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El precio de los sueños - Capítulo 54

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Capítulo 54: Capítulo 54- La desconexión.

Alina llegó al hotel a las seis en punto. No había margen para llegar tarde. No con Alejandro.

El lobby estaba silencioso, iluminado por lámparas cálidas que hacían brillar el mármol del piso. El perfume del lugar —una mezcla de madera, vainilla y algo más caro— le revolvió el estómago. Cada paso hacia el ascensor le pesaba como si caminara hacia una sentencia.

Cuando la puerta del ascensor se abrió, él ya la esperaba arriba.

Traje oscuro. Camisa sin corbata. Mirada afilada. Postura de dueño.

—Llegaste —dijo, sin sonrisa.

Alina asintió.

Alejandro la tomó del mentón, obligándola a levantar la mirada.

—Bien. Aprendés rápido.

Ella no respondió. No podía.

Él la soltó y caminó hacia el living de la habitación. Alina lo siguió, sintiendo el cuerpo pesado, la mente nublada, el corazón acelerado.

Alejandro estaba distinto. Más tenso. Más agresivo en su forma de moverse. Más posesivo en su forma de mirarla.

—Te estuve esperando —dijo, sirviéndose un whisky—. No me gusta esperar.

Alina tragó saliva.

—Perdón.

Él la miró como si esa palabra fuera un regalo.

—Eso está mejor.

Se acercó. Demasiado cerca. Su presencia la envolvió como una sombra.

—¿Dónde estuviste? —preguntó, con voz baja.

Alina sintió un nudo en la garganta.

—En la clínica. Con mi hermana.

Alejandro ladeó la cabeza.

—¿La que atacaron en la clínica? —preguntó, como si hablara de una desconocida.

Alina asintió.

Él sonrió, pero no era una sonrisa amable.

—No me gusta que desaparezcas sin avisar. La otra noche. Desapareciste. Me dejaste solo frente a todos.

Ella bajó la mirada.

—No lo hice a propósito.

Alejandro le tomó la barbilla otra vez.

—No importa. Estás acá ahora.

La soltó y caminó hacia la ventana, desde donde se veía la ciudad iluminada.

—¿Sabés qué estuve pensando? —dijo, sin darse vuelta—. Que estas vacaciones de invierno te voy a llevar a Europa.

Alina sintió un escalofrío.

—¿Europa?

—Sí. A mi casa en Barcelona. A mi departamento en Madrid. A donde yo quiera. —Hizo una pausa—. Vas a estar conmigo. Solo conmigo.

Ella sintió que el aire se le escapaba.

—Alejandro… yo…

Él se dio vuelta.

—¿Tenés algún problema?

Alina negó con la cabeza. No podía decir que sí. No podía decir nada.

Alejandro se acercó de nuevo. La tomó de la cintura. La apretó contra él.

—Allá vas a hacer lo que yo te diga. —Su voz era un susurro oscuro—. Y si mis amigos quieren conocerte… también vas a ser amable con ellos.

Alina sintió que el corazón se le detenía.

No dijo “sexo”. No dijo “compartirte”. Pero la amenaza estaba ahí. Clara. Fría. Innegable.

El pánico le subió por la garganta como un grito que no podía salir.

Alejandro la miró, satisfecho con su reacción.

—No te asustes —dijo, acariciándole la mejilla—. Si te portás bien, no va a pasarte nada.

Alina sintió que las piernas le temblaban.

Y entonces lo recordó.

El frasco que Sofi le había dado. Las pastillas. La promesa de “desconectarse”.

Su bolso estaba sobre la mesa. Alejandro no lo había revisado.

Ella lo abrió con manos temblorosas. Sacó una pastilla. La tragó sin agua.

Alejandro la observó.

—¿Qué tomaste?

—Un analgésico —mintió.

Él sonrió.

—Bien. No quiero que te duela nada.

La pastilla empezó a hacer efecto rápido. No era alivio. Era distancia. Era como si su cuerpo siguiera ahí, pero su mente se alejara unos pasos. Como si el miedo se volviera un eco. Como si ella dejara de ser ella.

Alejandro lo notó. Y lo interpretó como obediencia.

—Así me gusta —dijo, satisfecho—. Tranquila. Suave. Manejable.

Alina sintió que se hundía en un pozo oscuro. No podía reaccionar. No podía pensar. No podía escapar.

Ya no era una persona. Era una sombra. Una extensión de la voluntad de él.

Y Alejandro lo sabía.

—Te voy a cuidar —dijo, acariciándole el cabello—. A mi manera.

Ella cerró los ojos. No porque quisiera. Sino porque no podía hacer otra cosa.

Mientras tanto, en la facultad, Federico estaba frente al pizarrón, explicando un caso clínico. Los alumnos tomaban notas. El aula estaba llena.

Pero él no podía concentrarse.

Miró la lista de asistencia. El nombre estaba ahí.

Alina Costas Fredes.

Pero su asiento estaba vacío.

Otra vez.

Federico sintió un nudo en el pecho. No sabía por qué le importaba tanto. No sabía por qué pensaba en ella más de lo que debía. No sabía por qué su ausencia lo inquietaba.

Después de la clase, guardó sus cosas y salió al pasillo. Sacó el teléfono. Abrió el chat de Alina.

Ningún mensaje nuevo. Ninguna respuesta.

Suspiró. Estaba cansado de hablarle al vacío.

—¿Preguntaste por Alina antes de comenzar la clase? —preguntó una voz detrás de él.

Federico se dio vuelta.

Juani. El mejor amigo de Alina. O lo había sido.

—Sí —admitió Federico—. No vino a clase. Y… no responde.

Juani bajó la mirada.

—Sé conocen mejor de lo que pensé, Ali no le da el teléfono a nadie. Y ahora…no responde a nadie.

Federico frunció el ceño.

—¿Qué pasó?

Juani respiró hondo.

—Desde que internaron a su papá aquella madrugada… —hizo una pausa— Alina ya no es Alina. No contesta. No aparece. No habla. No… no está. Sé que le paso algo grave esa madrugada, mi madre me dijo que fue ingresada de urgencia a la clínica, pero nadie me dio información cuando solicite verla. Y desde entonces, ella me evita.

Federico sintió un golpe en el pecho.

—¿Está bien?

Juani negó con la cabeza.

—No. Algo le pasa. Algo grave. Pero no sé qué es. No me contesta los mensajes y cuando lo hace, son horas raras para ella, 3 o 4 de la mañana. No esta estudiando, reprobó los últimos tres parciales.

Federico sintió un escalofrío.

Algo no cerraba. Algo estaba mal. Muy mal. El sabía que Alina era una chica de Miranda desde hace algunas semanas, pero sentía que la personalidad de ella no encajaba con ese oficio, algo estaba realmente mal.

Y él no sabía cómo ayudarla.

Esa noche, Alina se encerró en el baño del hotel. Se miró al espejo.

No se reconoció.

Los ojos apagados. La piel pálida. La expresión vacía.

Era una sombra. Una versión rota de sí misma.

Y entendió algo que la heló por dentro:

No tenía escapatoria. No tenía refugio. No tenía voz.

Y nadie iba a salvarla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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