El Rey Alfa es nuestro papá - Capítulo 56
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
56: Capítulo 56 56: Capítulo 56 Punto de vista de Vincent
La joven enfermera casi tropezó con sus propios zapatos cuando me vio al final del pasillo.
Con la tablilla de informes abrazada contra el pecho y la respiración entrecortada, hizo una rápida reverencia antes de hablar.
—Su Majestad, a la princesa ya la han atendido.
Le vendaron la rodilla.
El doctor dice que no es nada grave.
Mis pasos se aceleraron, engullendo sus palabras.
Atendida.
¿Ya?
La doctora Lean había estado aquí.
El alivio fue lo primero que me golpeó, duro e inestable.
Me hizo soltar un aliento que no me había dado cuenta de que estaba conteniendo, pero también trajo consigo algo más: inquietud.
Porque esa mujer nunca se quedaba más tiempo del necesario.
Avancé a grandes zancadas entre la multitud de uniformes y batas blancas, mientras los guardias se apartaban instintivamente.
El murmullo de las voces, el traqueteo de las bandejas, el penetrante olor a antiséptico…
todo se volvió borroso.
Y entonces lo sentí.
Un aroma.
No era perfume.
No era medicina.
Más antiguo.
Más profundo.
Algo que mi cuerpo recordó antes de que mi mente lo asimilara.
Hierbas machacadas entre los dedos.
Lavanda mezclada con humo.
Pino y olivo entrelazados.
Flotaba débilmente en el aire, el mismo rastro que se había adherido a la capa de Myra antes, cuando me abrazó; tan tenue que lo había descartado como un simple recuerdo.
Pero no era un recuerdo.
Era ella.
Me detuve en seco.
El vínculo se retorció en mi interior, agudo y vivo.
Adelina.
Mi lobo se agitó, despierto antes de que pudiera detenerlo.
El gruñido de Adam retumbó en mi pecho, no como un sonido, sino como una vibración.
«Estuvo aquí», dijo él, con la voz áspera como la grava.
«Lo sé».
«Y la dejaste irse».
«No por elección».
Apreté la mandíbula.
Me giré, escudriñando el pasillo.
Las enfermeras desaparecían en las habitaciones, los celadores empujaban carros, los guardias asentían con rigidez…
pero ella no estaba allí.
No el fantasma que había enterrado hacía años.
No la mujer cuyo aroma todavía podía deshacerme.
Sin embargo, el aire palpitaba con su presencia, y mi cicatriz ardía bajo el cuello de mi camisa: la marca de un vínculo que se negaba a desaparecer, sin importar cuántos años hubiera gobernado o cuántos muros hubiera construido.
Obligué a mis pies a avanzar.
Se había ido.
Pero el vínculo nunca mentía.
Myra estaba sentada contra las almohadas cuando entré en su aposento, con los rizos cayéndole sobre las mejillas y la capa envuelta a su alrededor como una armadura.
Un vendaje nuevo le rodeaba la rodilla, limpio y preciso.
Sonrió de oreja a oreja cuando me vio, con los brazos levantados.
—¡Papá!
Crucé la habitación en dos zancadas, recogiéndola en mis brazos con cuidado.
Estaba cálida, pequeña, y su respiración chocaba contra mi pecho.
El alivio abrió una grieta en mi interior, una exhalación silenciosa que se sintió como piedad.
—¿Cómo te sientes?
—pregunté, apartándole el pelo de la cara.
Dio unas palmaditas en su vendaje.
—No me duele.
La tita doctora me lo ha curado.
Sus palabras cayeron como cuchillas.
—¿La tita doctora?
—Me puso la mano aquí —explicó Myra, presionando la palma de su mano contra la tela—.
Se sintió calentito.
Y luego dejó de doler.
Calentito.
Se me hizo un nudo en la garganta.
Me volví hacia la enfermera que estaba en el rincón.
—¿Quién la atendió?
—La doctora Lean —respondió ella rápidamente—.
Revisó la herida, confirmó que no había daño óseo y se quedó hasta que la princesa se durmió.
La doctora Lean.
El nombre golpeó como un pedernal contra el acero.
Chispas de recuerdos destellaron tras mis ojos: su cabeza inclinada en el ascensor antes, la forma en que mantenía el rostro oculto, el silencio cargado de algo que no podía nombrar.
La voz de Adam se enroscó de nuevo en mi interior, áspera y segura.
«Era ella».
No respondí.
No podía.
Me volví de nuevo hacia Myra.
Metió la mano en su capa y levantó con orgullo un diminuto envoltorio dorado, con los ojos brillantes.
—¿Ves?
¡Me dio esto!
Un osito de gominola, envuelto en papel de aluminio.
Ordinario, inofensivo…
y, sin embargo, Myra lo sostenía como un tesoro.
—Dijo que era para mí —susurró—.
Pero quiero guardarlo.
Para la otra tita guapa.
Fruncí el ceño.
—¿La tita guapa?
—La que me colocó el pelo detrás de las orejas, la que dijo que mi sonrisa era bonita y siempre me daba caramelos —su vocecita era pura luz de sol—.
Quiero que lo compartan.
Así las dos estarán contentas.
Su inocencia me desgarró.
No sabía que las dos mujeres que imaginaba eran la misma persona: su madre, escondida tras un nombre y una bufanda.
El mundo de Myra estaba pintado de colores vivos.
El mío, de tonos de culpa y ceniza.
—Eres muy amable —murmuré, besando sus rizos.
Ella soltó una risita y se acercó más.
—Hueles a lluvia.
—¿Ah, sí?
—sonreí levemente—.
Espero que eso sea bueno.
Asintió con solemnidad.
—La lluvia hace que las cosas vuelvan a crecer.
Sus palabras me calaron más hondo de lo que deberían.
Cuando la enfermera se fue a buscar sábanas limpias, la expresión de Myra se volvió seria.
Sus dedos juguetearon con el envoltorio del caramelo.
—¿Papá?
—Sí, pequeña estrella.
—¿Por qué la tita doctora no habló mucho?
Solo dijo unas pocas palabras.
Su pregunta me dejó inmóvil.
Sostuve su mirada, con cuidado.
—A veces la gente tiene sus razones para estar callada —dije—.
Secretos, quizá.
O un dolor que hace que hablar sea más difícil.
Myra ladeó la cabeza.
—O a lo mejor es que simplemente no le gusta hablar.
Su simplicidad casi me hizo reír.
—¿Te molesta?
Negó con la cabeza rápidamente.
—No.
Me ayudó.
Con eso es suficiente.
Su certeza me hirió más profundo de lo que ella podía imaginar.
Cuando llegó la hora de irse, se guardó el caramelo en el bolsillo como si fuera una joya, dándole palmaditas cada pocos pasos.
—Papá —dijo de nuevo, con voz baja pero esperanzada—, ¿cuándo podremos ver a la tita guapa?
Quiero dárselo.
La miré, observando la luz que se enredaba en sus rizos, la forma en que guardaba ese pequeño dulce como si fuera su corazón.
El atardecer derramaba oro sobre el suelo de mármol, y algo dentro de mí se quebró en silencio.
—La encontraremos —dije al fin, con voz grave y firme.
Porque yo sabía quién era.
El carruaje esperaba fuera.
Los guardias se desplegaron a lo largo de la escalinata.
Myra saltó con cuidado sobre las losas, probando su rodilla.
Su risa se esparció por el patio como chispas.
Me detuve en el umbral, con la mano en su hombro.
El mundo a nuestro alrededor se suavizó: el murmullo de las fuentes, la luz menguante, el tenue aroma a pino que traía el viento.
Y por debajo de todo, lo mismo de siempre: su aroma.
Adelina.
Había estado aquí.
Había tocado a nuestra hija.
Había pasado a mi lado, envuelta en hierbas y silencio…
y yo casi no me doy cuenta.
Casi.
Adam se agitó de nuevo.
«Deberías haberla detenido».
«Ella no quería que la encontraran».
«¿Y desde cuándo dejas que lo que ella quiera decida algo?»
Apreté la mandíbula.
«Porque ya no soy ese hombre».
«Mentiroso».
Su gruñido resonó en mi interior.
Tenía razón en una cosa: mi contención no era piedad, era miedo.
No sabía qué pasaría si volviera a ver su rostro.
Si la destrozaría a ella de nuevo…
o si finalmente me destrozaría a mí mismo.
En el viaje de vuelta, Myra se apoyó en mí, con la cabeza cálida contra mi pecho.
Sus dedos golpeaban su bolsillo una y otra vez, asegurándose de que el caramelo seguía a salvo.
—Papá —susurró, medio dormida.
—Sí, pequeña estrella.
—Cuando volvamos a ver a la tita guapa…
¿me ayudarás a darle el caramelo?
Su voz estaba adormilada, pero sus ojos todavía buscaban los míos: confiados, esperanzados, puros.
—Sí —dije en voz baja.
La promesa pesó más que un juramento.
Ella sonrió, satisfecha, y se quedó dormida, y su leve aliento empañaba la tela de mi camisa.
Miré por la ventanilla.
La ciudad pasaba borrosa: farolas que brillaban doradas, sombras que se alargaban.
El mundo se movía, pero yo permanecía inmóvil, con la mente atrapada entre el pasado y el presente.
El aroma aún se aferraba a mí, tenue pero imposible de olvidar.
Cada aliento la acercaba más.
Cada latido de mi corazón repetía la misma imagen: su mano en la pierna de nuestra hija, una luz brillando bajo su palma.
Cómo se atrevía a volver sin decir una palabra.
Y, sin embargo…
cómo se atrevía a haberse mantenido alejada tanto tiempo.
Para cuando llegamos a las puertas, la tormenta en mi interior se había transformado en una fría determinación.
Metí la mano en el bolsillo y saqué el móvil.
El número ya estaba allí: su alias, el que usaba bajo el nombre de «Lean».
Mi pulgar se detuvo en el aire.
La voz de Adam carraspeó en mi cráneo.
«Llámala».
«No contestará».
«Sí que lo hará».
Pulsé el botón de llamada.
Un tono.
Luego otro.
Cada tono golpeaba más fuerte que el anterior.
Mi pulgar tamborileaba contra la pantalla, delatando la calma que intentaba aparentar.
La línea zumbaba en mi oído, cada sonido una cuchilla de recuerdos.
¿Estaría ella dudando al otro lado?
¿Viendo mi nombre parpadear en su móvil de la misma forma que yo miraba el suyo ahora?
—Contesta —mascullé por lo bajo.
La súplica era demasiado suave, demasiado humana.
Porque cuando lo hiciera, cuando oyera su voz, lo sabría.
Si seguía siendo la mujer que una vez susurró mi nombre como una oración.
O la extraña que había aprendido a esconderse de mí a plena vista.
De cualquier manera, se acabaron las farsas.
Se acabó el silencio.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com