. Todos lo miraban con una mezcla de admiración y temor.
Alina caminaba a su lado, sintiendo el peso de las miradas. El vestido rojo brillaba bajo las luces. Su piel parecía más dorada. Su respiración más corta.
Se sentía expuesta. Se sentía poderosa. Se sentía confundida.
Y entonces, como si el destino hubiera estado esperando ese momento exacto, apareció Lisa.
Vestido negro. Escote profundo. Cabello suelto, brillante. Perfume intenso. Sonrisa venenosa.
—Pero mirá quiénes están acá —dijo, acercándose con pasos lentos, calculados—. Mi mejor amiga… y mi catalán favorito.
Alina sintió que el corazón se le detenía.
Lisa la abrazó como si fueran hermanas. Como si no hubiera traición. Como si no hubiera sangre. Como si no hubiera un pasado oscuro entre ellas.
—Alina, estás preciosa —dijo, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Luego se volvió hacia Alejandro.
—Y vos… siempre tan impecable.
Alejandro sonrió, pero su mirada se endureció apenas.
—Lisa —dijo—. Qué sorpresa volver a verte.
Lisa apoyó una mano en su brazo, demasiado familiar, demasiado cómoda.
—No tanto —respondió—. En este mundo, todos terminamos encontrándonos.
Alina sintió un escalofrío. No por Lisa. Por lo que significaba su presencia.
Porque Lisa nunca aparecía por casualidad. Nunca.
Y esa noche, en ese restaurante, con ese vestido rojo, Alina entendió que algo estaba a punto de romperse.
Algo grande. Algo peligroso. Algo inevitable
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