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El precio de los sueños - Capítulo 53

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Capítulo 53: Capítulo 53- La promesa

El teléfono vibró en el bolsillo de Alina justo cuando Lisa salía de la habitación. Ella lo miró con un presentimiento oscuro.

Alejandro.

La pantalla mostraba un mensaje breve, seco, como siempre:

“A las 18. Te espero.”

No había saludo. No había pregunta. No había opción.

Solo una orden.

Alina sintió un escalofrío. Miró a Alexia, que respiraba con dificultad, pero consciente. Miró la puerta por donde Lisa había salido. Miró sus propias manos, todavía temblorosas.

No quería ir. No podía ir. Pero sabía que lo haría.

Porque Alejandro no aceptaba negativas. Porque Miranda no podía protegerla de él. Porque ella no tenía a dónde más ir.

Guardó el teléfono sin responder.

—Tengo que irme —dijo, con la voz apagada.

Alexia la miró con una mezcla de tristeza y algo más profundo, más antiguo: resentimiento.

—¿Otra vez? —preguntó, débil.

Alina tragó saliva.

—Sí. Pero voy a volver. Te lo prometo.

Alexia no respondió. Solo la miró con esos ojos que siempre parecían juzgarla, incluso cuando no hablaba. Eran hermanas. Criadas juntas. Compartieron la misma casa, la misma mesa, la misma infancia.

Pero también compartían una herida que nunca había cerrado.

La noche en que Alexia, con diecisiete años, la golpeó hasta dejarla inconsciente. La noche en que huyó con su novio. La noche en que dejó atrás a su hermana menor sin explicación.

Alina nunca entendió por qué. Alexia nunca lo explicó. Y entre ellas quedó un silencio que ninguna sabía cómo romper.

Antes de que Alina pudiera decir algo más, la puerta se abrió. Entró el médico de guardia, un hombre de unos cincuenta años, con expresión seria.

—¿Son familiares? —preguntó.

Alina asintió. Lisa no estaba, así que ella era la única allí.

El médico revisó la carpeta, respiró hondo y habló con voz profesional, pero cargada de gravedad.

—Necesito que escuchen esto con calma. La paciente está estable por ahora, pero… —hizo una pausa— su hígado está muy comprometido. El daño por el disparo fue severo. Necesita un trasplante.

Alina sintió que el mundo se detenía.

—¿Un… trasplante? —repitió, como si la palabra no tuviera sentido.

—Sí. Lo antes posible. Ya iniciamos los trámites para ingresarla en la lista de emergencia, pero… —miró a Alina con una expresión que ella no supo interpretar— sería ideal contar con un donante vivo compatible.

Alexia cerró los ojos, como si la noticia la golpeara físicamente.

Alina dio un paso adelante.

—Yo —dijo, sin pensarlo—. Yo puedo ser donante.

El médico la miró con sorpresa.

—Primero hay que hacer estudios. Ver compatibilidad. Evaluar riesgos. Pero si usted está dispuesta…

—Estoy dispuesta —repitió Alina, firme.

Alexia abrió los ojos, confundida.

—¿Vos? —susurró—. ¿Por qué harías eso?

Alina sintió un nudo en la garganta.

—Porque sos mi hermana.

Alexia la miró largo rato. Había algo en su expresión que Alina no supo descifrar. Dolor. Culpa. Odio. Todo mezclado.

El médico asintió.

—Bien. Voy a dejar los formularios. Podemos empezar hoy mismo con los análisis preliminares.

Alina asintió.

Pero su teléfono volvió a vibrar.

Alejandro.

Un segundo mensaje:

“No llegues tarde.”

El médico salió. Alexia la miró.

—Andate —dijo, con un hilo de voz—. Hacé lo que tengas que hacer.

Alina sintió que algo dentro de ella se rompía.

—Voy a volver —prometió—. No estás sola.

Alexia no respondió.

En el pasillo, Alina se detuvo un segundo para respirar. El aire del hospital era frío, pero más limpio que el del departamento. Más real.

Miró el reloj. Faltaban dos horas para las seis.

Tenía que irse.

Pero antes de que pudiera avanzar, escuchó la voz de Lisa detrás de ella.

—¿Ya te vas?

Alina se dio vuelta. Lisa sostenía dos cafés y sonreía como si todo fuera perfecto.

—Sí —respondió Alina—. Tengo… cosas que hacer.

Lisa asintió, como si supiera exactamente qué cosas.

—Yo me quedo con Alexia. No te preocupes.

Alina sintió un escalofrío.

—Lisa… —intentó decir—. Tené cuidado con lo que le decís. Está frágil.

Lisa sonrió.

—Ay, Alina… —dijo, con una dulzura venenosa—. Yo sé exactamente qué decirle.

Y entró a la habitación.

Adentro, Alexia estaba más despierta. Lisa se sentó a su lado y sacó el celular.

—Mirá lo que tengo para vos —dijo, abriendo la galería.

Alexia frunció el ceño.

—¿Qué es?

Lisa le mostró un video.

Stella. Jugando en una plaza. Riendo. Con el cabello suelto. Con la cara casi sin cicatrices. Con las manos vendadas, pero moviéndose con soltura.

Alexia se llevó una mano a la boca.

—Mi bebé… —susurró—. Está tan grande…

Lisa sonrió.

—La cuido como si fuera mía. Te lo prometí, ¿no?

Alexia lloró. Lloró como no había llorado desde que despertó.

—Gracias… gracias por cuidarla… gracias por no dejarla sola…

Lisa la observó con una expresión que mezclaba ternura y cálculo.

—Alexia… —dijo, con voz suave—. ¿Qué le pasó realmente a Stella?

Alexia se tensó. La sonrisa se borró. El cuerpo entero se le endureció.

—No quiero hablar de eso.

—Pero necesito saber —insistió Lisa, con una dulzura peligrosa—. Para cuidarla mejor.

Alexia negó con la cabeza.

—No… no puedo…

Lisa entrecerró los ojos.

—¿Quién fue? —susurró—. ¿puedo ayudarte?

Alexia empezó a respirar rápido. Demasiado rápido.

—No… no sé… no quiero… no puedo…

Lisa se acercó más.

—Alexia, si él te lastimó… si lastimó a Stella… tenés que decírmelo.

Alexia abrió la boca para responder, pero no salió sonido. Solo un jadeo. Luego otro.

Y de pronto, su cuerpo se arqueó. Los ojos se le pusieron en blanco. Las manos se cerraron en puños.

Convulsión.

Lisa retrocedió un paso, sorprendida.

—¡Ayuda! —gritó— ¡Ayuda, por favor!

Los médicos entraron corriendo. Una enfermera empujó a Lisa hacia atrás. Otra conectó cables. Otra ajustó la vía.

—¡Necesito diazepam! —ordenó el médico.

Lisa miraba todo con los ojos muy abiertos. No de miedo. De cálculo.

Porque en ese caos, en ese dolor, en esa fragilidad…

Ella seguía ganando.

Alina llegó al hotel a las seis en punto. No había margen para llegar tarde. No con Alejandro.

El lobby estaba silencioso, iluminado por lámparas cálidas que hacían brillar el mármol del piso. El perfume del lugar —una mezcla de madera, vainilla y algo más caro— le revolvió el estómago. Cada paso hacia el ascensor le pesaba como si caminara hacia una sentencia.

Cuando la puerta del ascensor se abrió, él ya la esperaba arriba.

Traje oscuro. Camisa sin corbata. Mirada afilada. Postura de dueño.

—Llegaste —dijo, sin sonrisa.

Alina asintió.

Alejandro la tomó del mentón, obligándola a levantar la mirada.

—Bien. Aprendés rápido.

Ella no respondió. No podía.

Él la soltó y caminó hacia el living de la habitación. Alina lo siguió, sintiendo el cuerpo pesado, la mente nublada, el corazón acelerado.

Alejandro estaba distinto. Más tenso. Más agresivo en su forma de moverse. Más posesivo en su forma de mirarla.

—Te estuve esperando —dijo, sirviéndose un whisky—. No me gusta esperar.

Alina tragó saliva.

—Perdón.

Él la miró como si esa palabra fuera un regalo.

—Eso está mejor.

Se acercó. Demasiado cerca. Su presencia la envolvió como una sombra.

—¿Dónde estuviste? —preguntó, con voz baja.

Alina sintió un nudo en la garganta.

—En la clínica. Con mi hermana.

Alejandro ladeó la cabeza.

—¿La que atacaron en la clínica? —preguntó, como si hablara de una desconocida.

Alina asintió.

Él sonrió, pero no era una sonrisa amable.

—No me gusta que desaparezcas sin avisar. La otra noche. Desapareciste. Me dejaste solo frente a todos.

Ella bajó la mirada.

—No lo hice a propósito.

Alejandro le tomó la barbilla otra vez.

—No importa. Estás acá ahora.

La soltó y caminó hacia la ventana, desde donde se veía la ciudad iluminada.

—¿Sabés qué estuve pensando? —dijo, sin darse vuelta—. Que estas vacaciones de invierno te voy a llevar a Europa.

Alina sintió un escalofrío.

—¿Europa?

—Sí. A mi casa en Barcelona. A mi departamento en Madrid. A donde yo quiera. —Hizo una pausa—. Vas a estar conmigo. Solo conmigo.

Ella sintió que el aire se le escapaba.

—Alejandro… yo…

Él se dio vuelta.

—¿Tenés algún problema?

Alina negó con la cabeza. No podía decir que sí. No podía decir nada.

Alejandro se acercó de nuevo. La tomó de la cintura. La apretó contra él.

—Allá vas a hacer lo que yo te diga. —Su voz era un susurro oscuro—. Y si mis amigos quieren conocerte… también vas a ser amable con ellos.

Alina sintió que el corazón se le detenía.

No dijo “sexo”. No dijo “compartirte”. Pero la amenaza estaba ahí. Clara. Fría. Innegable.

El pánico le subió por la garganta como un grito que no podía salir.

Alejandro la miró, satisfecho con su reacción.

—No te asustes —dijo, acariciándole la mejilla—. Si te portás bien, no va a pasarte nada.

Alina sintió que las piernas le temblaban.

Y entonces lo recordó.

El frasco que Sofi le había dado. Las pastillas. La promesa de “desconectarse”.

Su bolso estaba sobre la mesa. Alejandro no lo había revisado.

Ella lo abrió con manos temblorosas. Sacó una pastilla. La tragó sin agua.

Alejandro la observó.

—¿Qué tomaste?

—Un analgésico —mintió.

Él sonrió.

—Bien. No quiero que te duela nada.

La pastilla empezó a hacer efecto rápido. No era alivio. Era distancia. Era como si su cuerpo siguiera ahí, pero su mente se alejara unos pasos. Como si el miedo se volviera un eco. Como si ella dejara de ser ella.

Alejandro lo notó. Y lo interpretó como obediencia.

—Así me gusta —dijo, satisfecho—. Tranquila. Suave. Manejable.

Alina sintió que se hundía en un pozo oscuro. No podía reaccionar. No podía pensar. No podía escapar.

Ya no era una persona. Era una sombra. Una extensión de la voluntad de él.

Y Alejandro lo sabía.

—Te voy a cuidar —dijo, acariciándole el cabello—. A mi manera.

Ella cerró los ojos. No porque quisiera. Sino porque no podía hacer otra cosa.

Mientras tanto, en la facultad, Federico estaba frente al pizarrón, explicando un caso clínico. Los alumnos tomaban notas. El aula estaba llena.

Pero él no podía concentrarse.

Miró la lista de asistencia. El nombre estaba ahí.

Alina Costas Fredes.

Pero su asiento estaba vacío.

Otra vez.

Federico sintió un nudo en el pecho. No sabía por qué le importaba tanto. No sabía por qué pensaba en ella más de lo que debía. No sabía por qué su ausencia lo inquietaba.

Después de la clase, guardó sus cosas y salió al pasillo. Sacó el teléfono. Abrió el chat de Alina.

Ningún mensaje nuevo. Ninguna respuesta.

Suspiró. Estaba cansado de hablarle al vacío.

—¿Preguntaste por Alina antes de comenzar la clase? —preguntó una voz detrás de él.

Federico se dio vuelta.

Juani. El mejor amigo de Alina. O lo había sido.

—Sí —admitió Federico—. No vino a clase. Y… no responde.

Juani bajó la mirada.

—Sé conocen mejor de lo que pensé, Ali no le da el teléfono a nadie. Y ahora…no responde a nadie.

Federico frunció el ceño.

—¿Qué pasó?

Juani respiró hondo.

—Desde que internaron a su papá aquella madrugada… —hizo una pausa— Alina ya no es Alina. No contesta. No aparece. No habla. No… no está. Sé que le paso algo grave esa madrugada, mi madre me dijo que fue ingresada de urgencia a la clínica, pero nadie me dio información cuando solicite verla. Y desde entonces, ella me evita.

Federico sintió un golpe en el pecho.

—¿Está bien?

Juani negó con la cabeza.

—No. Algo le pasa. Algo grave. Pero no sé qué es. No me contesta los mensajes y cuando lo hace, son horas raras para ella, 3 o 4 de la mañana. No esta estudiando, reprobó los últimos tres parciales.

Federico sintió un escalofrío.

Algo no cerraba. Algo estaba mal. Muy mal. El sabía que Alina era una chica de Miranda desde hace algunas semanas, pero sentía que la personalidad de ella no encajaba con ese oficio, algo estaba realmente mal.

Y él no sabía cómo ayudarla.

Esa noche, Alina se encerró en el baño del hotel. Se miró al espejo.

No se reconoció.

Los ojos apagados. La piel pálida. La expresión vacía.

Era una sombra. Una versión rota de sí misma.

Y entendió algo que la heló por dentro:

No tenía escapatoria. No tenía refugio. No tenía voz.

Y nadie iba a salvarla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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