El precio de los sueños - Capítulo 57
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Capítulo 57: Capítulo 57- La hebra que asoma
Alina volvió a lo de Miranda sin entender del todo cómo había llegado. Alejandro no la acompañó. Ni siquiera la miró demasiado cuando la dejó en la puerta. Solo dijo:
—Descansá. Te paso a buscar mañana.
Y se fue.
Sin preguntas. Sin contención. Sin una sola palabra que la sostuviera.
Alina subió las escaleras con las piernas temblorosas. La casa estaba en silencio, apenas iluminada por la luz cálida del pasillo. Sofi dormía. Miranda no. Ella nunca dormía temprano.
La encontró en la cocina, con una taza de té entre las manos y esa expresión que mezclaba dureza y ternura en proporciones exactas.
—Sentate —dijo.
Alina obedeció. Miranda la observó un largo rato, sin hablar. No necesitaba palabras para leerla.
—Estás peor que ayer —dijo finalmente.
Alina bajó la mirada.
—No quiero hablar de eso.
—No te estoy pidiendo que hables —respondió Miranda—. Te estoy diciendo lo que veo.
Alina apretó los labios. Sentía que si decía una palabra, iba a quebrarse.
Miranda suspiró, se levantó y abrió un cajón. Sacó un sobre blanco, grueso, pesado. Lo dejó sobre la mesa, frente a ella.
—Mirá —dijo.
Alina dudó. Miranda no insistió. Solo esperó.
Con manos temblorosas, Alina abrió el sobre.
Adentro había una foto.
Un hombre. De traje. Sonrisa falsa. Ojos fríos.
El corazón de Alina dio un salto violento.
Miranda la observó con atención.
—¿Es él?
Alina sintió que la garganta se le cerraba. No podía hablar. No podía respirar.
Solo pudo asentir.
Miranda dejó la foto sobre la mesa, entre ambas, como si fuera un objeto sagrado o peligroso. Alina la miró fijamente. No lloró. No tembló. No se quebró.
Algo en su interior —algo que llevaba años dormido— se encendió como una brasa.
Bronca. Asco. Miedo. Sí. Pero también una fuerza nueva, cruda, primitiva.
Miranda lo notó enseguida.
—Eso —dijo en voz baja—. Eso que estás sintiendo ahora… guardalo. Te va a servir.
Alina apretó los dientes.
—No quiero que esto quede así —dijo, con una firmeza que sorprendió incluso a ella misma.
Miranda asintió, satisfecha.
—No va a quedar así.
Alina respiró hondo. No era valentía. Era necesidad.
—No puedo enfrentar a Lisa todavía —admitió—. Ni a… él.
No dijo el nombre. No hacía falta.
—Pero a este hombre… —miró la foto otra vez, con una mezcla de repulsión y determinación—. A este sí. A este puedo. O al menos… tengo que intentarlo.
Miranda sonrió, una sonrisa que no era dulce ni maternal: era la sonrisa de una mujer que había sobrevivido a demasiadas cosas y sabía reconocer el momento exacto en que otra mujer dejaba de ser presa.
—Así se habla —dijo—. La justicia no siempre empieza por lo grande. A veces empieza por lo que podés tocar con la mano.
Alina levantó la vista.
—¿Y cómo se empieza?
Miranda se inclinó hacia ella, apoyando los codos en la mesa.
—Buscando la punta del ovillo —dijo—. Todos los hombres tienen una. Todos. Incluso los que se creen intocables.
Alina tragó saliva, pero no apartó la mirada.
—¿Y si no la encuentro?
Miranda negó con la cabeza.
—La vas a encontrar. Porque para destejer un saco, no hace falta fuerza. Hace falta inteligencia. Y vos la tenés. Más de la que creés.
Alina sintió un calor extraño en el pecho. No era alivio. No era consuelo. Era algo parecido a… propósito.
Miranda se levantó, rodeó la mesa y le tomó la cara entre las manos, firme pero sin dureza.
—No sos una víctima, Alina —dijo—. Sos una mujer que está a punto de hacer algo importante. Y yo voy a ayudarte. Pero esto empieza con vos.
Alina asintió. Por primera vez, sin miedo.
—Entonces empecemos.
Federico no podía dormir. La cena lo había dejado inquieto, alterado, con una sensación de que algo no encajaba. La presencia de Alina al lado de Alejandro había sido un golpe que todavía le dolía en el pecho.
Pero había algo más. Algo que llevaba años guardado en un rincón oscuro de su memoria. Algo que esa cena había despertado.
Golpeó la puerta del despacho de su padre.
—¿Puedo pasar?
Alejo levantó la vista, sorprendido. Federico nunca entraba ahí. Nunca buscaba conversaciones profundas. Nunca pedía explicaciones.
—Pasá —dijo, dejando el diario a un lado.
Federico se sentó frente a él, con las manos entrelazadas.
—Necesito preguntarte algo —dijo.
Alejo lo observó con atención.
—Decime.
Federico respiró hondo.
—Hoy… en la cena… dijiste que conocías a la madre de Alina.
Alejo asintió.
—Sí. Alejandra Fredes. Una mujer excepcional.
Federico tragó saliva.
—¿Qué… qué relación tenían?
Alejo entrecerró los ojos, como si midiera sus palabras.
—Trabajamos juntos —dijo finalmente—. En un proyecto importante. Pasábamos muchas horas en el laboratorio. Era brillante. Muy dedicada.
Federico lo miró fijo.
—¿Y… algo más?
Alejo frunció el ceño.
—¿A qué te referís?
Federico apretó los puños.
—Mi madre siempre dijo que ella… que Alejandra… había intentado destruir nuestro hogar. Y que Alina era como ella.
Alejo cerró los ojos un instante. Un gesto mínimo. Doloroso.
—Tu madre…nunca ame a tu madre…
Federico sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué me lo decís ahora?
Alejo lo miró con una tristeza que rara vez mostraba.
—Porque vi como la mirabas —respondió—. Y porque no quiero que te cases con una mujer que no amas. ¿amas a Claudia?
Federico apoyó los codos en las rodillas, agotado.
—Ahora no lo sé. Creo que Claudia es conveniente pero…
—Pensá en lo que viste hoy —dijo Alejo—. Esa chica… Alina… no tiene nada que ver con lo que tu madre decía. Y su madre tampoco. Hay tantas versiones de los acontecimientos como relatores.
Alejo se acomodó en el sillón, cruzando una pierna sobre la otra. Lo observó con esa mezcla de cansancio y lucidez que solo tienen los hombres que han visto demasiado.
—Lo que no entiendo —dijo finalmente— es qué hace esa chica con Alejandro.
Federico frunció el ceño.
—¿Qué querés decir?
Alejo se encogió de hombros, como si hablara de algo obvio.
—No parecen una pareja. No hay vínculo real. No hay historia. No hay… nada. Hizo un gesto con la mano, como si apartara una idea desagradable. —Parece más un arreglo. Un decorado. Algo ocasional. Pago.
Federico sintió el golpe como si le hubieran dado una cachetada. El estómago se le cerró. La sangre le subió a la cara.
Pero no reaccionó. No podía. No sabía cómo.
—No hablés así de ella —dijo, con la voz más baja de lo que esperaba.
Alejo lo miró, sorprendido por el tono.
Federico respiró hondo, intentando ordenar las palabras que le quemaban en la lengua.
—Vos hablás como si supieras todo —dijo—. Pero no sabés nada. Hizo una pausa. —¿Sabés qué sí sé yo?
Alejo levantó una ceja.
Federico apoyó los codos en las rodillas, inclinándose hacia adelante.
—La noche de la cena benéfica —dijo—. Cuando salimos… cuando vos estabas
Alejo lo observó con atención.
—Los vi —continuó Federico—. A Alina. Tragó saliva. —Te vi abrazarla.
El silencio cayó como un bloque de mármol.
—No fue un abrazo más —agregó Federico, con un filo inesperado—. Yo estaba ahí. Yo lo vi. Desde la vereda de enfrente.
Alejo entrecerró los ojos.
—¿Y qué querés decir con eso?
Federico apretó los puños.
—Que no estoy viendo fantasmas —dijo—. Que no estoy inventando nada. Que estoy confundido con mis sentimientos hacia Claudia pero no tienen nada que ver con Alina. Lo miró fijo. —Vos sos el que está viendo lo que quiere ver. Y yo hoy quiero la verdad que me venis negando.
Alejo apoyó las manos en los apoyabrazos del sillón, como si fuera a levantarse, pero no lo hizo.
—Federico… —dijo con un tono más grave—. No pidas la verdad si no estás preparado para escucharla.
Federico sintió un escalofrío.
—¿Qué verdad?
Alejo lo sostuvo con la mirada.
—La verdad —repitió— puede ser demasiado para manejar. Hizo una pausa larga, pesada. —Y vos… no sé si estás listo.
Federico sintió que algo se le rompía por dentro. No era enojo. No era tristeza. Era otra cosa. Una mezcla de miedo, intuición y una certeza que recién empezaba a tomar forma.
—Quiero saber —dijo finalmente, con una firmeza que no sabía que tenía.
Alejo lo observó en silencio. Un silencio que decía más que cualquier palabra.
—Entonces preparate —dijo—. Porque cuando empieces a tirar del ovillo… no vas a poder parar. Siempre te cuide. Es hora de que deje de hacerlo.
Federico tragó saliva. No sabía si quería seguir. Pero sabía que ya no podía volver atrás.
La mañana amaneció gris, con un cielo pesado que parecía presagiar algo. Alina se despertó con los ojos hinchados, pero con una sensación distinta en el pecho. No era alivio. No era paz. Era algo más parecido a una decisión.
Miranda ya estaba despierta, hablando en voz baja por teléfono en el pasillo. Cuando vio a Alina, cortó de inmediato.
—Andá a cursar —le dijo—. Hacé tu vida. Yo hago la mía.
Alina asintió. No preguntó. No necesitaba saber más.
Había aprendido que, cuando Miranda decía “mi gente”, significaba que las cosas se estaban moviendo en las sombras. Y que nadie debía enterarse.
Se vistió con ropa sencilla, se ató el pelo y salió. El aire frío de la mañana le despejó un poco la mente. Caminó hacia la facultad con pasos lentos, sintiendo que cada cuadra la alejaba un poco del caos de los últimos días.
Pero al llegar al campus, el corazón le dio un vuelco.
Federico estaba ahí.
Apoyado contra una columna, con una carpeta en la mano y la mirada perdida en algún punto del patio. Cuando la vio, se enderezó de inmediato.
—Alina —dijo, acercándose.
Ella tragó saliva. No quería hablar. No quería sentir. Pero él ya estaba frente a ella.
—¿Podemos charlar un minuto?
Alina dudó. Pero asintió.
Se apartaron hacia un costado, cerca de un árbol. Los estudiantes pasaban a su alrededor sin prestarles atención.
Federico respiró hondo.
—No deberías estar viviendo con Miranda —dijo, sin rodeos.
Alina lo miró, sorprendida.
—¿Perdón?
—No es un ambiente para vos —continuó él—. No es seguro. No es sano. No es… Se detuvo, buscando las palabras. —No es un lugar para alguien como vos.
Alina sintió cómo algo dentro de ella se tensaba.
—¿Alguien como yo? —repitió, con un filo en la voz.
Federico se pasó una mano por el cabello, frustrado.
—No quise decir eso. Solo… quiero ayudarte. Si necesitás trabajo, puedo conseguirte algo. Algo acorde a tu intelecto. A tu carrera. A lo que valés.
Alina lo miró como si no lo reconociera.
—¿Vos pensás que estoy con Miranda porque no tengo opciones? —preguntó.
Federico abrió la boca, pero no respondió.
—¿Pensás que soy una pobre chica perdida que necesita que un hombre venga a salvarla? —agregó ella, con la voz temblando de bronca.
—No —dijo él, rápido—. No es eso. Es que…
—Es que nada —lo interrumpió—. No sabés nada de mi vida. No sabés lo que necesito. No sabés lo que estoy haciendo. Y no tenés derecho a decidir qué es “acorde” para mí.
Federico dio un paso hacia ella.
—Solo quiero que estés bien.
—No me digas dónde tengo que estar —respondió ella, dando un paso atrás—. No sos nadie para hacerlo.
Él se quedó quieto. Herido. Descolocado.
—Alina… —intentó.
Pero ella ya estaba caminando hacia el aula.
—Que tengas buen día, doctor —dijo sin mirarlo.
Federico se quedó ahí, en medio del patio, con la carpeta en la mano y el corazón hecho un nudo. Por primera vez en mucho tiempo, no supo qué hacer.
Esa noche, Federico no podía sacarse la conversación de la cabeza. Ni la cena. Ni la imagen de Alina al lado de Alejandro. Ni la forma en que ella lo había dejado hablando solo en la facultad.
Cuando llegó a su departamento, se quedó un rato sentado en el sillón, con la laptop cerrada sobre las piernas. Sabía lo que estaba a punto de hacer. Sabía que no debía. Sabía que era ridículo.
Pero igual lo hizo.
Abrió la computadora y entró a la página de Miranda.
No necesitó buscar el link. Lo tenía guardado. Lo había usado demasiadas veces.
Federico conocía ese mundo. Lo conocía bien. Demasiado bien.
Era uno de los clientes mejor puntuados. Las chicas lo adoraban. Siempre había sido respetuoso, generoso, discreto. Nunca había tenido problemas. Nunca había pedido nada fuera de lugar. Nunca había sentido la necesidad de “reservar” a nadie.
Hasta ahora.
Buscó el nombre. O mejor dicho, el apodo.
Misha.
Nada.
Frunció el ceño. Probó con filtros. Nada.
Actualizó la página. Nada.
Volvió a intentarlo al día siguiente. Y al otro. Y al otro.
Siempre lo mismo:
“No disponible.”
Federico sintió un frío en el estómago. No sabía si era alivio o miedo. No sabía qué significaba. No sabía si quería saberlo.
Finalmente, llamó a Alfredo.
—Necesito preguntarte algo —dijo, intentando sonar casual.
—Decime —respondió el fiscal, con su tono siempre medido.
Federico dudó. No quería dar nombres. No quería exponer a nadie. Ni exponerse a sí mismo.
—¿Qué significa cuando… una chica… no aparece más en la página de Miranda?
Hubo un silencio. Uno pesado.
—¿Por qué querés saber eso? —preguntó Alfredo.
—Curiosidad —mintió Federico.
Alfredo suspiró.
—Cuando una chica desaparece de la lista —dijo—, suele ser por dos razones. Hizo una pausa. —O se fue por su cuenta… Otra pausa. —O está blindada.
Federico frunció el ceño.
—¿Blindada?
—Sí —respondió Alfredo—. Es un término interno. Significa que alguien la reservó. En exclusiva. Que nadie más puede pedirla. Que está… protegida.
Federico sintió un golpe en el pecho.
—¿Protegida por quién?
—Por alguien con mucho dinero —dijo Alfredo—. O con mucho poder. O con ambas cosas.
Federico se quedó en silencio. No necesitaba que se lo dijeran. Sabía exactamente quién era.
Alfredo agregó:
—No es algo que se ofrezca a cualquiera. Es un privilegio. Un acuerdo. Un blindaje. Hizo una pausa. —Y cuando pasa… no hay forma de revertirlo.
Federico cerró los ojos. Sintió una mezcla de bronca, impotencia y algo parecido al miedo.
—¿Y vos cómo sabés todo eso? —preguntó.
Alfredo rió por lo bajo.
—Porque yo también conozco ese mundo, Fede. Más de lo que te imaginás. Y después, con un tono más serio: —Si estás buscando a alguien, decime quién y quizás puedo ayudarte.
Federico no respondió. No podía.
Porque sentía que estaba metido en algo que no sabía cómo manejar.
Alejandro estaba sentado en el borde de la cama del hotel, revisando documentos en su tablet, cuando su celular vibró. Miró la pantalla. Un número internacional.
Contestó.
—Hablá —dijo.
La voz del otro lado era urgente, tensa, cargada de problemas.
Alejandro se quedó en silencio varios segundos, escuchando. Su expresión cambió. Primero sorpresa. Luego molestia. Finalmente, una frialdad absoluta.
—¿Cuándo? —preguntó.
La respuesta no lo dejó satisfecho.
—No. No pueden manejarlo solos —dijo, poniéndose de pie—. Voy para allá.
Cortó la llamada y comenzó a guardar cosas en una valija pequeña. Movimientos rápidos, precisos, sin dudar.
El asistente del hotel golpeó la puerta.
—Señor, ¿necesita algo?
—Un auto al aeropuerto en veinte minutos —respondió Alejandro—. Y cancelá todo lo de esta semana.
El asistente asintió y se fue.
Alejandro respiró hondo. Europa. Un laboratorio en crisis. Un problema que solo él podía resolver.
Miró el celular. Pensó en escribirle a Alina. No lo hizo.
Solo dejó un mensaje corto:
“Tengo que viajar. Te aviso cuando vuelva.”
Sin explicación. Sin detalles. Sin promesas.
Cerró la valija. Se puso el saco. Y salió.
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