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El Último Portador - Capítulo 48

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Capítulo 48: El eco de un rugido

El frío en la costa de Anadyer no era el mismo de antes.

No era solo el viento ni la temperatura. Era una ausencia. Un vacío que se filtraba en el pecho de cada sobreviviente, como si el aire mismo supiera que algo había cambiado para siempre.

Irina caminaba entre los cuerpos tendidos en la nieve sin decir una palabra.

Sus botas dejaban marcas profundas mientras avanzaba, pero no sentía el peso de sus piernas. Solo la presión en el pecho. La sangre en sus manos ya se había secado… pero seguía viéndola.

Treinta y dos.

Contó otra vez.

Treinta y dos supervivientes.

Rostros quemados por el frío. Miradas vacías. Algunos temblaban, no solo por la hipotermia, sino por algo más profundo: el terror de lo que habían enfrentado.

Las llamas en el mar seguían ardiendo. Cientos de cuerpos de sus compañeros flotaban en el agua.

Fragmentos de metal se divisaban donde hace solo unos minutos, se había dado esa feroz batalla.

Flotaban sobre las aguas donde minutos antes había estado el Zimniy Tuman. Ahora solo quedaban restos dispersos, hundiéndose lentamente entre placas de hielo fracturado.

El rugido del Tigre se había apagado.

Y la magia de Mikhail… había desaparecido.

Un soldado se acercó tambaleándose.

—Señorita Irina… los sistemas de comunicación… detectan movimiento.

Irina no respondió de inmediato. Cerró los ojos y, al abrirlos, brillaron de azul.

Extendió su percepción.

Inestable. Interferida.

El campo de batalla seguía vibrando.

—¿De quién se trata? —preguntó uno de los sobrevivientes.

—No lo sé —respondió Irina—. Tres firmas… puedo ver tres firmas de calor acercándose.

Irina entrecerró los ojos de nuevo.

—Son helicópteros —murmuró—. ¿Serán un equipo de rescate?

Irina no respondió.

Su mirada se apagó.

—Espero que sí… —dijo con voz entrecortada—. Prepárense por cualquier cosa.

Los supervivientes se reagruparon en silencio.

Algunos sostenían armas. Otros apenas podían mantenerse en pie.

Irina avanzó y se colocó al frente.

Un zumbido bajo se convirtió en una vibración en el pecho.

Luego, las siluetas.

Tres aeronaves descendiendo sobre el hielo.

El sonido de los motores, el viento… y de pronto tocaron el suelo.

Las compuertas se abrieron.

Varias figuras descendieron.

Uniformes negros.

Irina levantó su arma.

—¡Fuego a mi orden!

Las figuras levantaron las manos.

No avanzaron ni un paso.

—Somos de Atlas, División Oriental —dijo uno de ellos—. Bajen las armas.

Irina respiró profundo.

—Todos pueden bajar sus armas.

El viento soplaba entre ambos grupos.

—¿Quién los envió?

—El comando central perdió la señal de su flota hace unos treinta minutos, así que nos ordenaron venir a peinar el área con equipo médico. Y… disculpe, ¿qué carajos sucedió aquí? ¿Dónde está su flota?

—Fuimos aniquilados. Nos superaron por mucho… y Mikhail ha muerto.

El agente bajó la mirada un instante y prosiguió:

—Tenemos que evacuar. ¿Hay más sobrevivientes?

Irina miró a su alrededor.

—Solo somos nosotros… treinta y dos.

Nada más.

Apretó los dientes, y lágrimas corrieron por sus mejillas mientras recordaba las últimas palabras de Mikhail.

Los helicópteros despegaron poco después.

Irina iba sentada junto a dos heridos.

Miró por la ventanilla.

La costa se alejaba.

El mar seguía distorsionado.

Cerró los ojos.

La escena volvió.

La grieta.

Los Claimoor emergiendo desde rupturas en el espacio.

Apareciendo dentro de las naves.

Imposibles de anticipar.

—Retírense —había ordenado él.

—No lo dejaré.

—Sí lo harás…

Y con su magia… la lanzó lejos.

Irina apretó los puños.

Y no pudo contener el llanto.

Base Central de Atlas — Alemania

El informe llegó con alerta máxima.

El jefe de comunicaciones lo leyó en silencio.

—Avisa a todas las familias que el norte ha caído… y que Mikhail está muerto.

Mansión Orleans — Francia

Mientras todos estaban en la sala de mando, tratando de recuperar la calma después del ataque, el intercomunicador de Étienne sonó.

—Señor, recibimos un mensaje desde Alemania. Es sobre la batalla en Anadyer.

Noah y Eleonor se miraron.

Étienne estaba frente a ellos.

—¿Qué ocurre?

—Nos informan que fueron devastados… y que Mikhail ha muerto.

Todo quedó en silencio.

Eleonor no reaccionó al instante.

De pronto, los cristales de las ventanas comenzaron a cubrirse de escarcha.

—No es cierto… no es cierto. Mi abuelo no puede estar muerto.

—El informe es claro. Solo hay treinta y dos supervivientes.

Eleonor apretó los puños y se desplomó sobre sus rodillas.

—¡Él no puede estar muerto!

Una capa de hielo comenzó a extenderse por la habitación…

De pronto sintió algo sobre su espalda.

—Por favor, cálmate…

Noah la estaba abrazando.

—Tienes que tranquilizarte.

Eleonor lo miró a los ojos…

Y por primera vez en toda su vida, lo abrazó… y se puso a llorar.

—Llévala a la enfermería para que descanse —ordenó Étienne.

Noah asintió y la ayudó a ponerse de pie.

Se la llevó.

—¿Quién informó que la base Sevianko fue destruida? —preguntó Étienne por el intercomunicador.

—Un equipo de emergencia de Atlas rescató a los sobrevivientes. Entre ellos está Irina, la segunda al mando. Los están trasladando a una base de emergencia.

—Apenas estén a salvo, comuníquenlo de inmediato. Quiero hablar con ella.

—Para que nos diga qué sucedió.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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