El precio de los sueños - Capítulo 52
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Capítulo 52: Capítulo 52- La mentira perfecta
Alina llegó a la clínica con el cuerpo todavía adolorido y la mente envuelta en una niebla espesa. No había dormido. No había comido. No había hablado más de lo necesario. Pero necesitaba salir del departamento, respirar otro aire, ver otra cosa que no fuera el living donde había pasado la madrugada llorando.
Necesitaba sentir que todavía había algo en su vida que no estuviera contaminado por el miedo, por Alejandro, por Miranda, por Lisa.
Y, sobre todo, necesitaba ver a Alexia.
Su hermana.
El hospital olía a desinfectante y a café viejo. El pasillo estaba silencioso, apenas interrumpido por el sonido de un carrito de enfermería y el murmullo de una radio encendida en la recepción. Alina avanzó despacio, con pasos cortos, como si cada movimiento le recordara el dolor de la noche anterior.
Cuando llegó a la habitación de Alexia, una enfermera la detuvo con una sonrisa amable.
—Está mejor —le dijo—. Ya no necesita respirador. Está despierta, aunque un poco débil.
Alina sintió un alivio que casi le aflojó las piernas.
—¿Puedo verla?
—Sí, pero despacio. Se cansa rápido.
Alina entró.
Alexia estaba recostada, pálida pero consciente, con los ojos abiertos y una expresión que mezclaba confusión, miedo y algo más profundo: resentimiento.
Cuando la vio, sonrió débilmente.
—Alina…
La voz era apenas un susurro.
Alina se acercó a la cama y le tomó la mano con cuidado.
—Hola, Alexia. Te ves mejor.
Alexia negó con la cabeza.
—No… no estoy mejor. No todavía.
Alina frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
Alexia apretó su mano con una fuerza inesperada.
—Tenés que alejarte de él.
Alina sintió un escalofrío.
—¿De quién hablás?
Alexia respiró hondo, como si cada palabra le costara.
—Augusto…no es lo que parece Ali.
Alina abrió la boca para responder, pero no supo qué decir.
Alexia no sabía que su padre estaba internado, sabía de su tumor, por eso se animó a aparecer en la ciudad después de tantos años pero no sabía que era tan compleja su situación de salud. No sabía lo que estaba atravezando Alina para recuperar a Stella y pagar los tratamientos y la cirujia de su padre.
—No te entiendo Alexia —le dijo—. No te esfuerces. Papá esta intenado, en coma inducido desde hace unos días y Stella se esta quedando con Lisa para que yo pueda trabajar y cuidar de ustedes.
La última parte, le dolió decirla pero no podía decirle a Alexia lo que realmente estaba pasando. No en su estado. Alexia estaba muy ajena de todo pero además no sabía la verdad más cruel:
Augusto Costas no era su padre. Pero sí era el padre de Alina.
Alexia había vuelto a Buenos Aires hacía meses con un solo objetivo: destruir al hombre que la había destruido a ella. El hombre que la había abusado cuando era niña. El hombre que la había marcado para siempre. El hombre que ella creía que era su padre.
Pero no lo era.
Alexia la miró con los ojos llenos de lágrimas.
—No te quedes con él —susurró—. No te quedes con nadie que pueda lastimarte. No seas como yo.
Alina sintió un nudo en la garganta.
—Alexia… yo…
Pero antes de que pudiera decir algo más, la puerta se abrió.
Y entró Lisa.
Lisa llevaba un vestido beige ajustado, un tapado claro sobre los hombros y el cabello perfectamente peinado. Parecía una ejecutiva, una mujer de negocios, una hermana mayor responsable. Nada en ella delataba la oscuridad que Alina conocía.
—¡Alexia! —exclamó con una sonrisa radiante—. Qué alegría verte despierta.
Alexia sonrió. Sonrió de verdad. Con alivio. Con gratitud.
—Lisa… viniste.
—Obvio que vine —respondió Lisa, acercándose a la cama—. Estuve todos estos días con vos. No iba a dejarte sola.
Alina sintió un vuelco en el estómago.
Lisa se inclinó y le acomodó el cabello a Alexia con una ternura que parecía real. Demasiado real.
—Te dije que iba a cuidarte —continuó—. Y lo voy a seguir haciendo.
Alexia le tomó la mano.
—Gracias… gracias por todo. No sé qué habría hecho sin vos.
Alina sintió que el aire se le escapaba.
Lisa la miró por encima del hombro, con una sonrisa suave que escondía un filo invisible.
—Ah, Alina… —dijo—. Qué bueno que viniste también.
Alina intentó sonreír.
—Quería verla.
—Claro —respondió Lisa, con una dulzura falsa—. Sos tan buena hermana.
Alexia miró a ambas, confundida.
—¿Ustedes… se conocen?
Lisa respondió antes de que Alina pudiera abrir la boca.
—Sí. Somos… familia.
Alina sintió un golpe en el pecho.
—Lisa me contó todo —dijo Alexia, emocionada—. Que somos medias hermanas. Que Stella es su sobrina. Que… que no estoy sola.
Alina tragó saliva. No sabía cómo decirle la verdad. No sabía cómo romperle el corazón a una chica que acababa de despertar de un coma. No sabía cómo explicarle que Lisa no era familia. Que Lisa no era buena. Que Lisa no cuidaba a nadie que no pudiera usar.
Lisa se sentó al borde de la cama.
—Y cuando estés mejor —dijo, acariciándole la mano— voy a traer a Stella para que la veas. Te lo prometo.
Alexia se llevó las manos a la boca, llorando.
—¿De verdad? ¿La voy a ver?
—Claro que sí —respondió Lisa, con una sonrisa perfecta—. Yo me encargo de todo.
Alina sintió que el estómago se le cerraba.
Lisa la miró. Una mirada rápida, afilada, que decía sin palabras:
Decí algo y te destruyo.
Alexia seguía llorando.
—Gracias, Lisa… gracias por cuidar tan bien de mi hija… gracias por no dejarla sola…
Alina sintió que el mundo se le desmoronaba.
Lisa no solo había ocupado su lugar. No solo había manipulado a Alexia. No solo había mentido.
Había logrado lo que nadie más podía: Que Alexia confiara en ella ciegamente.
Y Alina… Alina no podía decir la verdad. No podía romperle el corazón. No podía quitarle la única ilusión que tenía.
Lisa se levantó.
—Voy a buscar un café —dijo—. ¿Querés algo, Alina?
—No —respondió ella, con la voz apagada.
Lisa salió de la habitación, dejando un perfume dulce en el aire.
Alexia la miró.
—Es buena, ¿sabés? —dijo, con una sonrisa débil—. Me cuidó. Me habló. Me dijo que no estaba sola. Que Stella estaba bien. Que vos también.
Alina sintió que las lágrimas le ardían en los ojos.
—Alexia… —susurró—.
Alexia la tomó de la mano.
—No importa. Confío en ustedes. Las dos son mi familia.
Alina bajó la mirada.
Y por primera vez desde que la conocía, sintió que no podía salvarla. Que no podía protegerla. Que no podía decirle la verdad.
Porque la verdad… la verdad la rompería.
Y Lisa ya había ganado.
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