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El Último Portador - Capítulo 47

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Capítulo 47: Sangre en el hielo

El avance no se detuvo.

Las estructuras enemigas volvieron a deformarse al salir de la zona de escarcha.

Las lecturas colapsaron otra vez.

—Perdimos fijación —dijo Irina.

Mikhail no respondió.

El margen que habían ganado desapareció en segundos.

Las baterías continuaron disparando, pero los impactos volvieron a atravesar sin efecto o a disiparse antes de tocar superficie real.

—Las ventanas se están cerrando —añadió ella—. Cada vez duran menos.

El Tigre aún rugía sobre el mar, pero ya no forzaba la misma estabilidad.

El enemigo había aprendido.

—Ajusta otra vez —ordenó Mikhail.

—No hay patrón estable.

Silencio.

—Entonces dispara igual.

La siguiente descarga salió sin precisión total.

Algunos impactos conectaron.

La mayoría no.

La respuesta llegó de inmediato.

No desde un punto.

Desde todos.

Una sección completa de la línea Sevianko desapareció.

No explosión.

No fuego.

Solo ausencia.

—¡Contacto perdido! —gritó un operador—. ¡No hay restos!

El canal se llenó de estática.

—Están cambiando la fase —dijo Irina—. No permanecen en el mismo plano.

—Entonces no les des tiempo.

—No podemos fijarlos lo suficiente.

—No necesitamos fijarlos. Solo golpearlos.

Las baterías continuaron.

Durante un instante, varias estructuras enemigas quedaron visibles.

—Ahora.

Impactos directos.

Deformación real.

Pero no colapso.

El avance continuó.

La ruptura llegó desde abajo.

El mar se abrió.

No en oleadas.

En masa.

Tentáculos negros emergieron entre las naves.

Decenas.

Luego cientos.

—¡Contacto interno! —gritó la radio—. ¡Están dentro de la formación!

Los Claimoor no entraban.

Ya estaban.

El Polyarnaya Zvezda fue el primero en caer.

Un tentáculo atravesó el casco.

Luego otro.

Las torretas dispararon a quemarropa.

No penetraron.

—¡Abordaje confirmado!

Los disparos y los gritos se cortaron de golpe.

—Mantengan formación —ordenó Mikhail.

El Zimniy Tuman avanzó.

Los motores rugieron.

El acorazado se lanzó directo hacia el núcleo enemigo, abriendo paso entre distorsiones y criaturas.

A su alrededor, lo que quedaba de la flota intentó cerrarse.

—Tenemos una ventana —dijo Irina—. Breve.

Mikhail no respondió.

Ya sabía que no duraría.

El cielo se rompió.

No fue una explosión.

Fueron grietas.

Aberturas.

Tres.

Luego más.

—No… —susurró Irina.

De cada una emergieron nuevas estructuras.

No cien.

Más de doscientas.

El horizonte desapareció.

La formación Sevianko dejó de existir.

—No podemos sostener esto… —dijo Irina.

La sangre le corrió por la nariz.

—No podemos ganar.

Mikhail la miró.

—Lo sé.

Silencio.

—Pero no nos retiramos.

La masacre comenzó.

No fue caótica.

Fue precisa.

El Severnaya Korona perdió el puente en un solo impacto.

El Ledokol cayó cubriendo una retirada que ya no existía.

Los Claimoor se movían entre naves como si el campo de batalla les perteneciera.

No atacaban al azar.

Sabían dónde golpear.

Cada punto crítico.

Cada debilidad.

El Zimniy Tuman resistió.

Mikhail no se movió del frente.

El Tigre Siberiano destrozaba cada criatura que lograba abordar. Su magia congelaba el entorno, ralentizando el avance enemigo.

Por segundos.

Nada más.

La presión aumentó.

La marca en su brazo ardió hacia adentro.

Sus manos temblaron.

Sus dientes sangraron.

No se detuvo.

Entonces llegó el golpe.

No fue un Claimoor.

Fue algo mayor.

Un tentáculo atravesó el casco.

Luego otro.

Y otro.

Ocho en total.

La estructura se deformó.

Las runas brillaron.

Y se apagaron.

—Abandonen la nave —ordenó Mikhail—. Todos.

—¡Señor…!

—Ahora.

No hubo réplica.

Las compuertas se abrieron.

Los supervivientes saltaron al agua helada.

Irina fue la última en quedarse.

Se aferró a su brazo.

—No lo dejo.

Mikhail la miró.

Sin rango.

Sin distancia.

—Sí lo haces.

Posó una mano en su rostro.

—Tienes que contar esto.

Irina negó.

Él la soltó.

—Ve.

No gritó.

No hizo falta.

Irina saltó.

El frío la golpeó como una cuchilla.

Nadó.

No miró atrás.

El Zimniy Tuman crujió.

Los tentáculos se tensaron.

El acorazado se partió.

La explosión iluminó el hielo.

Mikhail Sevianko no gritó.

No dudó.

No retrocedió.

Se hundió con su nave.

La marca en su brazo se apagó.

El combate continuó.

Pero la flota Sevianko no.

Los supervivientes alcanzaron la costa.

Treinta y dos.

Irina contó los rostros.

Los cuerpos.

Las heridas.

Dejó de contar.

—Nos aniquilaron… —dijo alguien.

Irina miró el mar.

Las naves Kartnod.

Se reorganizaban.

Apretó los puños.

La sangre de Mikhail aún estaba en sus manos.

—No hemos terminado.

Los demás la miraron.

—Nos movemos en cuanto podamos —dijo—. Irlanda.

—¿Para qué?

Irina alzó la vista.

Sus ojos brillaron con un azul inestable.

Miró hacia el mar y vio las naves hundiéndose, una tras otra, mientras la magia de Mikhail levantaba una última barrera, conteniendo al enemigo el tiempo suficiente para que los sobrevivientes pudieran escapar.

El viento azotó la costa.

En la distancia, la flota Kartnod desapareció en la niebla.

La guerra no había terminado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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