El precio de los sueños - Capítulo 50
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Capítulo 50: Capítulo 50- Nadie mira
El salón del restaurante seguía vibrando con conversaciones elegantes, risas contenidas y el tintinear de copas de cristal. Alina sentía el corazón acelerado desde el encuentro con Lisa, José, Claudia y Mónica. El vestido rojo le pesaba sobre la piel como si fuera una armadura demasiado fina para protegerla de ese mundo.
Alejandro seguía hablando con un grupo de empresarios cerca de la barra. Su postura era impecable, su sonrisa medida, su presencia dominante. No la miraba, pero Alina sabía que estaba atento a cada uno de sus movimientos. Siempre lo estaba.
Ella necesitaba un respiro.
—Voy al baño —le dijo a Miranda, que estaba sentada con Sofi y Vera en una mesa cercana.
Miranda asintió, sin hacer preguntas. Alina caminó hacia el pasillo que conducía a los baños, intentando calmar la respiración. El aire estaba más fresco allí, menos cargado de perfume y tensión. Se mojó las manos en la pileta, respiró hondo y se miró al espejo.
No se reconocía.
Había algo en sus ojos, algo oscuro, algo cansado, algo que no estaba ahí hacía unas semanas. Algo que Alejandro había despertado sin pedir permiso.
Cuando salió del baño, un hombre de unos treinta y cinco años estaba apoyado contra la pared, esperándola. Alto, robusto. Traje caro, sonrisa confiada, mirada que la recorrió sin pudor.
—Perdón —dijo él, dando un paso hacia ella—. ¿Sos una de las chicas de Miranda?¿Sos Alina?
Ella se tensó.
—Estoy acompañada —respondió, intentando pasar.
Él se interpuso.
—Lo sé. Sé quién es Miranda. Sé quién sos vos. Y te vi entrar con el catalán. Pero eso no significa que no podamos charlar un minuto.
Alina sintió un escalofrío.
—No estoy interesada.
—No te pregunté si estabas interesada —dijo él, acercándose más—. Solo quiero hablar.
Ella intentó retroceder, pero él la tomó del brazo. No con fuerza al principio, pero sí con una firmeza que la hizo temblar.
—Soltame —dijo Alina, con la voz baja.
Él sonrió.
—No te hagas la difícil. Todas ustedes son iguales. Todas quieren lo mismo.
La palabra “ustedes” cayó como un golpe.
—No me conocés —respondió ella.
—No necesito conocerte —dijo él, acercando el rostro—. Sé lo que sos. ¡Pero quiero provarte, dicen que sos el mismo infierno en la cama y hoy tengo ganas de quemarme!
Alina sintió que el estómago se le cerraba.
—Soltame —repitió, esta vez con más fuerza.
Él apretó más su brazo.
—No te hagas la santa. Sos una prostituta. Y yo estoy pagando por estar acá. Así que vas a escucharme.
Alina intentó zafarse, pero él la empujó contra la pared. El golpe le sacó el aire. Miró alrededor, buscando ayuda, pero el pasillo estaba vacío. El sonido del salón quedaba lejos, amortiguado.
—No… —susurró.
Él la tomó del brazo y la arrastró hacia la puerta que daba al patio interno del hotel. Ella intentó resistirse, pero él era más fuerte. Mucho más fuerte.
—¡Soltame! —gritó.
Pero la música del salón tapó su voz.
El hombre la empujó hacia afuera. El aire frío de la noche la golpeó en la cara. El patio estaba casi vacío, iluminado apenas por luces bajas. Nadie miraba. Nadie escuchaba. Nadie se acercaba.
—No te hagas la difícil —repitió él, con la voz cargada de desprecio—. Todas ustedes son iguales. Todas.
Alina sintió el miedo subirle por la garganta como un nudo. Intentó empujarlo, pero él la tomó de los hombros, la sacudió y la golpeo en el estómago.
—¡Callate!
Ella cayó al suelo. El mármol frío le raspó las rodillas. Intentó levantarse, pero él la empujó de nuevo.
—No te hagas la fina —escupió—. No sos mejor que ninguna.
Alina sintió un golpe en la espalda. Otro en el brazo. El mundo se volvió ruido y confusión. Sentía sus manoss meterse debajo de su vestido, sintió como la penetraba, su respiración agitada contra su oido. Su brutalidad, su transpiración…
Y entonces, de pronto, todo se detuvo.
El hombre se alejó. Se acomodó el saco. La miró con desprecio.
—No valés nada —dijo, y se fue caminando como si nada hubiera pasado.
Alina quedó tirada en el suelo, temblando. El vestido rojo estaba sucio, arrugado, marcado. Sus manos temblaban. Su respiración era un jadeo entrecortado.
Intentó levantarse, pero las piernas no le respondían.
—Ayuda… —susurró mientras sus lágrimas se desparramaban sobre su rostro.
Nadie la escuchó.
—Por favor… —intentó de nuevo.
Nadie se detuvo.
Porque en ese mundo, una mujer como ella no era una víctima. Era un problema. Un estorbo. Un riesgo.
Y nadie quería involucrarse.
Encontró su teléfono tirado cerca de una maceta. Tenía varias llamadas perdidas: dos de Alejandro, una de Miranda, una de Sofi.
Con manos temblorosas, llamó a Miranda.
—Mi… Miranda… —logró decir, entre sollozos.
—¿Dónde estás? —preguntó Miranda, con una voz que no admitía demoras.
—En… en el patio… del hotel…alguién me golpeo y me v…
—No te muevas —ordenó Miranda—. Nadie puede verte así. ¿Me escuchaste? Nadie.
Alina asintió, aunque Miranda no podía verla.
—Estoy sucia… —susurró—. No puedo… no puedo moverme…
—No te muevas —dijo Miranda—. Ya voy para allá.
Pasaron quince minutos que parecieron horas. Finalmente, la puerta del patio se abrió.
Miranda entró primero. Traje negro. Rostro serio. Ojos encendidos de furia.
Sofi venía detrás, con una campera grande en las manos.
—Alina… —susurró Sofi, corriendo hacia ella.
La cubrió con la campera. Miranda la tomó del brazo, con firmeza pero sin brusquedad.
—Vamos —dijo—. No mires atrás.
Entre las dos la levantaron. La caminaron rápido, pegadas a las paredes, evitando cámaras, evitando miradas. Como si estuvieran sacando a una delincuente. No a una víctima.
Alina sintió que el corazón se le rompía un poco más con cada paso.
En el auto, Sofi la abrazó. Alina lloró. Lloró hasta quedarse sin aire. Sin voz. Sin fuerza.
Miranda manejaba en silencio, con la mandíbula apretada.
Cuando llegaron al departamento, Sofi la ayudó a bañarse. Le limpió las heridas. Le cambió la ropa. Le preparó té. No llamaron a la policia. No hicieron ninguna denuncia.
Alina no habló. No podía.
Miranda entró más tarde. Se sentó frente a ella. La miró largo rato.
—En este mundo —dijo finalmente— nadie cuida a nadie. No lo olvides.
Alina bajó la mirada.
Y entendió que era verdad.
Esa madrugada no durmió. No habló. No pensó.
Solo lloró. En silencio. Hasta que amaneció.
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