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El Soberano de las Cenizas - Capítulo 20

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  3. Capítulo 20 - 20 Capítulo 20 — Bajo el Árbol Sin Nombre
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20: Capítulo 20 — Bajo el Árbol Sin Nombre 20: Capítulo 20 — Bajo el Árbol Sin Nombre La Qingtian Zong ya no era la Qingtian Zong.

Lo primero que Jaha vio al cruzar el borde del territorio fue el pabellón principal — o lo que había sido el pabellón principal.

Las paredes seguían en pie pero ennegrecidas, con las marcas del trueno grabadas en la piedra como cicatrices que nadie había pedido.

El tejado había cedido hacia adentro.

Los pilares que Shen Kaiming había mandado reforzar el año anterior eran escombros en el suelo, reducidos a fragmentos que nadie habría identificado como lo que una vez fueron.

El suelo estaba marcado por todas partes.

Formaciones destruidas desde adentro y desde afuera, el tipo de rastros que dejan cultivadores de nivel real cuando no están conteniendo sus técnicas.

Cada marca era la firma de alguien que no había necesitado esforzarse.

Para el Clan Jinrae, esto había sido un ejercicio de práctica.

Jaha caminó hacia adentro sin detenerse.

Detrás de él, los ocho discípulos que habían vuelto avanzaban en silencio.

Algunos miraban hacia los lados con la expresión de quien reconoce un lugar sin poder creer lo que está viendo.

Otros miraban al suelo.

El más joven del grupo se había detenido justo al cruzar el borde y seguía ahí parado, sin poder dar el siguiente paso, con los pies plantados en la tierra como si el cuerpo se negara a avanzar antes de que la mente terminara de procesar lo que los ojos ya habían visto.

Moshi pasó a su lado y le puso una mano breve en el hombro sin decir nada.

Después siguió caminando.

El silencio era completo.

No el silencio del bosque en calma ni el silencio de una secta que dormía — el silencio de un lugar que había dejado de tener pulso.

El tipo que no tiene fondo.

* * * Los vieron antes de llegar al patio central.

Varas de hierro — enormes, del grosor de un brazo adulto — atravesando el suelo con una precisión que no era accidental.

No eran obstáculos ni escombros.

Eran mensajes.

Cada una colocada con la deliberación de alguien que quería que quien llegara después supiera exactamente lo que había ocurrido aquí y por orden de quién.

Los discípulos empalados en ellas eran personas que Jaha había visto entrenar en ese mismo patio semanas atrás.

Detrás de él se escuchó un sonido — no un grito, algo más pequeño y más difícil de escuchar.

Uno de los discípulos que habían vuelto se había detenido frente a una de las varas con la mano en la boca.

Reconocía la cara.

Jaha no necesitaba preguntar a quién.

Otro discípulo se arrodilló en el suelo sin decir nada.

Se quedó así.

Jaha siguió caminando.

No porque no le importara.

Sino porque si se detenía no sabía si podría volver a moverse, y todavía no había terminado de ver lo que había que ver.

* * * Encontraron a Fang Ruochen en el corredor que conectaba los pabellones de entrenamiento.

El Dao del Trueno a ese nivel no dejaba margen.

Lo que quedaba no era reconocible a primera vista — pero uno de los discípulos que venían con ellos se detuvo en seco y no pudo seguir.

No dijo nada.

No hizo falta.

Jaha entendió por la forma en que se quedó parado exactamente ahí.

Jaha se quedó parado frente a él un momento.

Pensó en el patio de entrenamiento, en la tarde en que Fang Ruochen se levantó del suelo y dijo “cedo” con la dignidad de alguien que ha perdido y ha elegido cómo hacerlo.

Pensó en cómo se había detenido en el corredor la noche de la evacuación y había dicho “yo me quedo” con la misma calma.

Había elegido.

Nadie lo había obligado.

Eso no lo hacía más fácil de ver.

Wei Dohan estaba más adelante, cerca del área de entrenamiento corporal donde había pasado doce años enseñando a discípulos que en su mayoría preferían el cultivo espiritual.

La flecha era una flecha ordinaria — sin sello espiritual, sin energía de Dao, del tipo que cualquier arquero sin cultivo podría disparar.

Había entrado por el lado izquierdo del pecho con una precisión que en cualquier otra circunstancia podría haberse llamado excelente.

La ironía era tan completa que casi tenía la forma de algo deliberado.

Un maestro de combate corporal.

Doce años enseñando a absorber impactos, a moverse con precisión, a hacer del cuerpo una herramienta que no cediera ante nada ordinario.

Muerto por la cosa más ordinaria que existía en el mundo cultivador.

Moshi se detuvo a su lado durante un momento sin decir nada.

Después siguió.

* * * El árbol sin nombre seguía en pie.

Era lo primero que Jaha vio cuando llegó al patio central — ese árbol en el centro de todo, con las ramas quietas y las raíces firmes en la tierra, exactamente donde había estado siempre.

Los edificios a su alrededor habían caído.

El suelo estaba marcado por el paso de la destrucción.

Y el árbol seguía ahí, como si hubiera decidido que no era asunto suyo ceder.

Wei Suihen lo había dejado en pie deliberadamente.

Jaha lo entendió en cuanto lo vio.

Debajo de él estaba la cabeza de Shen Kaiming.

Solo la cabeza.

Jaha se detuvo.

El Dao del Agua en niveles altos no producía cortes ni impactos visibles.

Actuaba desde adentro — comprimía los fluidos del cuerpo con una presión que no dejaba marcas externas pero que destruía desde dentro.

Los signos eran específicos para quien sabía leerlos: los vasos del rostro rotos bajo la superficie, el color particular que dejaba la presión acumulada.

Y la expresión.

Una expresión que no era la calma de siempre — era algo que el cuerpo no había tenido tiempo de controlar, el rastro de un dolor que había llegado demasiado rápido para ser procesado.

El hombre que siempre había mirado al mundo con serenidad absoluta tenía en la cara la única cosa que nunca había mostrado en vida.

Eso fue lo que quebró algo en el patio.

Detrás de Jaha, uno de los discípulos intentó decir algo y no terminó la frase.

Otro se dobló hacia adelante con las manos en las rodillas como si el peso de lo que estaba viendo necesitara apoyo físico.

El más joven soltó lo que llevaba en la mano — una cantimplora pequeña que había cargado durante todo el camino — y no hizo ningún gesto por recogerla.

Moshi apretó el libro contra el costado.

No lo abrió.

Eso fue lo que más costó a Jaha.

No la violencia — eso podía ponerle nombre y guardarlo.

Lo que no podía procesar era la expresión.

Shen Kaiming había pasado semanas mirándolo con esa calma construida a lo largo de décadas — la calma de alguien que ha comprendido suficiente del mundo como para no necesitar agitarse ante él.

El hombre que había construido una secta desde cero sin talento especial para el cultivo, que había llegado donde estaba únicamente a través de la comprensión de su Dao, que había visto a Jaha cuando nadie más podía verlo.

La imagen más honesta que Jaha había encontrado de lo que significaba ser realmente un cultivador.

Y ahora tenía en la cara lo único que nunca había mostrado en vida.

Moshi se arrodilló junto a la cabeza del patriarca.

La estudió durante un momento — con esa atención específica suya que no era morbo sino la concentración de alguien que está leyendo algo que necesita ser leído correctamente.

—Dao del Agua —dijo Moshi—.

Nivel alto.

La presión fue sostenida desde adentro.

Se puso de pie.

—Wei Suihen.

Anciano externo del Clan Jinrae.

Solo hay uno en ese clan que pueda hacer esto.

—Una pausa—.

Era el enviado.

Jaha no respondió.

Tenía el pincel en la mano y no recordaba haberlo sacado.

Estaba mirando la cabeza de Shen Kaiming y sintiendo algo que no sabía nombrar completamente — algo que había estado ahí antes, en otros momentos, pero que ahora tenía más peso y más forma.

No era rabia exactamente.

Era algo más oscuro que eso, algo que se asentaba en un lugar donde la rabia no llegaba.

Como si una parte de él que normalmente permanecía quieta hubiera abierto los ojos y estuviera mirando lo mismo que él miraba, encontrando en ello algo completamente diferente.

No lo empujó hacia afuera.

No podía hacer eso aquí, ahora, frente a esto.

Pero lo notó.

Treinta y dos años.

Sin talento especial para el cultivo, sin linaje poderoso, sin nada más que la comprensión de su propio Dao llevada tan lejos como podía ir.

Un hombre que se había seguido levantando mientras los más jóvenes del Clan Jinrae se reían de él, con la misma expresión tranquila de siempre, hasta que Wei Suihen tuvo que encargarse personalmente porque su determinación resultaba incómoda.

Había pocas formas más honestas de medir a una persona.

Jaha miró el pincel en su mano.

Después miró la piedra cerca de la entrada.

* * * La losa estaba cerca de la entrada — plana, desplazada pero intacta.

Jaha la arrastró hasta el umbral de lo que había sido la Qingtian Zong, donde cualquiera que llegara la vería antes de ver nada más.

Sacó el pincel.

No pensó en lo que iba a escribir.

Pensar habría producido algo calculado, algo construido, y esto no era el momento para eso.

Dejó que la mano se moviera antes de que la mente pudiera interferir, igual que aquella tarde en el pabellón cuando Shen Kaiming le había puesto papel en blanco delante y le había dicho simplemente: escribe.

El trazo del pincel sobre la piedra produjo un sonido pequeño y preciso en el silencio del patio.

Escribió despacio.

Cada línea con el peso exacto que merecía.

El trueno cayó sobre el cielo claro.

El jardín guardó silencio.

Los discípulos huyeron con la noche en los ojos, y las montañas vieron arder treinta y dos años.

Bajo el árbol sin nombre un hombre siguió levantándose.

Cuando el trueno se fue, solo quedaron cenizas… y un trazo que aún no había sido escrito.

Cuando terminó, el pincel volvió a su lugar.

Algo en el territorio respondió.

No de forma violenta — sin luz, sin presión espiritual visible.

Fue algo más quieto.

Los caracteres sobre la piedra brillaron un segundo con el mismo negro profundo del pincel, y después ese brillo se disipó hacia afuera — invisible, pero presente.

Como si las palabras hubieran reclamado el espacio sin pedir permiso.

Algunos de los discípulos que estaban detrás dieron un paso atrás sin saber por qué.

Moshi no se movió.

Miró la piedra con la expresión de quien acaba de ver algo que va a tardar en procesar completamente.

Jaha retiró la mano del pincel.

No había buscado ese efecto.

No lo había calculado ni lo había intentado producir.

Había salido solo — de la misma forma en que el primer verso había salido en el pabellón de Shen Kaiming, de un lugar más profundo que la técnica.

Solo que esta vez el Dao que respondía era más claro, más definido, más consciente de lo que hacía.

El poema sobre la piedra no tenía brillo ya.

Solo caracteres negros sobre roca gris en la entrada de las ruinas.

Pero algo en el aire del territorio había cambiado de una forma que Jaha no sabía describir todavía.

Como si las palabras hubieran quedado ahí de verdad — no solo grabadas en la piedra sino en algo más permanente que la piedra.

Jaha se volvió y miró las ruinas de la Qingtian Zong por última vez — el árbol en pie, los edificios caídos, el silencio donde antes había habido treinta y dos años de algo real.

Después miró el pincel en su mano.

El trazo que aún no había sido escrito.

Era suyo.

Fin del Capítulo 20

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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