El precio de los sueños - Capítulo 58
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Capítulo 58: Capítulo 58- El ovillo que empieza a ceder
La mañana amaneció gris, con un cielo pesado que parecía presagiar algo. Alina se despertó con los ojos hinchados, pero con una sensación distinta en el pecho. No era alivio. No era paz. Era algo más parecido a una decisión.
Miranda ya estaba despierta, hablando en voz baja por teléfono en el pasillo. Cuando vio a Alina, cortó de inmediato.
—Andá a cursar —le dijo—. Hacé tu vida. Yo hago la mía.
Alina asintió. No preguntó. No necesitaba saber más.
Había aprendido que, cuando Miranda decía “mi gente”, significaba que las cosas se estaban moviendo en las sombras. Y que nadie debía enterarse.
Se vistió con ropa sencilla, se ató el pelo y salió. El aire frío de la mañana le despejó un poco la mente. Caminó hacia la facultad con pasos lentos, sintiendo que cada cuadra la alejaba un poco del caos de los últimos días.
Pero al llegar al campus, el corazón le dio un vuelco.
Federico estaba ahí.
Apoyado contra una columna, con una carpeta en la mano y la mirada perdida en algún punto del patio. Cuando la vio, se enderezó de inmediato.
—Alina —dijo, acercándose.
Ella tragó saliva. No quería hablar. No quería sentir. Pero él ya estaba frente a ella.
—¿Podemos charlar un minuto?
Alina dudó. Pero asintió.
Se apartaron hacia un costado, cerca de un árbol. Los estudiantes pasaban a su alrededor sin prestarles atención.
Federico respiró hondo.
—No deberías estar viviendo con Miranda —dijo, sin rodeos.
Alina lo miró, sorprendida.
—¿Perdón?
—No es un ambiente para vos —continuó él—. No es seguro. No es sano. No es… Se detuvo, buscando las palabras. —No es un lugar para alguien como vos.
Alina sintió cómo algo dentro de ella se tensaba.
—¿Alguien como yo? —repitió, con un filo en la voz.
Federico se pasó una mano por el cabello, frustrado.
—No quise decir eso. Solo… quiero ayudarte. Si necesitás trabajo, puedo conseguirte algo. Algo acorde a tu intelecto. A tu carrera. A lo que valés.
Alina lo miró como si no lo reconociera.
—¿Vos pensás que estoy con Miranda porque no tengo opciones? —preguntó.
Federico abrió la boca, pero no respondió.
—¿Pensás que soy una pobre chica perdida que necesita que un hombre venga a salvarla? —agregó ella, con la voz temblando de bronca.
—No —dijo él, rápido—. No es eso. Es que…
—Es que nada —lo interrumpió—. No sabés nada de mi vida. No sabés lo que necesito. No sabés lo que estoy haciendo. Y no tenés derecho a decidir qué es “acorde” para mí.
Federico dio un paso hacia ella.
—Solo quiero que estés bien.
—No me digas dónde tengo que estar —respondió ella, dando un paso atrás—. No sos nadie para hacerlo.
Él se quedó quieto. Herido. Descolocado.
—Alina… —intentó.
Pero ella ya estaba caminando hacia el aula.
—Que tengas buen día, doctor —dijo sin mirarlo.
Federico se quedó ahí, en medio del patio, con la carpeta en la mano y el corazón hecho un nudo. Por primera vez en mucho tiempo, no supo qué hacer.
Esa noche, Federico no podía sacarse la conversación de la cabeza. Ni la cena. Ni la imagen de Alina al lado de Alejandro. Ni la forma en que ella lo había dejado hablando solo en la facultad.
Cuando llegó a su departamento, se quedó un rato sentado en el sillón, con la laptop cerrada sobre las piernas. Sabía lo que estaba a punto de hacer. Sabía que no debía. Sabía que era ridículo.
Pero igual lo hizo.
Abrió la computadora y entró a la página de Miranda.
No necesitó buscar el link. Lo tenía guardado. Lo había usado demasiadas veces.
Federico conocía ese mundo. Lo conocía bien. Demasiado bien.
Era uno de los clientes mejor puntuados. Las chicas lo adoraban. Siempre había sido respetuoso, generoso, discreto. Nunca había tenido problemas. Nunca había pedido nada fuera de lugar. Nunca había sentido la necesidad de “reservar” a nadie.
Hasta ahora.
Buscó el nombre. O mejor dicho, el apodo.
Misha.
Nada.
Frunció el ceño. Probó con filtros. Nada.
Actualizó la página. Nada.
Volvió a intentarlo al día siguiente. Y al otro. Y al otro.
Siempre lo mismo:
“No disponible.”
Federico sintió un frío en el estómago. No sabía si era alivio o miedo. No sabía qué significaba. No sabía si quería saberlo.
Finalmente, llamó a Alfredo.
—Necesito preguntarte algo —dijo, intentando sonar casual.
—Decime —respondió el fiscal, con su tono siempre medido.
Federico dudó. No quería dar nombres. No quería exponer a nadie. Ni exponerse a sí mismo.
—¿Qué significa cuando… una chica… no aparece más en la página de Miranda?
Hubo un silencio. Uno pesado.
—¿Por qué querés saber eso? —preguntó Alfredo.
—Curiosidad —mintió Federico.
Alfredo suspiró.
—Cuando una chica desaparece de la lista —dijo—, suele ser por dos razones. Hizo una pausa. —O se fue por su cuenta… Otra pausa. —O está blindada.
Federico frunció el ceño.
—¿Blindada?
—Sí —respondió Alfredo—. Es un término interno. Significa que alguien la reservó. En exclusiva. Que nadie más puede pedirla. Que está… protegida.
Federico sintió un golpe en el pecho.
—¿Protegida por quién?
—Por alguien con mucho dinero —dijo Alfredo—. O con mucho poder. O con ambas cosas.
Federico se quedó en silencio. No necesitaba que se lo dijeran. Sabía exactamente quién era.
Alfredo agregó:
—No es algo que se ofrezca a cualquiera. Es un privilegio. Un acuerdo. Un blindaje. Hizo una pausa. —Y cuando pasa… no hay forma de revertirlo.
Federico cerró los ojos. Sintió una mezcla de bronca, impotencia y algo parecido al miedo.
—¿Y vos cómo sabés todo eso? —preguntó.
Alfredo rió por lo bajo.
—Porque yo también conozco ese mundo, Fede. Más de lo que te imaginás. Y después, con un tono más serio: —Si estás buscando a alguien, decime quién y quizás puedo ayudarte.
Federico no respondió. No podía.
Porque sentía que estaba metido en algo que no sabía cómo manejar.
Alejandro estaba sentado en el borde de la cama del hotel, revisando documentos en su tablet, cuando su celular vibró. Miró la pantalla. Un número internacional.
Contestó.
—Hablá —dijo.
La voz del otro lado era urgente, tensa, cargada de problemas.
Alejandro se quedó en silencio varios segundos, escuchando. Su expresión cambió. Primero sorpresa. Luego molestia. Finalmente, una frialdad absoluta.
—¿Cuándo? —preguntó.
La respuesta no lo dejó satisfecho.
—No. No pueden manejarlo solos —dijo, poniéndose de pie—. Voy para allá.
Cortó la llamada y comenzó a guardar cosas en una valija pequeña. Movimientos rápidos, precisos, sin dudar.
El asistente del hotel golpeó la puerta.
—Señor, ¿necesita algo?
—Un auto al aeropuerto en veinte minutos —respondió Alejandro—. Y cancelá todo lo de esta semana.
El asistente asintió y se fue.
Alejandro respiró hondo. Europa. Un laboratorio en crisis. Un problema que solo él podía resolver.
Miró el celular. Pensó en escribirle a Alina. No lo hizo.
Solo dejó un mensaje corto:
“Tengo que viajar. Te aviso cuando vuelva.”
Sin explicación. Sin detalles. Sin promesas.
Cerró la valija. Se puso el saco. Y salió.
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