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El Soberano de las Cenizas - Capítulo 8

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  3. Capítulo 8 - 8 Capítulo 8- El hombre de la voz
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8: Capítulo 8- El hombre de la voz 8: Capítulo 8- El hombre de la voz El comedor olía igual que siempre.

Jaha llegó a la hora de siempre, se sirvió lo mismo de siempre, y se sentó en el banco del fondo con la expresión de alguien que durmió exactamente bien.

Nadie que lo mirara habría dicho que esa mañana el costado le ardía con cada respiración profunda o que había pasado la mitad de la noche en el suelo sin poder volver a dormirse.

Eso era el punto.

Moshi llegó cinco minutos después.

Tres libros, sin mirar a nadie, directo al banco.

Se sirvió.

Abrió el libro del medio.

Desayunaron en silencio durante un rato.

“Los pendientes son de piedra negra del río sur” dijo Moshi sin levantar la vista.

“¿Qué?” “Los que llevas.

El material.

Piedra negra del río sur, mezclada con algo que no identifico.

No es una combinación que esté en ningún texto de esta secta.” Jaha lo miró un momento.

“Los hice yo.” Moshi pasó una página.

“Ya lo sé.” Y no dijo nada más.

Jaha tampoco.

Al otro lado del comedor, Fang Ruochen entró con dos discípulos.

Buscó asiento sin mirar hacia el banco del fondo.

Eligió el extremo opuesto.

La distancia entre ambos no era hostilidad.

Era algo más útil que eso.

* * * El patriarca estaba esperando cuando Jaha llegó al pabellón.

“¿Cómo está el costado?” Jaha no preguntó cómo lo sabía.

En un espacio del tamaño de la Qingtian Zong las noticias llegaban solas.

“Bien.” “Bien” repitió Shen Kaiming con el tono de quien escucha una respuesta y la archiva sin cuestionarla.

Se sentó y sirvió té para los dos.

Jaha tomó la taza sin que se lo pidieran y esperó.

“Hoy no trabajamos técnicas de cultivo” dijo el patriarca.

“¿Entonces?” Shen Kaiming empujó hacia él una hoja de papel en blanco y un pincel.

“Escribe algo.” “¿Sobre qué?” “Lo que salga.” Jaha miró el papel.

Miró el pincel.

Miró al patriarca que lo observaba con esa atención tranquila que tenía para todo.

Tomó el pincel.

No pensó en qué escribir.

Eso habría producido algo calculado y el patriarca acababa de pedirle explícitamente lo contrario.

Dejó que la mano se moviera antes de que la mente pudiera interferir.

Tardó menos de un minuto.

Cuando lo soltó había un verso en el papel.

Corto.

Ocho caracteres organizados en dos líneas que no pertenecían a ninguna forma clásica que Jaha hubiera aprendido conscientemente.

Shen Kaiming lo tomó.

Lo leyó.

Lo leyó de nuevo.

Jaha no pudo leer su expresión — y eso era inusual.

Shen Kaiming era de las pocas personas cuya cara siempre le había resultado legible.

“¿Sabes lo que escribiste?” “Palabras” dijo Jaha.

“Sí” dijo el patriarca.

“Entre otras cosas.” Dobló el papel con cuidado — con el cuidado específico que se usa para cosas que no se quieren perder — y lo guardó en el interior de su ropa.

“Mañana seguimos con técnicas.

Hoy ya terminamos.” Jaha salió del pabellón con la sensación de que algo había ocurrido sin que pudiera señalar exactamente qué.

* * * Tarde.

Cuarto.

Solo.

Jaha llevaba media hora sentado en el suelo con la espalda contra la cama — la misma posición de la noche anterior, pero esta vez con intención.

No esperando el duermevela.

Despierto, consciente, con la atención enfocada hacia adentro de una forma que todavía no tenía nombre ni técnica.

Las semanas anteriores la presencia había llegado sola — imágenes, sensaciones, fragmentos que aparecían sin que él los buscara.

Esta vez decidió buscarla.

No sabía si funcionaría.

Cerró los ojos.

Respiró.

Dejó que el silencio del cuarto se asentara.

Nada al principio.

El sonido lejano de la secta al final del día.

El viento afuera.

Después — algo.

No inmediato.

Como cuando esperas que tus ojos se acostumbren a la oscuridad y gradualmente el negro absoluto empieza a tener matices.

La presencia estaba ahí.

Siempre había estado ahí.

Pero esta vez había algo diferente en la forma en que respondía a su atención — como reconocer que alguien te mira directamente en lugar de solo sentir su presencia en la periferia.

“¿Puedes escucharme?” preguntó Jaha en voz baja.

Silencio.

Después llegó — con esfuerzo, como si cada palabra tuviera que abrirse camino desde muy adentro: “Te escucho.” Jaha no se movió.

Procesó.

“¿Quién eres?” Una pausa más larga esta vez.

No de indecisión — de algo más parecido a considerar cómo responder una pregunta cuya respuesta completa requeriría más tiempo del que ambos tenían ahora.

“Alguien que también fue traicionado” llegó finalmente.

“Por su propia sangre.” Esas palabras resonaron en la cabeza de Yeon Jaha.

El silencio que siguió tenía un peso específico.

Jaha abrió los ojos.

El cuarto seguía igual.

La presencia seguía ahí — pero algo en la relación entre ellos había cambiado de forma irreversible en los últimos treinta segundos.

Ya no era solo algo que habitaba en él sin su permiso.

Era algo que había elegido hablar.

Y que acababa de decir exactamente lo suficiente para que Jaha supiera que no era una alucinación, no era un efecto del Sello Roto, no era ninguna de las explicaciones que había estado barajando durante semanas.

Era alguien.

“¿Puedes seguir hablando?” preguntó.

“No hoy” respondió la voz.

Y en esas dos palabras había algo que no era debilidad exactamente — era el límite real de algo que todavía estaba encontrando la forma de existir de una manera nueva.

“Mañana.” Y después silencio completo.

Jaha permaneció sentado en el suelo durante un tiempo que no midió.

Después se levantó, fue a la ventana, y miró el jardín de la Qingtian Zong en la oscuridad.

Alguien que también fue traicionado por su propia sangre.

No sabía todavía quién era.

Pero sabía una cosa: no estaba solo en esto de una forma que iba mucho más allá de tener a Moshi al otro lado del pasillo.

* * * Trabajó en los pendientes hasta medianoche.

El problema era simple: la función que había conseguido en el primer intento funcionaba bien cuando la necesitaba urgentemente — en combate, bajo presión — pero en condiciones normales era errática.

Algunos momentos respondía, otros no.

Un artefacto así era peligroso de confiar.

Si fallaba en el momento equivocado era peor que no tenerlo.

Necesitaba estabilizarlo.

Desmontó la estructura interna con cuidado y la reconstruyó desde el punto donde la consistencia fallaba.

En el proceso usó lo último que le quedaba de algo que había guardado desde la noche de la masacre — un fragmento pequeño de un material del Clan Yeon, parte de una joya menor que había llevado consigo sin saber exactamente por qué.

No conocía su composición precisa.

Pero algo de un gran clan nunca era simple, y ese fragmento respondió a la energía de sus manos de una forma que los materiales del depósito de la secta nunca habían hecho.

El resultado fue diferente.

La función se mantuvo estable sin esfuerzo adicional durante periodos mucho más largos.

No perfecta todavía.

Pero confiable — y confiable era lo que necesitaba.

El fragmento del Clan Yeon se había agotado en el proceso.

No había más.

Con sus recursos actuales conseguir algo equivalente sería imposible.

Lo tendría en cuenta.

Intentó añadir una segunda capa antes de dormir.

No lo consiguió completamente — pero en el proceso de fallar descubrió que combinar los dos materiales principales de cierta forma producía una resonancia con la Corriente del Alma que ninguno producía por separado.

No era lo que buscaba.

Podría ser más útil.

Lo guardó.

Los mejores artefactos no eran los que se construían de golpe sino los que se entendían primero.

* * * Tres semanas llevaba en la Qingtian Zong y no había notado lo que ocurría cada tarde en el jardín central.

Era fácil entender por qué.

Sus días eran una sucesión de pabellones, jardines de entrenamiento y su propio cuarto — siempre moviéndose de un punto al siguiente con la cabeza en lo que venía después, sin detenerse a mirar lo que ocurría a su alrededor.

El tipo de ceguera que produce enfocarse demasiado en uno mismo.

Esa tarde, por primera vez, se detuvo.

Se reunían.

No formalmente.

No con la estructura de una ceremonia o una asamblea.

Simplemente — los discípulos que habían terminado sus tareas del día se juntaban en el jardín central alrededor del árbol sin nombre, sin que nadie lo hubiera organizado, porque era lo que hacían.

Algunos traían cosas en qué trabajar.

Otros solo se sentaban.

Los maestros pasaban y a veces se quedaban y a veces seguían.

Shen Kaiming salió en algún momento con una tetera y sirvió sin preguntar a nadie si quería.

Jaha lo observó desde el corredor durante un tiempo.

Había algo en esa imagen que le resultaba completamente ajeno a la forma en que el Clan Yeon funcionaba — donde las jerarquías eran visibles en cada interacción, donde los patriarcas no servían té, donde los espacios de descanso eran individuales y privados.

Y al mismo tiempo había algo que reconocía sin poder nombrarlo exactamente.

Se quedó en el corredor.

Moshi pasó a su lado con un libro bajo el brazo, vio lo que Jaha miraba, y se detuvo brevemente.

“Llevan así desde antes de que yo llegara” dijo.

“¿Todos los días?” “Todos los días que no llueve.

Y algunos que sí.” Siguió caminando hacia el jardín.

Jaha permaneció en el corredor un momento más.

Después, sin haber tomado ninguna decisión consciente, caminó hacia afuera.

Se sentó en el extremo más alejado del grupo.

No habló con nadie.

Pero estaba ahí.

Shen Kaiming pasó cerca con la tetera.

Sirvió en la taza que Jaha no recordaba haber tomado.

No dijo nada.

Solo siguió.

Jaha miró el árbol sin nombre en el centro del jardín.

Las ramas tenían la forma específica de algo que lleva décadas creciendo exactamente donde quiere, sin que nadie le haya dicho en qué dirección ir.

Se quedó hasta que oscureció.

Fin del Capítulo 8 REFLEXIONES DE LOS CREADORES Yeiler Primera conversación real con la voz.

Alguien que también fue traicionado por su propia sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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