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El Soberano de las Cenizas - Capítulo 19

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19: Capítulo 19- Duelo 19: Capítulo 19- Duelo Pasaron dos días.

La cabaña era pequeña para doce personas más Jaha y Moshi, pero nadie se quejó.

Nadie hablaba mucho.

Los discípulos se movían con la cautela específica de gente que comparte un espacio reducido y un peso demasiado grande — cada uno cargándolo a su manera, sin molestar al de al lado.

El más joven del grupo apenas comía.

Jaha lo notó desde el primer día pero no dijo nada.

No porque no le importara sino porque sabía que algunas cosas no se resuelven con palabras.

Se resuelven con tiempo, y el tiempo era lo único que tenían de sobra en ese momento.

Moshi pasaba las horas con los libros como siempre, pero diferente.

Los abría, los miraba, los cerraba.

En dos días Jaha no lo vio pasar más de diez páginas seguidas en ninguno.

Para alguien que normalmente devoraba textos enteros en una tarde, ese detalle decía más que cualquier conversación podría haber dicho.

Jaha entrenaba afuera.

No con técnicas de cultivo — su nivel no había cambiado y tampoco era el momento.

Entrenaba el cuerpo.

Movimientos repetidos hasta que los músculos protestaban, hasta que el aire entraba y salía con esfuerzo real, hasta que la mente no tenía espacio para nada más que el siguiente movimiento.

Era la forma más honesta que conocía de aguantar la espera sin romperse por dentro.

El pincel lo llevaba siempre encima.

A veces, en los momentos quietos entre series de movimientos, lo sacaba y trazaba algo en el aire — nada específico, solo el gesto, el peso familiar del mango entre los dedos.

El recordatorio de que había una dirección aunque todavía no supiera exactamente cuánto faltaba para llegar.

Los discípulos lo observaban entrenar desde la puerta de la cabaña.

No todos, no siempre.

Pero algunos se quedaban mirando un rato antes de volver adentro.

Jaha lo notaba y no decía nada.

A veces la gente necesita ver que alguien sigue moviéndose.

Las provisiones de la cabaña alcanzaban.

Alguien las había calculado bien y con tiempo suficiente.

Jaha no pensaba mucho en eso.

No podía.

* * * La mañana del tercer día Moshi salió de la cabaña antes del amanecer y se quedó parado en el exterior con los ojos cerrados durante varios minutos.

Jaha lo observó desde donde estaba sentado contra la pared de madera.

—¿Qué sientes?

—preguntó.

—Estoy comprobando las formaciones perimetrales que instalé ayer.

Para detectar presencias espirituales en el radio del territorio.

—¿Y?

Moshi abrió los ojos.

—Se fueron.

Lo dijo sin énfasis.

Como un hecho más.

El Clan Jinrae había tomado lo que vino a tomar y había desaparecido del territorio con la misma eficiencia con que había llegado.

Para ellos la operación había terminado.

Una secta menor sin recursos reales, un recurso espiritual asegurado, una carta rota sobre una mesa.

Pasarían al siguiente asunto con la misma naturalidad con que Liu Pengfei había descartado a doce discípulos de bajo rango huyendo por un túnel — sin pensarlo dos veces, sin que les quedara ningún peso.

Eso era lo más difícil de sostener.

No el odio — el odio era fácil, el odio tenía forma y dirección y llenaba el espacio.

Lo difícil era la indiferencia.

Que lo que había destruido vidas enteras fuera para ellos simplemente un asunto concluido.

Un par de discípulos que estaban despiertos escucharon.

Nadie celebró.

Nadie suspiró de alivio.

Solo ese silencio específico de la gente que recibe una noticia que esperaba y que aun así no sabe exactamente qué hacer con ella.

—¿Cuándo nos vamos?

—preguntó alguien desde dentro de la cabaña.

Jaha y Moshi se miraron.

* * * —Esta noche —dijo Jaha.

—Mañana al amanecer —dijo Moshi al mismo tiempo.

Silencio breve.

—Esta noche —repitió Jaha.

No con urgencia ni con rabia.

Con la calma de alguien que ha tomado una decisión y la sostiene.

—Si salen antes de que sea completamente seguro y hay algún rezagado del Clan Jinrae en el territorio, no tenemos nada con qué defendernos.

—Dijiste que se fueron.

—Dije que no detecto presencias activas.

No es lo mismo.

Jaha lo miró.

Moshi le devolvió la mirada con la misma expresión de siempre — sin ceder, sin subir el tono, simplemente sosteniendo su posición con la misma solidez con que sostenía todo.

No era una pelea.

Era algo más preciso que eso — dos formas distintas de procesar exactamente la misma situación, chocando por primera vez de frente sin que ninguno de los dos pudiera decir que el otro estaba equivocado.

Jaha quería volver porque quedarse era insoportable.

Moshi quería esperar porque irse antes de tiempo era un riesgo innecesario para doce personas que no tenían culpa de nada.

Ambas cosas eran verdad.

—Una noche más —dijo Jaha finalmente.

Moshi asintió una vez.

Ninguno añadió nada más.

Dentro de la cabaña alguien empezó a preparar la comida del día con los últimos ingredientes que quedaban, y ese sonido ordinario y pequeño llenó el silencio mejor que cualquier palabra.

Afuera el sol terminaba de salir entre los árboles y los pájaros seguían moviéndose como si nada, completamente ajenos, y Jaha pensó que esa era probablemente la forma más honesta en que el mundo podía existir.

* * * Salieron antes del amanecer.

De los doce discípulos, ocho decidieron volver.

Los otros cuatro se quedaron en la cabaña — uno tenía familia en otra dirección, los otros tres simplemente no pudieron.

Jaha no los presionó.

Cada uno cargaba con lo suyo a su manera, y esa también era una decisión válida.

Les dejaron las provisiones que sobraban y salieron sin mirar atrás.

Caminaron en silencio por el bosque con Moshi abriendo el camino.

El aire de primera hora tenía ese frío limpio que precede al sol, y los pájaros empezaban a moverse entre las ramas con total indiferencia hacia lo que el grupo de personas que caminaba debajo de ellos hubiera vivido en los últimos tres días.

El bosque no sabía lo que había pasado.

El bosque simplemente era, igual que siempre.

Jaha encontró algo extrañamente difícil en eso.

Al principio el camino era igual que siempre.

Los mismos árboles, la misma tierra bajo los pies, el mismo sonido del viento entre las ramas.

Podría haber sido cualquier mañana de las últimas semanas, cuando caminaba hacia la secta con el día por delante y Shen Kaiming esperando en el pabellón con una pregunta que siempre llegaba antes de lo que parecía necesaria.

Después empezó a cambiar.

Primero fue el silencio — no el silencio ordinario del bosque en calma sino otro tipo, más denso y más quieto, el que producen los animales cuando deciden mantenerse alejados de un lugar sin que nadie se los pida.

Después fue el olor.

Leve al principio, casi confundible con la humedad de la tierra.

Pero persistente.

Y a medida que avanzaban, cada vez menos confundible con cualquier otra cosa.

Jaha lo reconoció antes de poder nombrarlo.

No porque hubiera olido algo así antes sino porque su cuerpo lo reconoció — esa reacción que está más abajo de los pensamientos, más abajo incluso del instinto, en algún lugar donde el cuerpo sabe cosas que la mente todavía está procesando.

Nadie habló.

Nadie necesitaba hacerlo.

Los ocho discípulos que caminaban detrás lo olían también.

Jaha podía verlo en cómo aflojaban el paso sin darse cuenta, en cómo la distancia entre unos y otros se reducía levemente — ese movimiento inconsciente de buscar cercanía cuando algo grande e irrevocable está a punto de hacerse visible.

El bosque se fue abriendo.

Los árboles dejaron paso al territorio de la Qingtian Zong.

O a lo que había sido el territorio de la Qingtian Zong.

Desde donde estaban todavía no podían ver todo — solo el borde, el punto exacto donde el bosque terminaba y empezaba lo que el Clan Jinrae había dejado atrás.

Jaha se detuvo.

Moshi también.

Los ocho discípulos que los seguían se detuvieron detrás en silencio, mirando hacia adelante con la expresión de gente que sabe lo que va a encontrar y que aun así necesita un momento antes de dar el último paso.

El tipo de pausa que no es cobardía — es el reconocimiento de que algunas cosas cambian para siempre en el momento en que las ves, y que el segundo antes de verlas es el último en que el antes y el después todavía coexisten.

El olor a quemado era claro ahora.

Y con él, el silencio absoluto de un lugar que antes siempre había tenido sonido — voces, pasos, el murmullo constante de una secta que nunca dormía del todo.

Nadie dijo nada.

No había nada que decir que no sobrara.

Jaha miró hacia adelante.

El árbol sin nombre — si seguía en pie — estaría en algún punto más allá de ese borde.

Shen Kaiming había querido cortarlo una vez, antes de que la secta existiera como era ahora.

Pero la gente empezó a reunirse a su alrededor sin que nadie lo organizara, y llegó un momento en que cortarlo habría sido cortar algo más que un árbol.

Así que lo dejó.

Nunca lo llamó por ningún nombre.

Ahora Jaha entendía por qué.

Dio un paso.

Fin del Capítulo 19

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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