El Vínculo de los Fragmentos: Crónica de las Bestias del Éter - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 Capítulo 18 Las Forjas de Umbrael
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18: Capítulo 18: Las Forjas de Umbrael 18: Capítulo 18: Las Forjas de Umbrael La montaña de Umbrael se alzaba como una aguja de obsidiana contra el cielo, envuelta en humo azul y relámpagos de éter que iluminaban grietas profundas en sus laderas.
A cada paso hacia la cima, Kael sentía el suelo vibrar bajo sus botas.
—Esto no es solo una forja —susurró Naia, observando los símbolos antiguos tallados en la roca—.
Es un corazón… uno que nunca dejó de latir.
Erion pasó la mano por una runa gastada.
—¿Cuántos fragmentados murieron intentando entrar aquí?
Rho respondió con un gruñido bajo.
—Más de los que alguna vez lo lograron.
La entrada estaba custodiada por un portón circular de metal vivo, cubierto de cadenas brillantes.
Cuando colocaron los tres materiales (escama de Titanocerno, cristal primigenio y pluma de Skynox) en los huecos correspondientes, las cadenas se disolvieron y el portón se abrió con un rugido profundo.
Un calor sofocante los envolvió.
Dentro, el aire olía a hierro fundido y magia ancestral.
La primera sala era un puente colgante sobre un lago de lava líquida.
Por debajo, engranajes gigantes giraban lentamente, como si la montaña fuera una máquina viva.
A los lados, enormes martillos se movían solos, golpeando yunques invisibles.
—Cuidado… —advirtió Naia—.
No todo lo que hay aquí está dormido.
Mientras cruzaban el puente, una voz metálica resonó desde todas partes: “Bienvenidos a Umbrael… donde el alma se forja o se quiebra.
Para avanzar, deben ofrecer no solo metal… sino recuerdo.” De pronto, el puente se agitó.
Del magma surgió un coloso de metal viviente, de más de cinco metros de altura.
Su cuerpo estaba formado por placas oxidadas unidas por luz azul, y sus brazos eran martillos gigantes.
Su cabeza, sin rostro, emitía solo un fulgor frío.
—El guardián… —murmuró Erion, preparándose—.
Debemos vencerlo para llegar a la forja.
El coloso golpeó el suelo, haciendo que parte del puente se desprendiera.
Rho rugió, activando la Cuarta Fase, proyectando tres cuerpos físicos a la vez.
Naia usó el viento para estabilizar el puente, mientras Kalzen creaba un muro de fuego azul que bloqueó la primera embestida.
Kael saltó sobre el brazo del coloso, intentando clavar su espada en una articulación, pero el metal se regeneraba inmediatamente.
—¡No sirve!
—gritó—.
¡Necesitamos más que fuerza!
La voz metálica habló de nuevo: “El metal no se dobla sin sacrificio.
Entreguen una memoria… y la forja se abrirá.” Naia miró a Kael y Erion.
—Significa que alguien tiene que… perder parte de sí para poder derrotarlo.
Erion bajó la lanza, respirando hondo.
—Lo haré yo.
—¡No!
—protestó Kael—.
Si olvidas más… podrías perder tu vínculo con Kalzen.
—Entonces lo compartiremos —dijo Naia, decidida—.
Una memoria de cada uno… Los tres colocaron sus manos en el suelo de metal y dejaron que una parte de sus recuerdos fluyera: Kael entregó la imagen de la voz de su madre.
Erion entregó el recuerdo del día en que sostuvo por última vez la mano de su hermana.
Naia entregó el instante en que traicionó a la Orden para salvar a un inocente.
El coloso se detuvo.
Sus martillos se agrietaron y su luz azul se volvió blanca.
Con un rugido de metal desgarrado, el guardián se inclinó y abrió su pecho, revelando un pasaje hacia las forjas internas.
Dentro, encontraron una sala circular con un yunque gigante en el centro, flotando sobre un vórtice de lava mágica.
Alrededor, runas antiguas brillaban con frases incompletas sobre vínculos y armas vivientes.
La voz metálica habló una última vez: “Aquí forjarán lo que son… pero el Artefacto no otorga fuerza.
La consume.
Cuando lo reclamen… elijan bien qué parte de ustedes será sacrificada para sostenerlo.” El calor aumentó, y los yunques comenzaron a latir como corazones.
Las verdaderas Forjas de Umbrael estaban listas… y con ellas, la prueba más difícil aún estaba por comenzar.
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