El precio de los sueños - Capítulo 55
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Capítulo 55: Capítulo 55-
Alina despertó con la sensación de que el mundo había cambiado mientras dormía. No era un pensamiento racional, sino un presentimiento visceral, una punzada en el pecho que la obligó a abrir los ojos de golpe. La habitación estaba sumida en una penumbra gris, apenas iluminada por la luz que se filtraba entre las cortinas. El aire tenía un olor tibio, mezcla de piel, sudor seco y algo más profundo, más íntimo.
Alejandro dormía a su lado.
O al menos, parecía dormir.
Estaba boca arriba, el torso descubierto, respirando con una calma que a ella le resultaba casi irritante. Su presencia llenaba la habitación de una forma que no tenía explicación lógica: era como si él desplazara el aire, como si la gravedad se acomodara alrededor de su cuerpo. Incluso dormido, imponía algo. Una tensión. Una promesa. Un peligro.
Alina lo observó en silencio, sintiendo cómo se le apretaba la garganta. Había algo en él que la desarmaba y la reconstruía al mismo tiempo. Algo que la atraía con una fuerza que no sabía si era deseo, dependencia o una forma más oscura de necesidad.
Quiso apartar la mirada, pero no pudo.
Alejandro tenía esa capacidad: capturarla incluso sin estar consciente.
Ella se incorporó un poco, apoyándose en un codo. El movimiento hizo que la sábana se deslizara por su cuerpo, y el roce del aire frío sobre su piel la estremeció. No sabía si el temblor era físico o emocional.
La noche anterior había sido… intensa. En el sentido más explícito psible, pero no era por lo que se decía. En lo que se insinuaba. En lo que él provocabacuando la invadia, dejándola al borde de algo que no sabía si quería o temía. Alejandro tenía esa forma de acercarse: lenta, calculada, como si estudiara cada reacción de ella, cada respiración, cada duda.
Y ella había respondido.
No sabía cómo sentirse al respecto.
Mientras lo miraba, Alejandro abrió los ojos. No de golpe, sino con esa lentitud que tenía cuando quería que ella sintiera que él ya sabía que lo estaba observando.
—Estás despierta —murmuró, con una voz grave que parecía salirle desde algún lugar profundo.
Alina no respondió. No confiaba en su voz.
Él giró apenas la cabeza hacia ella. Sus ojos, oscuros y tranquilos, la recorrieron sin apuro. No había juicio en su mirada. Tampoco ternura. Era otra cosa. Algo que la hacía sentir expuesta y, al mismo tiempo, inexplicablemente segura.
—Tuviste un mal sueño —dijo, como si lo supiera.
Alina tragó saliva.
—No lo recuerdo —mintió.
Alejandro sonrió apenas, una curva mínima en la comisura de los labios.
—No hace falta que lo recuerdes. Igual te persigue.
Ella sintió un escalofrío. No sabía si por sus palabras o por la forma en que las dijo.
Él extendió una mano y le rozó el brazo con los dedos. Un contacto leve, casi inexistente, pero suficiente para que su cuerpo reaccionara como si la hubieran tocado con fuego. Alejandro no necesitaba más que eso. Un gesto mínimo. Una mirada. Una palabra.
—No tenés que tener miedo —susurró.
Pero Alina sí tenía miedo.
De él.
De sí misma.
De lo que despertaba cuando estaban juntos.
Antes de que pudiera responder, Alejandro se incorporó, apoyando una mano en la cama para acercarse a ella. No la tocó. No hacía falta. Su proximidad era suficiente para que el aire se volviera más denso.
—Hoy va a ser un día distinto —dijo, como si lo anunciara, no como si lo supusiera.
Ella quiso preguntarle qué significaba eso, pero él ya se había levantado, caminando hacia la cocina con esa seguridad silenciosa que lo caracterizaba. Alina se quedó sentada en la cama, sintiendo que algo dentro de ella vibraba, como si una parte dormida hubiera empezado a abrir los ojos.
A kilómetros de distancia, en un departamento amplio y perfectamente ordenado, Lisa se miraba en el espejo del baño. Tenía el cabello todavía húmedo por la ducha y la piel enrojecida por el agua caliente. Sus manos temblaban un poco, aunque no quería admitirlo.
Stella no estaba. Había salido con la niñera a comprar ropa para el colegio. La casa estaba en silencio. Un silencio que, en lugar de tranquilizarla, la ponía en alerta.
Porque él estaba ahí.
Lo había sentido antes de escucharlo. Una presencia que llenaba el espacio, que se imponía sin necesidad de palabras. Ese tipo de presencia que no se aprende: se nace con ella.
Lisa salió del baño con una toalla envuelta en el cuerpo. El departamento estaba iluminado por la luz suave de la tarde, que entraba por los ventanales y se reflejaba en los muebles de madera oscura. El aire tenía un aroma tenue a perfume masculino, uno caro, discreto, imposible de confundir.
Él estaba sentado en el sillón, con las piernas cruzadas y el saco apoyado en el respaldo. No la miraba. Observaba la ciudad a través del ventanal, como si todo lo que estuviera allá abajo le perteneciera.
Lisa sintió un nudo en el estómago.
Ese hombre tenía una forma particular de ocupar el espacio. No era solo poder. Era algo más… algo que rozaba lo peligroso. Lo prohibido. Lo que no debía desearse, pero se deseaba igual.
—Volviste —dijo ella, con una voz que intentó mantener firme.
Él no respondió enseguida. Se tomó su tiempo. Siempre se tomaba su tiempo.
Cuando finalmente giró la cabeza hacia ella, su mirada la atravesó. No había suavidad en esos ojos. Había decisión. Había control. Había algo que la hacía sentir pequeña y, al mismo tiempo, inexplicablemente viva.
—No te escuché entrar —agregó Lisa, aunque sabía que él lo había hecho a propósito.
Él sonrió apenas. Una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—No necesitabas escucharme —dijo, con una voz baja, perfectamente modulada.
Lisa sintió que la piel se le erizaba.
Ese hombre… Ese hombre tenía una forma de hablar que la desarmaba. Una forma de mirarla que la hacía sentir observada, medida, elegida. Y aunque no quería admitirlo, había algo en ella que respondía a eso. Algo que se entregaba sin que él lo pidiera.
Él se puso de pie con un movimiento lento, elegante. Tenía un porte impecable, casi aristocrático. El tipo de presencia que solo tienen los hombres acostumbrados a mandar. A ser obedecidos. A no pedir permiso.
Se acercó a ella.
Lisa no retrocedió.
No podía.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, él levantó una mano y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. Un gesto simple. Pero en sus dedos había una autoridad silenciosa, una certeza que la atravesó como un rayo.
—Te dije que iba a volver —murmuró.
Lisa sintió que el corazón le golpeaba en el pecho.
No era una promesa.
Era una advertencia.
Y también una marca.
Él la miró como si ya fuera suya. Como si no necesitara confirmación. Todo lo que pasaba entre ellos por las noches—eso que ella no quería nombrar, pero que todavía sentía en la piel— solo era posible entre personas así, rotas, con pedazos de cosas que intentan simular un alma y con un falso sentido de la ética.
Habia algo que ella no sabía si quería romper. Siempre cuido esa relación, desde un principio. Solo ellos se entendían y en el fondo de su alma, Lisa tenía una ilusión, quizás la única esperanza en su vida: que el la eligiera para caminar juntos al altar.
El departamento de Recoleta estaba envuelto en una penumbra dorada cuando él se fue. La puerta se cerró con un clic suave, casi elegante, pero el eco quedó suspendido en el aire como un latido contenido. Lisa permaneció inmóvil unos segundos, respirando el aroma denso que había quedado impregnado en las paredes: perfume masculino caro, madera encerada, y el rastro tibio de dos cuerpos que habían estado demasiado cerca.
La habitación parecía distinta después de él. Más pequeña. Más cargada. Más peligrosa.
Las sábanas revueltas sobre la cama eran un mapa de lo que había ocurrido minutos antes: la tensión, la entrega voluntaria, la forma en que él la reclamaba sin pedir permiso. Lisa se llevó una mano al pecho, intentando regular la respiración. Su piel todavía ardía, no solo por el contacto, sino por lo que él había dicho antes de irse.
“Tu amiguito se pasó de la raya.”
Ella sabía exactamente a quién se refería. Y sabía también que, si él estaba molesto, no era por moralidad. Era por desorden. Por ruido. Por alguien que había actuado sin medir consecuencias.
Lisa caminó hacia el ventanal, envuelta apenas en la toalla, y apoyó la frente contra el vidrio frío. Desde el piso alto, la ciudad parecía un organismo vivo: autos que se movían como glóbulos, luces que parpadeaban como impulsos eléctricos, gente que caminaba sin saber que había fuerzas mucho más grandes decidiendo su destino.
Un temblor involuntario le recorrió las manos.
No sabía si era miedo. O excitación. O ambas cosas.
Porque ese hombre tenía una forma de mirarla que la hacía sentir elegida y condenada al mismo tiempo. Y ella volvía a abrirle la puerta. Siempre.
Mientras Federico estaba sentado en su escritorio, rodeado de libros, informes y una taza de café frío que no había tocado. La luz del velador proyectaba sombras largas sobre las paredes, creando un ambiente que parecía más una sala de interrogatorio que un departamento.
Tenía el celular en la mano. Y el ceño fruncido.
Marcó un número que conocía demasiado bien.
—¿Averiguaste algo? —preguntó apenas escuchó que atendían.
La voz del otro lado era grave, firme, con ese tono de hombre acostumbrado a moverse en pasillos donde la verdad nunca se dice completa.
Federico escuchó en silencio, apretando la mandíbula.
—Ya sé que no hay denuncia —dijo, con un filo en la voz que no intentó ocultar—. Ella se negó a hacer la denuncia, pedi que obraran de oficio pero la clínica tiene sus protocolos.
Hubo un silencio. Un silencio que decía demasiado.
Federico se inclinó hacia adelante, apoyando el codo en el escritorio.
—No… le digas nada todavía —dijo finalmente—. Solo quiero saber quién fue.
Era mentira. Quería mucho más que eso. Pero no lo iba a admitir.
—Sí —agregó, con un suspiro tenso—. Manteneme al tanto.
Cortó la llamada y dejó el celular sobre la mesa con un golpe seco. Se quedó mirando la pantalla apagada, como si esperara que le devolviera una respuesta que no tenía.
Alina.
Cada vez que pensaba en ella, algo se le apretaba en el pecho. Algo que no quería sentir. Algo que no podía evitar.
Se pasó una mano por el rostro, agotado.
—¿Qué te hicieron…? —murmuró, sin esperar respuesta.
El departamento de Alejandro estaba envuelto en una luz cálida que entraba por los ventanales, tiñendo todo de un naranja profundo. El aire tenía un aroma a café recién hecho y a algo más… algo que Alina no podía nombrar, pero que la envolvía como una manta invisible.
Ella estaba apoyada contra la mesada de la cocina, observándolo. Alejandro se movía con una calma elegante, casi felina. Cada gesto parecía medido, pensado, como si su cuerpo hablara un idioma que solo él conocía.
—¿Estás bien? —preguntó sin girarse.
Alina tardó un segundo en responder.
—Sí —mintió.
Alejandro dejó la taza sobre la mesada y se acercó. No la tocó. No hacía falta. Su presencia era suficiente para que el aire se volviera más denso.
—No me gusta cuando mentís —dijo, con una voz baja que la recorrió como un escalofrío.
Ella bajó la mirada.
—No quiero hablar de eso —susurró.
Alejandro dio un paso más, quedando a centímetros de ella.
—Pero yo sí —respondió.
Alina sintió que el corazón le golpeaba en el pecho. No por miedo. Por algo más complejo. Más profundo.
—No quiero que te metas —dijo, aunque su voz tembló.
Alejandro levantó una mano y le rozó la mejilla con los dedos. Un contacto leve, casi inexistente, pero suficiente para que su respiración se cortara.
—Ya estoy metido . Supe que te atacaron. Voy a mover algunos contactos para asegurarme que ese tipo pague —dijo él, con una certeza que la desarmó.
Ella cerró los ojos.
Alejandro apoyó su frente contra la de ella. Un gesto íntimo. Profundo. Casi tierno.
—A mí no me gusta que toquen lo mio —dijo—. Eso no lo voy a permitir.
Alina abrió los ojos, sorprendida por la crudeza.
—¿Por qué? —preguntó, sin poder evitarlo.
Alejandro la sostuvo del mentón y la obligó a mirarlo.
—Porque te quiero viva —dijo.
No era una declaración de amor. No era una confesión. Era otra cosa. Algo más oscuro. Más posesivo. Más real.
Alina sintió que el mundo se inclinaba un poco bajo sus pies.
Alejandro deslizó una mano por su espalda, lenta, firme, como si la reclamara sin decirlo.
—Y porque —agregó, con una voz que la atravesó— mientras yo este en Argentina sos mia. Solo mia.
Ella apoyó la frente en su hombro, sin saber si quería llorar, gritar o aferrarse a él.
Alejandro la sostuvo con ambas manos, fuerte, seguro, como si fuera lo único en el mundo que no estaba dispuesto a perder.
Y en ese abrazo —intenso, ambiguo, necesario— los dos entendieron algo que ninguno se animaba a decir:
Lo que los unía ya no era casualidad. Ni deseo. Ni miedo.
Era destino. O condena.
O ambas cosas.
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