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El precio de los sueños - Capítulo 49

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Capítulo 49: Capítulo 49- El salón de cristal

El restaurante del hotel brillaba como un escenario diseñado para que nadie pudiera esconderse. Techos altos, lámparas de cristal que parecían flotar, mesas vestidas con manteles blancos impecables, copas que reflejaban la luz como pequeños espejos. El aire olía a vino caro, a trufas, a perfume importado. Todo tenía un brillo casi irreal, como si la noche estuviera hecha de vidrio.

Alejandro saludaba a empresarios, inversores, figuras del mundo financiero. Su presencia llenaba el espacio: seguro, elegante, dueño de sí mismo y de todo lo que lo rodeaba. Alina caminaba a su lado, sintiendo el peso de las miradas. El vestido rojo la envolvía como una segunda piel, marcando cada movimiento, cada respiración.

Hasta que apareció Lisa.

Y el aire cambió.

Lisa se movía como si el salón fuera suyo. Su vestido negro, con un escote profundo que rozaba lo provocador sin cruzar la línea, brillaba bajo las luces. Su sonrisa era perfecta, pero sus ojos… sus ojos eran dos cuchillas envueltas en terciopelo.

—Voy a saludar a unos colegas —dijo Alejandro, inclinándose hacia Alina—. Quédate con Lisa. No tardo.

Y se alejó.

Alina quiso seguirlo con la mirada, pero Lisa la tomó del brazo con suavidad, como si fueran dos amigas reencontrándose después de años.

—Estás preciosa —dijo Lisa, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Ese vestido te queda… perfecto.

Alina tragó saliva.

—Gracias.

—¿Sabés qué es lo mejor? —continuó Lisa, inclinándose apenas hacia ella—. Que te queda mejor que a Vera. Y eso la debe estar matando.

Alina sintió un nudo en el estómago.

—No quiero problemas con nadie.

—Ay, Alina… —Lisa rió, suave, musical, venenosa—. Los problemas te buscan a vos. Siempre fue así.

Antes de que Alina pudiera responder, una voz conocida se sumó a la conversación.

—Buenas noches.

José.

Su ex novio. El hombre que la había traicionado. El hombre que la había entregado. El hombre que había sido amante de Lisa desde antes de que Alina lo supiera.

Vestía un traje oscuro, perfectamente ajustado. Su sonrisa era amable, pero sus ojos tenían ese brillo frío que ella conocía demasiado bien.

—Qué sorpresa verte acá —dijo José, inclinándose para besarla en la mejilla.

Alina retrocedió apenas.

—No sabía que venían.

—Nos invitaron —respondió Lisa, entrelazando su brazo con el de José—. Ya sabés cómo es este mundo. Todos terminamos cruzándonos.

José se acercó un poco más, lo suficiente para que solo ella lo escuchara.

—Cuando tu catalán se vaya… —susurró— vamos a arreglar cuentas. Que no me denunciaras no quita que aún quedaron cosas pendientes por resolver.

Alina sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—No tengo nada que arreglar con ustedes —dijo, intentando mantener la voz firme.

Lisa sonrió, como si disfrutara del miedo ajeno.

—Siempre tenés algo que arreglar, Alina. Siempre. Stella preguntó por vos.

Alina respiró hondo.

—Quiero ver a Stella.

Lisa ladeó la cabeza, como si la petición la divirtiera.

—Claro que querés verla. Es tu sobrina. La adorás. Y yo… —hizo una pausa teatral— soy muy generosa.

José sonrió.

—Demasiado generosa.

Lisa continuó:

—Podés verla cuando quieras. Pero hay una condición.

Alina sintió que el piso se movía bajo sus pies.

—¿Cuál?

—Volvé al bar con Esteban. De tu propia voluntad. Dejá a Miranda. Y Stella va a estar siempre disponible para vos.

Alina sintió un golpe en el pecho.

—No —dijo, sin dudar.

Lisa arqueó una ceja.

—¿No?

—No voy a volver a ese lugar.

—Entonces no vas a ver a Stella —respondió Lisa, con una sonrisa dulce como veneno—. Es simple.

Alina sintió que las lágrimas amenazaban con subir, pero se obligó a contenerlas. No iba a darle ese placer.

—No voy a negociar con vos.

—Ay, Alina… —Lisa suspiró—. Siempre tan ingenua. Entonces volve con José! podemos hacer un hermoso trio juntos en la casona vieja!

Y entonces, como si el universo quisiera ponerla a prueba, vio a Federico.

Entraba al salón acompañado de su prometida, Claudia, y de sus padres: Mónica y Alejo Álvarez Soller. La familia más poderosa del país. La familia dueña del hotel. La familia dueña de todo.

Federico la vio. Se detuvo. Por un segundo, solo un segundo, su expresión cambió. Algo parecido a dolor. O preocupación. O ambas cosas.

Pero no se acercó.

Claudia sí.

La mujer avanzó con pasos elegantes, su vestido azul noche brillando bajo las luces. Sonreía, pero sus ojos eran dos agujas.

—Alina —dijo, con voz suave—. Qué sorpresa verte acá.

Alina intentó sonreír.

—Buenas noches, Claudia.

Claudia se inclinó hacia ella, demasiado cerca, demasiado íntima.

—No te acerques a Federico —susurró—. No lo llames. No lo busques. No lo mires. ¿Entendiste?

Alina abrió los ojos, sorprendida.

—Nunca pasó nada entre nosotros —dijo, sincera.

Claudia sonrió, pero su sonrisa era un filo.

—No te creo. Y no me importa. Si te acercás a él, lo vas a lamentar.

Alina sintió un temblor en las manos.

Y entonces apareció Mónica.

La madre de Federico. Elegante. Fría. Impecable.

—¿Esta es? —preguntó, sin disimular el desprecio.

Claudia asintió.

Mónica se acercó a Alina, la observó de arriba abajo, como si evaluara un objeto defectuoso.

—Sos igual a tu madre —dijo, en voz baja—. Una rompehogares.

Alina sintió que el aire se le escapaba.

—Mi madre no era eso —respondió, con la voz temblorosa.

—Claro que lo era —dijo Mónica—. Y vos vas por el mismo camino.

Antes de que Alina pudiera responder, una voz firme interrumpió la escena.

—¿Pasa algo?

Miranda.

Vestida con un traje negro impecable, el cabello recogido, la mirada afilada. A su lado, Sofi y Vera, ambas serias, ambas tensas.

—Estamos charlando —dijo Claudia, con una sonrisa falsa.

—Me alegra —respondió Miranda—. Pero Alina está conmigo. Y la necesito un momento.

Mónica frunció el ceño.

—¿Vos sos…?

—Miranda —dijo ella, extendiendo la mano con elegancia—. Encantada.

Mónica no la tomó.

Miranda sonrió igual.

—Alina, vení.

Alina obedeció. Sofi la tomó del brazo. Vera se puso a su lado, como un muro silencioso.

Mientras se alejaban, Miranda murmuró:

—No les des poder. Ninguno de ellos lo merece.

El salón del restaurante seguía vibrando con conversaciones elegantes, risas contenidas y el tintinear de copas de cristal. Alina sentía el corazón acelerado desde el encuentro con Lisa, José, Claudia y Mónica. El vestido rojo le pesaba sobre la piel como si fuera una armadura demasiado fina para protegerla de ese mundo.

Alejandro seguía hablando con un grupo de empresarios cerca de la barra. Su postura era impecable, su sonrisa medida, su presencia dominante. No la miraba, pero Alina sabía que estaba atento a cada uno de sus movimientos. Siempre lo estaba.

Ella necesitaba un respiro.

—Voy al baño —le dijo a Miranda, que estaba sentada con Sofi y Vera en una mesa cercana.

Miranda asintió, sin hacer preguntas. Alina caminó hacia el pasillo que conducía a los baños, intentando calmar la respiración. El aire estaba más fresco allí, menos cargado de perfume y tensión. Se mojó las manos en la pileta, respiró hondo y se miró al espejo.

No se reconocía.

Había algo en sus ojos, algo oscuro, algo cansado, algo que no estaba ahí hacía unas semanas. Algo que Alejandro había despertado sin pedir permiso.

Cuando salió del baño, un hombre de unos treinta y cinco años estaba apoyado contra la pared, esperándola. Alto, robusto. Traje caro, sonrisa confiada, mirada que la recorrió sin pudor.

—Perdón —dijo él, dando un paso hacia ella—. ¿Sos una de las chicas de Miranda?¿Sos Alina?

Ella se tensó.

—Estoy acompañada —respondió, intentando pasar.

Él se interpuso.

—Lo sé. Sé quién es Miranda. Sé quién sos vos. Y te vi entrar con el catalán. Pero eso no significa que no podamos charlar un minuto.

Alina sintió un escalofrío.

—No estoy interesada.

—No te pregunté si estabas interesada —dijo él, acercándose más—. Solo quiero hablar.

Ella intentó retroceder, pero él la tomó del brazo. No con fuerza al principio, pero sí con una firmeza que la hizo temblar.

—Soltame —dijo Alina, con la voz baja.

Él sonrió.

—No te hagas la difícil. Todas ustedes son iguales. Todas quieren lo mismo.

La palabra “ustedes” cayó como un golpe.

—No me conocés —respondió ella.

—No necesito conocerte —dijo él, acercando el rostro—. Sé lo que sos. ¡Pero quiero provarte, dicen que sos el mismo infierno en la cama y hoy tengo ganas de quemarme!

Alina sintió que el estómago se le cerraba.

—Soltame —repitió, esta vez con más fuerza.

Él apretó más su brazo.

—No te hagas la santa. Sos una prostituta. Y yo estoy pagando por estar acá. Así que vas a escucharme.

Alina intentó zafarse, pero él la empujó contra la pared. El golpe le sacó el aire. Miró alrededor, buscando ayuda, pero el pasillo estaba vacío. El sonido del salón quedaba lejos, amortiguado.

—No… —susurró.

Él la tomó del brazo y la arrastró hacia la puerta que daba al patio interno del hotel. Ella intentó resistirse, pero él era más fuerte. Mucho más fuerte.

—¡Soltame! —gritó.

Pero la música del salón tapó su voz.

El hombre la empujó hacia afuera. El aire frío de la noche la golpeó en la cara. El patio estaba casi vacío, iluminado apenas por luces bajas. Nadie miraba. Nadie escuchaba. Nadie se acercaba.

—No te hagas la difícil —repitió él, con la voz cargada de desprecio—. Todas ustedes son iguales. Todas.

Alina sintió el miedo subirle por la garganta como un nudo. Intentó empujarlo, pero él la tomó de los hombros, la sacudió y la golpeo en el estómago.

—¡Callate!

Ella cayó al suelo. El mármol frío le raspó las rodillas. Intentó levantarse, pero él la empujó de nuevo.

—No te hagas la fina —escupió—. No sos mejor que ninguna.

Alina sintió un golpe en la espalda. Otro en el brazo. El mundo se volvió ruido y confusión. Sentía sus manoss meterse debajo de su vestido, sintió como la penetraba, su respiración agitada contra su oido. Su brutalidad, su transpiración…

Y entonces, de pronto, todo se detuvo.

El hombre se alejó. Se acomodó el saco. La miró con desprecio.

—No valés nada —dijo, y se fue caminando como si nada hubiera pasado.

Alina quedó tirada en el suelo, temblando. El vestido rojo estaba sucio, arrugado, marcado. Sus manos temblaban. Su respiración era un jadeo entrecortado.

Intentó levantarse, pero las piernas no le respondían.

—Ayuda… —susurró mientras sus lágrimas se desparramaban sobre su rostro.

Nadie la escuchó.

—Por favor… —intentó de nuevo.

Nadie se detuvo.

Porque en ese mundo, una mujer como ella no era una víctima. Era un problema. Un estorbo. Un riesgo.

Y nadie quería involucrarse.

Encontró su teléfono tirado cerca de una maceta. Tenía varias llamadas perdidas: dos de Alejandro, una de Miranda, una de Sofi.

Con manos temblorosas, llamó a Miranda.

—Mi… Miranda… —logró decir, entre sollozos.

—¿Dónde estás? —preguntó Miranda, con una voz que no admitía demoras.

—En… en el patio… del hotel…alguién me golpeo y me v…

—No te muevas —ordenó Miranda—. Nadie puede verte así. ¿Me escuchaste? Nadie.

Alina asintió, aunque Miranda no podía verla.

—Estoy sucia… —susurró—. No puedo… no puedo moverme…

—No te muevas —dijo Miranda—. Ya voy para allá.

Pasaron quince minutos que parecieron horas. Finalmente, la puerta del patio se abrió.

Miranda entró primero. Traje negro. Rostro serio. Ojos encendidos de furia.

Sofi venía detrás, con una campera grande en las manos.

—Alina… —susurró Sofi, corriendo hacia ella.

La cubrió con la campera. Miranda la tomó del brazo, con firmeza pero sin brusquedad.

—Vamos —dijo—. No mires atrás.

Entre las dos la levantaron. La caminaron rápido, pegadas a las paredes, evitando cámaras, evitando miradas. Como si estuvieran sacando a una delincuente. No a una víctima.

Alina sintió que el corazón se le rompía un poco más con cada paso.

En el auto, Sofi la abrazó. Alina lloró. Lloró hasta quedarse sin aire. Sin voz. Sin fuerza.

Miranda manejaba en silencio, con la mandíbula apretada.

Cuando llegaron al departamento, Sofi la ayudó a bañarse. Le limpió las heridas. Le cambió la ropa. Le preparó té. No llamaron a la policia. No hicieron ninguna denuncia.

Alina no habló. No podía.

Miranda entró más tarde. Se sentó frente a ella. La miró largo rato.

—En este mundo —dijo finalmente— nadie cuida a nadie. No lo olvides.

Alina bajó la mirada.

Y entendió que era verdad.

Esa madrugada no durmió. No habló. No pensó.

Solo lloró. En silencio. Hasta que amaneció.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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