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El Trono de las Bestias - Capítulo 55

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Capítulo 55: Capítulo 54: Deseo parte 2.

Capítulo 54: Deseo Parte 2.

«Así que son conscientes de que algo lo mató.»

Beltrán se mantuvo erguido, con sus sentidos e instintos en su máxima capacidad, una mezcla de la adrenalina que habría sentido durante su intercambio más reciente.

En una de sus manos sostuvo una daga; esta no pertenecía a Beltrán, sino al cosechador asesinado, siendo arrebatada cuando examinó su cuerpo.

Del otro lado, los cosechadores, al igual que en la ocasión anterior, llegaron sincronizados; el peso de sus pisadas los delataba, estáticos pero presentes.

Como si supieran que continuar avanzando sin haberse reagrupado podría ser fatal.

No preguntaron.

No se movieron.

Beltrán captó aquello; de sus entrenamientos en combate con Sir Aliss, aunque no mencionado por él, los instintos solían advertir cosas que la mente consciente no solía conocer.

Como el peligro.

Todos se negaron a actuar primero.

Y allí, el chirrido fue audible.

Beltrán fue el primero en moverse; en esta ocasión no retrocedió, sino que avanzó hacia los inquisidores como si estuviera listo para estamparse contra ellos.

Splash

Splash

Splash

Sus pisadas salpicaron agua cuando repentinamente cambió de dirección, lanzando su cuerpo hacia un costado y arrojando la daga al sentido opuesto.

La daga salió disparada de su mano en dirección a uno de los cosechadores, quien pareció incapaz de percibirla acercándose a través del aire.

Sin embargo, Beltrán escuchó el sonido del metal chocando cuando el cosechador terminó atrapando y desviando la daga utilizando la armadura alrededor de su mano para frenarla.

Beltrán escuchó las saetas perforar el aire cuando estas viajaron a un costado suyo, en el sitio donde antes se encontraba.

Aunque sin un sentido de la audición tan agudo como Beltrán, los inquisidores parecieron tener una percepción lo suficientemente aguda como para suponer dónde se encontraba.

Beltrán extendió su mano hacia delante, justo cuando un inquisidor finalmente decidió avanzar chapoteando delante suyo.

Y antes de chocar contra el suelo, Beltrán pronunció unas palabras en un idioma antiguo.

Saeta en llamas.

El prana se filtró a través de sus conductos, emergiendo como una poderosa fuerza de choque con forma de saeta.

Las llamas empezaron a formarse, dejando que un atisbo de llamarada estuviese a punto de materializarse.

Los cosechadores parecieron comprender la amenaza delante suyo: un taumaturgo exterior.

Preparados para recibir el impacto, corrieron en línea recta hacia Beltrán; una regla simple de combate: teniendo una distancia entre ambos, ganaba aquel con mayor dominio sobre su rango de ataque.

Aunque Beltrán pudiese conectar un golpe definitivo, no podía asesinar a cuatro cosechadores antes de que llegaran a él.

Estaba condenado a la derrota.

Y sin embargo, nada emergió además de una ascua de la mano de Beltrán.

Incapaz de observar un objetivo claro, su sigilo se esfumó en su mano.

Los sigilos no resultaron tan simples como Beltrán se lo había planteado en un inicio; tanto su velo ilusorio como la saeta en llamas poseían un requerimiento en común:

Su percepción sobre el espacio que le rodeaba.

Lo que significaba que, sin una idea clara de los objetos, individuos y distancias, sus dos conjuros serían inútiles, habiéndose manifestado solo para dispersarse al no cumplir los requerimientos específicos del sigilo.

Crash.

Beltrán sintió su hombro ser raspado y cortado por algo a alta velocidad cuando escuchó el estruendo del metal partiéndose en conjunto con huesos rompiéndose.

No hacía falta ver para saber lo que sucedió: aquel proyectil siguió su trayectoria, rozando a Beltrán e impactando directamente contra dos cosechadores.

Aún incapaz de verlos, Beltrán escuchó el ruido de sus cuerpos salpicar al caer contra el agua.

Sin embargo, aquello no los detuvo ni desmotivó; los inquisidores con ballestas apuntaron hacia la zona donde escucharon el salpicar de Beltrán.

Siendo incapaz de esquivar algo mientras su cuerpo seguía en movimiento, fue capaz de escuchar el silbido de las saetas al cortar el aire en dirección hacia él.

Crack.

Por un momento, los cosechadores parecieron desconcertados o, por lo menos, desorientados, pues aquel no había sido el ruido que buscaron oír.

En lugar de un quejido, el sonido de una piedra desmoronándose fue lo único audible.

Beltrán no solo se había arrojado a un costado aleatorio, sino contra una de las rocas sobresalientes del subterráneo, utilizándola como cobertura.

Aprovechando el desconcierto momentáneo, se alzó, recargando su espalda contra la húmeda pared de piedra. Ambas terminaban formando una cobertura que, aunque segura para alguien pequeño, le restringía cualquier método de ataque a distancia.

Lo mejor hubiese sido que los inquisidores corrieran en su dirección, permitiéndole contraatacar con otra saeta en llamas y dejar que los proyectiles los asesinasen.

Sin embargo, aquel no fue el caso.

Beltrán no escuchó ruido.

Aun así, el sonido de las gotas cayendo y las leves fluctuaciones en el agua le indicaron que, efectivamente, aún persistían en la misma zona.

Quietos.

«Mierda», dijo Beltrán en sus adentros. «Descubrieron que algo anda mal con la luz; saben que saltar a atacarme no servirá ahora que estoy cubierto.»

Como máquinas, los cosechadores presentaron un temple sólido e indiferente, como si realmente no hubiese habido reacción alguna al morir tres de los suyos, la mayor parte de su grupo original.

Justo ahí, Beltrán se detuvo, extrañado por sus propios pensamientos.

«¿Solo quedan dos? Eso es imposible; en la plaza había seis… ¿en qué momento desapareció uno?»

Sin una idea clara, Beltrán supo que no era momento de cuestionárselo; ambos cosechadores aparentaron estar listos para actuar cuando el sonido del agua chocando con sus botas nuevamente fue audible.

«Concéntrate, ahí vienen.»

…

Daenerys caminó en silencio; delante suyo, Bela lideraba. La tenue luz que cargaban apenas iluminaba poco más de un metro delante suyo. La visión de Bela era superior, pudiendo captar cosas a una mayor distancia.

Finalmente, el pasillo pareció concluir, dándole paso a una extensa sala, lo suficientemente grande como para que incluso Bela fuese incapaz de encontrar su final.

—¿Este sitio…? —preguntó Jozh.

Daenerys asintió.

—Este es el almacén de los tiempos de la gran guerra.

Aunque la gran guerra ya había concluido hace más de 1,500 años, los restos y secuelas de la misma aún seguían estando presentes en el presente; un gran ejemplo fue el valle antiguo.

Con la batalla de las grandes facciones, como lo fue la resistencia o la misma iglesia del alba eclipsada, muchas zonas designadas fueron utilizadas como almacenes de armamento antiguo, ya fuesen objetos mágicos o tecnologías que hoy en día se encontraban estrictamente prohibidas, cuyos métodos de fabricación se han perdido con el tiempo.

Daenerys avanzó en silencio; tanto ella como Bela decidieron moverse en conjunto, dejando que la luz que portaba una y la visión de la otra poco a poco desvelaran los secretos que la inmensa habitación ocultaba ante ellos.

Según se sabía, el sistema de alcantarillado fue una creación de los tiempos de la era antigua, mientras que el almacén debió haber sido construido tiempo después, utilizando el alcantarillado como base para crearlo.

La zona no era espectacular; sin embargo, un aire de misterio impregnaba el ambiente.

Sus suelos parecían estar hechos del mismo material rocoso pero duradero que las alcantarillas poseían, con la excepción de que estos tenían pequeños surcos, como canales pequeños, a través de los cuales el agua cruzaba libremente.

Parecía moverse sin un patrón aparente, pero Daenerys supuso que eran parte de alguna clase de simbolismo o escrito que eran incapaces de ver por la longitud del lugar en su totalidad.

«Aun si es sorprendente, no veo nada que realmente delate el porqué supusieron que era de la gran guerra.»

Aunque desconocía los medios empleados, tomando en cuenta que la rejilla pareció ser encontrada casualmente y luego explorada, dudaba que la magia hubiese tenido lugar en tal conclusión.

Conforme exploraban el sitio, Daenerys pudo observar a Bela en el límite de su visión. La joven semielfa se había detenido en seco, observando algo detenidamente; sus ojos parecieron encontrarse bien abiertos.

—¿Encontraste algo, Bela? —preguntó Daenerys tras observarla un poco más.

Bela asintió lentamente; en su rostro, una sonrisa algo complicada se formó con lentitud.

—Adelante nuestro hay algo…

Dejándose llevar por la curiosidad, Daenerys avanzó, suponiendo que por el tono de Bela no se trataba de una trampa.

Los demás la siguieron; lentamente, el tenue brillo anaranjado de su linterna dejó entrever las suaves curvas de un cuerpo rocoso.

Labrada en piedra profunda, una estatua de poco más de 3 metros de altura.

La roca profunda poseía un color oscuro azabache, usual en excavaciones muy profundas donde el suelo presentaba una resistencia mucho mayor.

La estatua poseía una imagen intimidante, pero sobre todo imponente; vestía una armadura teñida de azabache. En una de sus manos cargaba un gran escudo casi tan grande como su colosal torso.

En su mano opuesta, una espada poco más grande que el cuerpo del propio caballero; costaba creer que, aun con su cuerpo gigante, este fuese capaz de portarla y maniobrarla con eficiencia.

Dos luces rojas brillaron en su yelmo, ocultas tras la oscuridad.

—Es una estatua del caballero negro —exclamó Emet, quien se recargaba en los gemelos para avanzar.

«Así que fue esto lo que observaron los exploradores.» Daenerys se encontró, a duras penas, sonriendo, una leve tensión formándose en su pecho.

Si todo aquello era correcto, y las historias que alguna vez escuchó eran ciertas, entonces aquel almacén subterráneo no perteneció a la iglesia del alba eclipsada.

Sino a su mayor antagonista durante la gran guerra.

La resistencia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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