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El Trono de las Bestias - Capítulo 54

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Capítulo 54: Capítulo 53: Deseo.

Capítulo 53: Deseo.

Daenerys sintió un gélido escalofrío recorrerle la espalda.

Todo sucedió muy rápido, el sonido de la carne desgarrándose y Daenerys moviéndose hacia el ruido sin importar qué.

Ella nunca había sido una combatiente, ni mucho menos una fiera luchadora callejera, sus talentos se encontraban en dirigir y rápidamente lideraba a la mayoría de grupos a los que llegó a pertenecer.

Sin embargo, su fidelidad en conjunto con el terror la hizo actuar en consecuencia; nunca dejaría que nadie tocase a uno de los suyos sin consecuencias.

Aún sin ser una peleadora callejera, Daenerys siempre se encontraba preparada para el peor de todos los casos. De su cintura había tomado casi instintivamente una daga desgastada con la cual se había hecho ya un tiempo atrás.

Aunque no podía ver lo que había cerca suya, no lo requirió, los quejidos de Emet le revelaron dónde se encontraba y supo que incluso entre todo el caos, Bela cuidó a los gemelos impidiendo que se acercaran al peligro.

Lo que solo dejaba un resultado.

Fue precisa y quizá incluso algo temeraria cuando extendió su mano vacía, tocando algo. Sintió parte de la ropa que rodeaba el gambesón duro de los guardias.

Y golpeó.

Escuchó un quejido del otro lado.

—¡Hijo de perra!

Daenerys no tuvo tiempo de reaccionar, pues algo tiró de ella hacia atrás, sacándola de su estupor y de su instinto de supervivencia.

El ruido volvió a sintonizarse con su realidad, y fue consciente, nuevamente, de la situación en la que se encontraba.

«¿Por qué actué así?» se preguntó en sus adentros, cuando repentinamente cayó en cuenta sobre quién importaba.

Emet, el joven había sido probablemente cortado por uno de los guardias.

Sus quejidos se volvieron más silenciosos, pero aún presentes entre el caos del ruido.

Daenerys tanteó el agua con una mano. ¿En qué momento se tropezó? Recuperó la fuerza en una de sus rodillas y finalmente logró tocar a Emet.

A través de su tacto sintió la fuerza y la tensión de lo que creyó fue uno de sus brazos.

Aún seguía sosteniendo la rejilla.

—¡Ah!

Emet rugió, sus molestias reemplazadas por un rugido salvaje casi feral, teniendo más semejanzas con una bestia que con un humanoide.

Un ruido singular fue escuchado, el del metal cediendo, aprovechando que aún se encontraba cerca del suelo, Daenerys extendió su mano, tocándola.

Se estaba volviendo a alzar.

—¡AH!

Emet volvió a rugir; sus pulmones posiblemente habían expulsado todo el aire que se encontraba dentro de ellos, mientras las rejas se alzaban, finalmente permitiendo el paso de alguien.

«Es nuestra hora.»

Daenerys rápidamente se puso en posición, acomodándose y casi pasando del otro lado.

Cuando se detuvo.

Un pensamiento traicionó su mente, deteniéndola de cumplir una de las partes más importantes de todo su plan.

¿Emet podría pasar?

—Vámonos, Daenerys—. Escuchó como un débil susurro a su costado.

La idea siempre fue que Emet alzara la reja y cruzase al final, su fuerza física fue suficiente como para resistir y pasar, dejando caer la rejilla detrás suya.

¿Pero ahora?

Su mente se encontró en conflicto, entre dos de sus objetivos más deseados.

Llegar a la habitación y que todos cruzasen con ella.

Daenerys tuvo que actuar.

Pero ¿cuál se supone que era la respuesta correcta?

…

Beltrán chapoteó detrás suyo; tambaleándose y cojeando de una pierna, sintió el peso de una de sus piernas adoloridas.

A duras penas había logrado acceder a la trampilla que llevaba al subterráneo, sin embargo, no tuvo tiempo para descender por las escaleras como lo hizo habitualmente; con los cosechadores casi alcanzándolo, tuvo que arrojarse directo al alcantarillado apenas tuvo la oportunidad.

Una caída de poco más de 5 metros le esperó; aunque había logrado reducir gran parte del daño cayendo sobre un cúmulo de agua y basura, una de sus piernas sufrió las consecuencias de tal caída.

Se arrastró cojeando lejos de los túneles principales, aunque este no tardó en ser perseguido nuevamente.

Los cosechadores no se cansaban, implacables y obsesivos.

Beltrán desconocía cómo llegó a afectarles el alba dorada; aun así, viendo el caso y aplicando lo conocido sobre el alba, las esperanzas de revelar su identidad como noble para salir con vida se esfumaron, hundiendo su corazón en desesperación.

Ya no existían atajos, no hubo manera de desviarlos ni distraerlos. Aquello se había vuelto una carrera contra el tiempo.

Beltrán aprovechó la poca distancia que logró conseguir para sumergirse en el interior de los túneles. Aunque desconocía por completo los caminos, fue sencillo perderse.

Solo tuvo que empezar a girar erráticamente de un lado a otro, la luz desapareció lentamente, dejándolos únicamente con sus otros sentidos como guía.

Como esperaba, aquello no detuvo a los cosechadores, el ruido de sus pisadas fue suficiente como para poderlo seguir con la misma tenacidad que lo habían hecho hasta ahora.

Beltrán finalmente escuchó un chirrido justo detrás suyo, cuando lo inevitable sucedió.

Fue alcanzado.

Uno de los guardias detrás suyo finalmente logró taclearlo, haciendo que ambos cayesen de costado; el cosechador había logrado acercarse a Beltrán eludiendo los errores que los anteriores cosechadores habrían cometido.

Beltrán sintió el peso ajeno encima suyo mientras se retorcía, intentando liberarse.

Para su mala suerte, la fuerza superior del cosechador lo hizo mantenerse en su lugar.

Encima de Beltrán, el cosechador puso una de sus rodillas en su espalda, mientras con ambos brazos intentó inmovilizarlo.

Beltrán buscó alcanzar la daga que tenía escondida entre sus cosas, en un desesperado intento de quitárselo de encima.

Sin embargo, el cosechador atrapó con sencillez su golpe, torciéndole el brazo y dominándolo con facilidad.

Aún sin sendas especiales, los reclutadores tenían entrenamiento militar avanzado y una fuerza muy superior a la de Beltrán.

Aunque la diferencia no fue tanta como la que notó con Sir Aliss o el galibrano bandido, definitivamente no era algo con lo que un niño podría lidiar.

El cosechador carraspeó su garganta, mientras dejaba que su peso cayera contra la espalda de Beltrán con aún más fuerza.

Y habló, su voz tanto grave como desgarrada.

—Serás purgado y tu resplandor no cegará a nadie más, hereje de la luz.

Exclamó, alcanzando algo afilado en su cintura.

Beltrán escuchó el metal de su guadaña de cosecha deslizándose por el aire, rebanándolo con facilidad antes de cargar con fuerza hacia abajo.

Y en ese instante.

Beltrán alzó la cabeza tanto como pudo, deshaciendo el velo ilusorio delante de su rostro.

Partículas luminosas se desprendieron cuando, de manera igual de abrupta, bajó la cabeza.

¡Splash!

El agua salpicó.

¡Crash!

Beltrán sintió calidez alrededor de su cuello. Una calidez que reconoció.

Sangre.

Su corazón latió agitado mientras sintió cómo el cosechador cayó por completo encima de él.

Inerte.

Rápidamente, se giró, empujando a duras penas el cuerpo del cosechador y quitándoselo de encima.

Aunque incapaz de ver, escuchó el sonido de su cuerpo al caer sin resistencia contra el agua estancada y acumulada.

Se quedó quieto, su respiración agitada hizo que su cuerpo subiera y bajara.

Esperó, por algún ruido que indicase alguna reacción de parte del cosechador.

Sin embargo, no hubo nada.

Estaba muerto.

…

—Vete.

Daenerys escuchó la débil y pesada voz de Emet, un susurro entre el caos de la situación.

Negándose a dejarlo atrás, se aferró a la reja que Emet tanto esfuerzo le tomó alzar.

No lo dejaría.

No cometería ese error, aun si le costaba la vida, Daenerys no dejaría a nadie atrás nunca más.

Durante sus tiempos vagando en los barrios bajos, ella fue incapaz de ayudar a otros niños, apenas manteniéndose viva por su propia cuenta.

La luz se asomó por el fondo de la habitación, indicando que no faltaba mucho para que los guardias restantes se hicieran presentes.

Con Emet debilitándose con cada segundo, el peso empezó a recaer en los débiles brazos de Daenerys.

Con un cuerpo pequeño y débil, apenas pudo con el peso de la gran rejilla sobre su cuerpo; sus antebrazos ardieron, sintiendo cómo cada músculo se tensaba, amenazando con desgarrarse.

Fue tonto pensar que aquello los habría hecho salir de esa.

Desde el otro lado, Bela y los gemelos debieron haber cruzado, preparándose para sellar nuevamente la entrada.

«Esto fue todo, lo siento, Emet.»

Daenerys se lamentó.

Sus brazos parecieron a punto de ceder al peso.

Y luego.

Ligereza.

.

.

.

—¿Uh?

Daenerys no dejó de sentir el peso de la rejilla, sus brazos aún la sostenían.

No había cedido.

En la oscuridad, Daenerys se desconcertó.

—Maldita sea.

Escuchó una voz esforzándose, la de Bela.

—Pasen de una vez.

Uno de los gemelos gimoteó, claramente haciendo un gran esfuerzo.

Reconoció la sensación de la rejilla y la cercanía de las voces. Comprendió por qué el peso de esta resultó mucho menor.

Ellos también la estaban cargando.

Una oportunidad que no habría esperado se presentó ante ellos.

Apretando los dientes, Daenerys no dudó en persistir.

Lentamente, la pequeña abertura en la reja se expandió; la suma de sus esfuerzos les permitió levantarla hasta la altura de la cintura de Daenerys.

Con un veloz movimiento, Emet y Daenerys se deslizaron por debajo, justo a tiempo antes de que una espada corta raspara contra el metal de las rejillas, creando chispas.

El lugar se iluminó apenas un poco en el tiempo que dura un parpadeo.

Daenerys pudo observar las siluetas de los guardias cercanos a las rejillas.

Aunque habían sido descubiertos, Daenerys decidió seguir con el plan.

—Jozh, Valar—. Llamó Daenerys.

Los jóvenes, quienes finalmente soltaron las rejillas, no dudaron en tomar de entre sus cosas otros dos frascos en mal estado.

Para Daenerys, Bela y Emet, tanto Jozh como Valar fueron por mucho los integrantes más importantes de aquel plan.

Los habían encontrado malheridos y golpeados en antaño, hijos de un alquimista deudor, quien los abandonó desapareciendo de Realta aun cuando eran muy jóvenes.

Los cobradores de deuda hicieron lo que quisieron con ellos, dejándolos medio muertos en un callejón.

Jozh y Valar eran los únicos miembros de su grupo que poseían estudios, específicamente en alquimia simple.

El sonido de los cristales de sus frascos rompiéndose contra la rejilla advirtió que debían retirarse.

Una luz rojiza se hizo notar cuando, aún sumergidos bajo el charco debajo suyo, la zona donde impactaron ambos frascos —el borde de la rejilla— empezó a fusionarse con el suelo; el metal viejo recuperó parte de su antiguo color mientras se calentaba al rojo vivo.

Sin embargo, ninguno de los miembros del grupo de Daenerys se quedó a observar, corriendo hasta el fondo del pasillo.

Corrieron tanto como sus piernas se lo permitieron; escucharon el ruido de las saetas romperse detrás suyo cuando la luz llegó y los guardias apuntaron a través de los espacios de las rejillas contra ellos.

Con cada paso, el ruido de los gritos de los guardias se volvió más escaso, hasta finalmente ser solo un susurro fundido con el inmenso subterráneo.

Allí, Emet finalmente pudo dejarse caer.

Valar encendió una luz, utilizando un recipiente de metal recortado como base; el brillo fue de un sutil color anaranjado crepitante.

Allí, parte del aparentemente interminable pasillo se reveló, extendiéndose sin aparente fin, aunque aquello solo fueron unos cuantos metros, pues la luz no fue especialmente extensa. Aun así, tampoco lo suficiente como para que consideraran seguro permanecer ahí mucho tiempo; aún existía la posibilidad de que los guardias conociesen alguna otra entrada o método para abrir la reja que ellos desconocían.

Emet se sentó contra la pared, su cuerpo poseía una capa de sudor combinada con los residuos del subterráneo.

—Déjame ver tu herida.

Expresó Daenerys, tomando la mano que Emet sostenía contra su costado.

El cuerpo de Emet era alto pero delgado, sus huesos podían ser visibles a través de su piel.

Cuando finalmente Emet retiró su mano, Daenerys pudo observar parte del hueso blanco y su piel rasgada y cortada.

Sangraba considerablemente, no obstante, el corte no había logrado dañar ningún órgano, ni tampoco era lo suficientemente profundo.

Nuevamente no pudo evitar sorprenderse ante la diferencia sutil, pero significativa, de aquellos que poseían sendas, por muy comunes que fueran.

Cualquiera de ellos probablemente habría quedado moribundo ante un impacto como aquel, si no es que muerto.

—Estarás bien.

Ella se quitó su capucha, poniéndola y presionándola contra el costado de Emet; el joven gruñó apenas un poco antes de apoyar su mano en la tela que poco a poco se humedecía con su sangre.

Aun si dolía y tenía mal aspecto, Daenerys presionó la tela por sus esquinas, metiéndola dentro de la herida de Emet con el fin de detener cualquier hemorragia.

Como portador de una senda, Emet se recuperaba mucho más rápido; en unas horas la herida dejaría de sangrar y, si se atendía adecuadamente, en unos días lograría recuperarse por completo.

Daenerys apenas hizo caso a sus propias heridas cuando Bela se las hizo notar.

Sus codos y rodillas sangraban debido a los tropiezos y a arrastrarse por los suelos; además, sus manos tenían cortes que se hizo durante su intento de alzar la reja.

Aun así, Daenerys seguía en una pieza, todavía podía continuar.

Tenían que avanzar.

La zona en la que se encontraban había sido remotamente investigada; el extenso pasillo finalmente los llevaría al sitio que, a excepción de quienes lo revisaron parcialmente antes de reportarlo, ellos serían los únicos en indagar sus adentros y pisarlo en más de 1,000 años.

—Daenerys—. Valar la llamó—. Sellamos la entrada temporalmente, parece que eso detuvo a los guardias, pero eso significa que también nos sellamos aquí mismo. ¿Qué deberíamos hacer?

La pregunta del joven la hizo asentir, algo distraída; las experiencias vividas la habían hecho disociar un poco de lo que les rodeaba.

¿Desde cuándo se dejaba llevar tanto?

No importó.

Daenerys recobró su determinación; Emet, su mejor y más capaz compañero, ahora se encontraba lo suficientemente herido como para no poder ayudar mucho sin empeorar su estado.

—Llegamos a considerar la idea de que habría más guardias según lo previsto—. Dijo Daenerys, intentando formular un nuevo plan.

—Sí, pero nuestro plan original era desviarlos de la entrada mientras los demás escapábamos—. Interrumpió Bela—. La idea de sellar la entrada solo era en casos muy desesperados, nunca pensamos qué hacer después de eso.

El plan original que habían trazado consistía en crear una distracción y dejar que Bela o Emet —los únicos capaces de ver en la oscuridad— distrajeran a los guardias, apagando sus lámparas para hacerlos seguirlos.

Con su conocimiento superior del alcantarillado, hacerlos perderse sería simple.

Aquel había sido el plan al que Beltrán habría accedido originalmente; Daenerys, aún incierta de la cantidad de guardias, le habría engañado, alegando que como máximo habría cuatro guardias en vigilancia.

Ahora, con Emet lastimado, la rejilla sellada y todos dentro, el plan había sido sobrepasado al punto en que reescribirlo era la única opción.

Bela, Jozh y Valar estaban ansiosos e inseguros sobre qué les depararía.

Sin embargo, Daenerys les sonrió.

—Sí, lo sé. Aun así, están olvidando que seguimos en el alcantarillado—. Expresó, dejando una pausa—. Eso significa que el almacén debe tener una conexión con otros túneles menos explorados.

Daenerys, siendo una de las principales pioneras en la exploración de las alcantarillas, conocía cómo el sistema de túneles estaba entrelazado en un aparente infinito de subdivisiones.

Solo debía saber cuál camino los llevaría hacia arriba… y cuál los sepultaría aún más.

…

Beltrán guardó su daga mientras observaba el cuerpo inerte del cosechador.

Sus manos se posaron encima del cuerpo, notando aquello que causó la caída del cosechador.

«Por un momento dudé si es que ustedes también podían morir.»

En el pecho del cosechador, un gran agujero del tamaño del puño de Beltrán lo había atravesado y salido por la espalda, destrozando su columna y costillas en el proceso.

Había apostado a sumergirse en lo más profundo del alcantarillado, esperando llegar hasta aquel ruido singular; alguien sin la percepción auditiva que tenía Beltrán solo notaría, en primera instancia, un extraño chirrido.

Finalmente puso a prueba lo que aprendió cuando aquello que ocasionaba ese ruido casi lo asesina al generar, aunque fuese, una tenue iluminación.

Beltrán desconocía la dirección de la que provenía; aun así, con el cosechador encima suyo, no tuvo más opción que depender de su última referencia, pues antes el proyectil que se le había arrojado provino desde un punto incierto adelante del túnel.

Finalmente corroboró lo que ya había sospechado.

Aquel proyectil tenía la suficiente potencia como para atravesar la cota de malla que recubría el torso de los cosechadores.

Eso significaba que—

—Pueden morir —dijo por lo bajo Beltrán.

Acompañado por el tenue eco de su voz, el sonido de las pisadas provenientes del resto de los cosechadores acercándose se hizo cada vez más próximo.

No podía continuar huyendo.

«Solo me queda una opción.»

Enfrentar a los cosechadores restantes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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