El precio de los sueños - Capítulo 56
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Capítulo 56: Capítulo 56- Incómoda
Alina pasó todo el jueves con una sensación de desajuste interno, como si su cuerpo y su mente ya no caminaran al mismo ritmo. Se movía por la casa de Miranda como una sombra, sin poder concentrarse en nada. Cada tanto, un pensamiento la atravesaba como un rayo: ¿Qué estoy haciendo? ¿En qué me estoy convirtiendo?
Pero no tenía respuestas. Solo tenía la certeza de que, cuando llegara el mensaje, iba a ir.
Y llegó.
“Hoy. Piso 32.”
Dos palabras. Un destino.
El auto la dejó frente al hotel, un edificio de vidrio que reflejaba el cielo gris como si fuera un espejo gigante. El lobby estaba perfumado con flores blancas y madera pulida. La gente caminaba con pasos seguros, como si todos supieran exactamente quiénes eran.
Ella no.
El ascensor subió en silencio, y cada número que se iluminaba era un recordatorio de que estaba subiendo hacia algo que la consumía un poco más cada semana.
Cuando golpeó la puerta, Alejandro abrió sin preguntar.
Él siempre sabía.
La habitación era amplia, elegante, perfectamente ordenada. Pero había algo frío en ese lujo, algo que la hacía sentir fuera de lugar. Las paredes beige, la cama enorme, las cortinas gruesas… todo parecía diseñado para ocultar, no para mostrar.
La rutina comenzó sin palabras. Sin caricias suaves. Sin ternura.
Solo intensidad. Cercanía. Una necesidad que la dejaba temblando, confundida, perdida.
Cuando terminó, Alejandro se alejó sin mirarla, como si ya estuviera pensando en otra cosa. Caminó hacia el placard y sacó una bolsa de compras.
—Cambiáte —dijo.
Alina abrió la bolsa. Un vestido negro, elegante. Zapatos altos. Perfume. Maquillaje. Joyas discretas.
—¿A dónde vamos? —preguntó, con la voz todavía temblorosa.
—Cena de negocios —respondió él, sin mirarla—. Necesito que vengas conmigo.
Ella tragó saliva.
—¿Por qué yo?
Alejandro se acercó, lento, seguro.
—Porque te quiero ahí. Es una cena con los dueños de uno de los laboratorios más grandes del país, estamos negociando una alianza estratégica para expandirnos en Europa y Latinoamérica.
No era una explicación. Era una orden disfrazada de elección.
Alina se vistió en silencio. El vestido le quedaba perfecto. Demasiado perfecto. Como si hubiera sido elegido para moldearla, para convertirla en algo que no era.
Cuando se miró en el espejo, no se reconoció. Había una mujer elegante, impecable, con los ojos demasiado brillantes y la expresión demasiado vacía.
Alejandro la observó desde la puerta.
—Estás bien —dijo.
Ella no respondió.
El restaurante era uno de esos lugares donde el silencio tiene precio. Luces bajas, mesas separadas por cortinas de terciopelo, mozos que se movían como sombras entrenadas. El aire olía a vino caro y carne asada.
Alejandro caminaba con seguridad. Alina lo seguía un paso atrás.
Cuando llegaron a la mesa, el mundo se le detuvo.
Federico estaba ahí. Y a su lado, Alejo.
El padre de Federico. Un hombre de presencia pesada, mirada afilada, traje oscuro impecable. Un hombre que evaluaba antes de hablar.
Federico levantó la vista y la vio.
El impacto fue inmediato. Sus ojos se abrieron apenas. Su respiración se cortó. Su postura cambió.
—Alina… —murmuró, sorprendido, confundido, herido.
Ella sintió que el corazón le golpeaba en el pecho.
Alejo la observó con una mezcla de curiosidad y cálculo. Alejandro, en cambio, no mostró ninguna reacción.
—Buenas noches —dijo él, tomando asiento como si nada fuera extraño.
Alina se sentó a su lado, sintiendo que el cuerpo le temblaba. No sabía dónde poner las manos. No sabía cómo respirar. No sabía cómo sostener la mirada de Federico sin quebrarse.
El mozo sirvió vino. Alejo habló de negocios. Alejandro respondió con calma. Federico se obligó a dejar de mirarla. Tomó su habitual actitud profesional, aunque por dentro, todo en el era un caos.
Y Alina… Alina quería desaparecer.
El vestido le apretaba el pecho. Los zapatos le dolían. La habitación parecía girar.
Alejandro apoyó una mano en su muslo, debajo de la mesa. Un gesto firme. Un recordatorio.
Ella se tensó. Federico lo notó. Y su expresión cambió.
No dijo nada. Pero sus ojos hablaron.
Había dolor. Había enojo. Había algo más profundo. Algo que él no entendía. Algo que ella no podía explicar.
La conversación siguió, flotando sobre la mesa como humo. Hablaban de oportunidades de negocios, pero nada en concreto, esas cosas se hablaban en privado.
Hasta que Alejo, con la naturalidad de quien suelta una bomba sin medir el impacto, dijo:
—Alina… ¿vos sos hija de Alejandra Fredes?
Ella sintió que el aire se le escapaba del pecho.
—Sí —respondió, apenas audible.
Alejo sonrió, una sonrisa pequeña, nostálgica.
—La conocí —dijo—. Trabajamos juntos hace muchos años, en el desarrollo de un medicamento. Era brillante. Muy brillante.
Alina parpadeó, sorprendida. Su madre. Su madre en boca de ese hombre. Su madre en ese lugar. Su madre en ese momento.
—No sabía… —susurró.
—Era una mujer excepcional —continuó Alejo—. Me alegra ver que estás siguiendo sus pasos. Te deseo éxito en tu carrera. Ella estaría orgullosa.
Alina sintió un nudo en la garganta. Un nudo que quemaba. Un nudo que la dejó sin palabras.
Federico la miró con una mezcla de sorpresa y dolor. Alejandro la observó en silencio, como si analizara cada reacción. Alejo bebió un sorbo de vino, ajeno al terremoto que había provocado.
Y Alina… Alina sintió que algo dentro de ella se quebraba. No por la cena. No por la presencia de Federico. No por la mano de Alejandro en su muslo.
Sino por esa frase. Por esa imagen. Por esa madre que había perdido demasiado pronto. Por esa vida que nunca llegó a conocer.
El resto de la cena pasó como un sueño borroso. Palabras que no escuchó. Miradas que no pudo sostener. Sonrisas que no pudo fingir.
Cuando se levantaron para irse, Alina sintió que las piernas no le respondían. Alejandro la tomó del brazo, firme, seguro.
—Vamos —dijo.
Ella asintió.
Pero por dentro, algo se había roto. Algo que no sabía si iba a poder reparar.
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