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El Soberano de las Cenizas - Capítulo 7

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7: Capítulo 7- El precio del orgullo 7: Capítulo 7- El precio del orgullo Pasaron diez días.

En ese tiempo Jaha estableció una rutina que la Qingtian Zong empezó a reconocer sin que nadie lo hubiera planificado.

Desayuno temprano con Moshi — silencioso la mayoría de las veces, con intercambios cortos que raramente superaban las tres frases pero que tenían más peso que muchas conversaciones largas.

Sesión matutina con Shen Kaiming.

Entrenamiento corporal con el instructor.

Tarde libre que Jaha usaba para experimentar con materiales en su cuarto o recorrer los textos de la pequeña biblioteca de la secta.

Era una vida pequeña.

Ordenada.

Provisional.

Le recordaba suficientemente a algo que había perdido como para ser cómoda, y suficientemente distinta como para no doler demasiado.

Lo que cambió fueron los pendientes.

Los llevaba desde la tercera noche — discretos, piedra oscura sin brillo aparente, el tipo de cosa que nadie miraría dos veces.

En los primeros días no notó nada particular.

Después empezó a notar que durante las sesiones de cultivo su mente se asentaba más rápido, que los fragmentos que llegaban de la presencia eran más nítidos aunque todavía sin forma completa, que cuando Shen Kaiming hablaba de técnicas su comprensión llegaba un paso antes de lo que debería.

Pequeño.

Acumulativo.

Real.

Eso era suficiente por ahora.

* * * El séptimo día encontró a Shen Kaiming en el jardín antes del amanecer.

No entrenando.

No meditando.

Sentado en el banco de piedra más viejo de la secta — el que estaba junto al árbol que nadie había plantado porque llevaba ahí desde antes de que la Qingtian Zong existiera — con una taza de té que claramente ya estaba fría y una expresión de alguien que lleva un rato pensando en algo sin llegar a ninguna conclusión.

Jaha se detuvo.

Consideró retirarse sin hacer ruido.

“Ya estás aquí” dijo el patriarca sin voltearse.

Jaha se acercó y se sentó en el otro extremo del banco.

No dijo nada.

El jardín antes del amanecer tenía ese silencio específico que no necesita ser llenado.

Pasaron varios minutos así.

“¿Cuánto tiempo llevas sin dormir bien?” preguntó Shen Kaiming finalmente.

La pregunta iba dirigida a él mismo tanto como a Jaha.

“Desde hace un tiempo” respondió Jaha.

“Yo también.” El patriarca tomó un sorbo del té frío con la resignación de alguien que ya no recuerda cuándo fue la última vez que lo tomó caliente.

“Construí esta secta hace treinta y dos años” dijo.

No como introducción a algo — simplemente como un hecho que quería que existiera en el aire de esa mañana.

“Era la secta más pequeña del distrito.

Tenía tres discípulos y un edificio que la lluvia atravesaba por tres sitios distintos.” Una pausa.

“Mis maestros me dijeron que era un error.

Que sin recursos ni linaje una secta así no sobreviviría el primer año.” “Pero sobrevivió” dijo Jaha.

“Sobrevivió” confirmó Shen Kaiming.

Y en esa palabra había algo que no era orgullo exactamente — era la satisfacción quieta de alguien que construyó algo con sus propias manos y todavía puede tocarlo.

“¿Por qué me cuenta esto?” El patriarca lo miró por primera vez desde que Jaha se había sentado.

“Porque tú también estás construyendo algo.

Y todavía no sabes exactamente qué.” No elaboró.

Se levantó, dejó la taza en el banco, y caminó hacia el interior de la secta.

Jaha se quedó mirando el árbol sin nombre mientras el cielo empezaba a cambiar de color.

Había algo en ese hombre que le resultaba completamente ajeno a todo lo que había conocido en el Clan Yeon — y al mismo tiempo familiar de una forma que no sabía cómo nombrar.

Como si hubiera una pregunta que ambos llevaban y que ninguno había terminado de formular.

* * * Había un discípulo en la Qingtian Zong que llevaba dos años siendo el mejor de su generación.

Su nombre era Fang Ruochen, y no era un mal cultivador.

Todo lo contrario.

Nivel uno etapa avanzada a los diecinueve años era un resultado respetable para alguien sin linaje especial — el tipo de progreso que en una secta pequeña como la Qingtian se notaba y se reconocía.

Sus tatuajes del Dao habían comenzado a tomar forma en los antebrazos: patrones de agua que fluía, el inicio del Dao del Río Tranquilo.

Los maestros lo mencionaban con apreciación genuina.

El patriarca lo había considerado para el puesto de discípulo principal cuando el anterior se graduó el mes pasado.

Considerado.

Hasta que llegó Jaha.

Y Shen Kaiming lo nombró discípulo principal en menos de una semana, sin explicación, sin proceso, sin los criterios que todos en la secta creían conocer.

Jaha era nivel uno sin etapa definida — el Mingpo hacía imposible evaluarlo correctamente.

Sin tatuajes visibles.

Sin resonancia funcional según los registros.

Sin recomendación, sin linaje reconocible, llegado sin nada más que un nombre incompleto.

Fang Ruochen había esperado doce días antes de hacer algo al respecto.

Doce días observando cómo los maestros ajustaban sus horarios alrededor de las sesiones de ese chico, cómo el patriarca llegaba antes cuando le tocaba a él, cómo las discípulas encontraban razones para cruzar el jardín en los momentos en que entrenaba.

Doce días era suficiente paciencia.

* * * Empezó de forma pequeña, como casi todo lo que termina siendo grande.

Era tarde — el sol bajando, la secta en ese estado relajado de final de día donde la disciplina se afloja levemente.

Jaha regresaba del área de entrenamiento corporal cuando Fang Ruochen apareció en el camino con dos discípulos detrás.

No era una emboscada planeada — o no exactamente.

Era la clase de encuentro que ocurre cuando alguien lleva días buscando sin admitírselo a sí mismo.

“Jaha.” El tono era el de alguien que quiere que parezca casual y no puede del todo.

Jaha se detuvo.

Lo miró con la expresión tranquila de siempre — esa calma que Fang Ruochen encontraba particularmente irritante porque no podía determinar si era genuina o calculada.

“Fang Ruochen” dijo Jaha, con el mismo tono que usaría para comentar el tiempo.

“He estado pensando” dijo el otro, “que es extraño.

Llevas diez días aquí y ya eres discípulo principal.

Ninguno de nosotros entendemos por qué.” “El patriarca tampoco me lo explicó a mí” respondió Jaha.

“Es una respuesta conveniente.” “Es la única que tengo.” Fang Ruochen dio un paso adelante.

Los dos discípulos detrás de él se movieron levemente — no amenazantes exactamente, pero tampoco neutrales.

“En esta secta las posiciones se ganan con mérito.

Si tienes el mérito para ser discípulo principal deberías poder demostrarlo.” Jaha lo miró durante un momento.

Evaluó la situación con la rapidez de alguien que ha aprendido que los segundos de análisis valen más que los minutos de reacción.

Fang Ruochen era nivel dos avanzado.

Jaha era nivel uno.

En un combate directo de cultivo puro la diferencia era real y significativa.

Los dos discípulos detrás eran nivel uno también — irrelevantes en términos de poder pero presentes como testigos, lo que complicaba la variable de cuánto mostrar.

Podía declinar.

Era la opción racional.

Pero había algo en la forma en que Fang Ruochen lo miraba — esa certeza de quien cree que ya sabe el resultado — que Jaha encontró más molesta de lo que esperaba.

“¿Qué propones?” Fang Ruochen sonrió levemente.

“Combate simple.

Sin técnicas de daño real.

El que ceda pierde.” “De acuerdo” dijo Jaha.

* * * Para cuando empezaron había ocho discípulos más mirando.

Fang Ruochen abrió con energía — una oleada del Dao del Río Tranquilo que envolvía en lugar de golpear, buscando doblar la resistencia del oponente.

Elegante.

Efectiva.

Jaha se movió a un lado.

Sin técnica — con los pies.

Lo justo para que la energía pasara rozando.

Fang Ruochen frunció el ceño.

Intensificó.

Jaha esquivó de nuevo, esta vez entrando en el espacio cercano donde las técnicas de flujo perdían radio.

Fang Ruochen reaccionó rápido — más rápido de lo que Jaha esperaba — y conectó un golpe directo en el costado.

Jaha retrocedió tres pasos.

Sintió el impacto propagarse.

No era poca cosa.

Los espectadores murmuraron.

Jaha tocó el pendiente izquierdo brevemente — un gesto que desde afuera parecía nervioso.

Por dentro algo se asentó.

El ruido desapareció.

Solo quedaron las variables.

Fang Ruochen avanzó confiado.

Lanzó una finta hacia la izquierda — buena, convincente — y siguió con el golpe real hacia la derecha.

Jaha no cayó en la finta.

Se movió hacia adentro en lugar de retroceder, dejando que el golpe pasara por encima de su hombro, y en el momento exacto en que el peso de Fang Ruochen se había comprometido en esa dirección aplicó presión en el punto preciso de su rodilla delantera.

El discípulo de nivel uno etapa avanzada cayó de rodillas.

Sin golpe visible.

Sin técnica de cultivo aparente.

Como si su propio movimiento lo hubiera llevado ahí.

El silencio duró dos segundos.

“¿Cedes?” preguntó Jaha.

Completamente normal.

Como si hubiera preguntado si quería más té.

Fang Ruochen lo miró desde abajo.

Rabia.

Y debajo — la comprensión incómoda de que no tenía una explicación que salvar la situación.

“Cedo.” Jaha asintió.

Se dio la vuelta y caminó hacia su cuarto.

Moshi, que había llegado a tiempo para ver los últimos treinta segundos desde el borde del grupo, cerró su libro despacio.

Anotó algo en el margen de la última página.

* * * El cuarto estaba vacío cuando cerró la puerta.

Jaha esperó tres segundos por si alguien pasaba por el corredor.

Después se dobló sobre sí mismo y apoyó una mano en la pared.

El costado donde Fang Ruochen lo había golpeado ardía de una forma que durante el combate había mantenido perfectamente fuera de su expresión.

El nivel uno etapa avanzada no era poca cosa — la diferencia de etapa en el mismo nivel producía una brecha de energía real, y esa brecha se manifestaba en golpes que llegaban con más fuerza de lo que el cuerpo sin cultivo funcional podía absorber limpiamente.

Sintió el sabor antes de que llegara.

Se apartó de la pared y llegó a tiempo.

Sangre.

No mucha.

Suficiente.

Se limpió la boca con el dorso de la mano y se sentó en el suelo con la espalda contra la cama.

El dolor era manejable — había aprendido esa palabra en las dos semanas después de la masacre y seguía siendo útil.

Manejable.

No fatal.

No permanente.

Fuera, en algún lugar de la secta, ocho discípulos seguían procesando lo que habían visto.

Eso era lo que importaba.

En este mundo el respeto no se pedía.

No se explicaba.

No llegaba por ser el elegido del patriarca ni por tener talento en Daos que nadie podía evaluar todavía.

Llegaba cuando los demás entendían que había un coste en ignorarte.

Fang Ruochen lo entendía ahora.

Los ocho que miraban también.

El dolor del costado era el precio de esa lección.

Era un precio razonable.

Jaha cerró los ojos y esperó a que pasara.

* * * Esa noche no durmió.

El dolor cedió gradualmente — su cuerpo, más resistente de lo que su nivel de cultivo sugería, hacía ese trabajo solo.

Pero había otra cosa que no lo dejaba descansar.

Algo que había comenzado durante el combate cuando los pendientes respondieron y que no había terminado de resolverse.

Se sentó en el suelo con la espalda contra la cama y cerró los ojos.

Las dos corrientes del Sello Dual se movían como siempre.

Pero esta vez había algo diferente en la forma en que las percibía — como si el combate, la presión real, hubiera abierto un ángulo de visión que el entrenamiento ordinario no producía.

No intentó forzar la resonancia.

Solo observó.

Y observando, notó algo que había estado ahí desde el principio sin que pudiera verlo: las dos corrientes no eran completamente paralelas.

Tenían una inclinación mínima — casi imperceptible — que las llevaba levemente hacia el mismo punto lejano.

No se tocaban.

Pero apuntaban en la misma dirección.

Como dos caminos que convergen muy lejos pero que desde donde estás parecen imposibles de cruzar.

Jaha permaneció con esa comprensión un tiempo sin cuantificar.

Cuando abrió los ojos el cuarto tenía la luz de las tres de la mañana.

Algo en su Sello Dual era diferente — no de forma que ningún instrumento pudiera medir todavía.

Pero diferente.

La etapa inicial del primer nivel había dado un paso hacia la intermedia.

Pequeño.

Real.

Suyo.

* * * Se quedó dormido con la espalda contra la cama y el suelo frío bajo él.

Y en ese espacio entre el sueño y la vigilia, donde la mente suelta el control sin haberlo cedido completamente, ocurrió algo nuevo.

Una voz.

No era un sueño.

Era más preciso — más deliberado.

Dos palabras que llegaron con una claridad que las imágenes y sensaciones de las semanas anteriores nunca habían tenido.

Una voz que venía de la presencia que vivía en él desde la noche de la masacre — esa presencia sin nombre ni forma que hasta ahora solo había comunicado sensaciones y fragmentos.

Esta vez fueron palabras.

“Bien hecho.” Jaha se despertó de golpe.

El cuarto en silencio.

La presencia dentro de él igual que siempre — sin forma, sin nombre.

Pero ahora con algo añadido que antes no estaba.

Algo inconfundiblemente intencional.

Alguien había hablado.

No como pensamiento propio — desde dentro de su alma, con una voz que no era la suya.

Jaha permaneció inmóvil en el suelo.

Después dijo, en voz baja, al silencio del cuarto: “¿Quién eres?” No hubo respuesta.

Pero tampoco hubo el silencio vacío de antes.

Había algo en el cuarto que no estaba ahí antes de dormirse — la diferencia entre una habitación donde no hay nadie y una donde hay alguien que eligió no hablar todavía.

Jaha cerró los ojos.

No volvió a dormirse en mucho tiempo.

Fin del Capítulo 7 REFLEXIONES DE LOS CREADORES Yeiler Primera pelea, primera victoria, primera voz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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