El Vínculo de los Fragmentos: Crónica de las Bestias del Éter - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 Capítulo 9 Memorias antes del Olvido
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9: Capítulo 9: Memorias antes del Olvido 9: Capítulo 9: Memorias antes del Olvido La noche anterior a su partida hacia Vireen, el cielo estaba más despejado que de costumbre.
No había lunas.
Solo estrellas.
Y sin embargo, el aire estaba cargado de tensión… como si el mundo contuviera el aliento ante lo que estaba por suceder.
Kael sostenía la Urna de Recuerdo entre las manos.
El cristal líquido parecía latir con cada pensamiento que cruzaba su mente.
A su lado, Rho observaba en silencio, más callado de lo normal.
Erion estaba sentado junto al fuego, trazando símbolos de protección en el suelo con ceniza de volcán.
Kalzen, su león de fuego, dormía como una montaña humeante.
—¿Cómo funciona exactamente?
—preguntó Kael, mirando a Rho.
—Cada noche, debes ofrecerle un recuerdo —dijo el lobo sombra—.
Uno importante.
Lo encapsula, lo guarda… y lo devuelve si lo olvidas.
—¿Pero solo uno?
—Sí.
Si pierdes más, no hay forma de recuperarlos.
Tendrás que seguir sin saber quién eres… ni por qué estás ahí.
Kael tragó saliva.
Miró el fuego.
Cerró los ojos.
Recuerdo uno: La promesa.
La imagen era clara.
Su hermano Rael, arrodillado frente a él antes de entrar a su última mazmorra.
—Si no vuelvo, prométeme que buscarás la verdad.
No solo poder.
¿Me lo prometes, Kael?
Lo había prometido.
Ese recuerdo entró en la urna.
El cristal brilló en tonos azulados y se solidificó brevemente.
El compromiso ya no estaba en su mente… ahora vivía dentro del éter líquido.
—Tu turno —dijo Kael, mirando a Erion.
Erion dudó.
Por primera vez, su fachada firme se quebró.
Abrió un pequeño compartimiento en su brazalete.
Sacó un objeto: una cadena oxidada con un colgante de piedra negra.
—Era de mi hermana —dijo en voz baja—.
Me lo dio el día que la dejaron entrar a una mazmorra sin supervisión.
Ella pensaba que sería una heroína.
Cerró los ojos.
Recordó su sonrisa.
Su voz.
Su ambición.
La lanzó a la urna sin titubear.
Las horas pasaron lentamente.
Kael y Erion decidieron turnarse para hacer guardia.
No por miedo a una emboscada, sino porque cada uno necesitaba estar a solas con su mente, sabiendo que al día siguiente… partes de ella podrían desaparecer.
Kael se acercó a Rho, quien había estado en posición de meditación, los ojos cerrados.
—¿Y tú?
—preguntó—.
¿También perderás recuerdos?
Rho abrió un ojo.
—No como tú.
Pero si tú olvidas quién soy… yo lo sentiré.
El vínculo se debilitará.
Podría… disolverse.
Kael se estremeció.
—Entonces grabaré tu nombre primero.
Y tu voz.
Y lo que eres para mí.
—Eso no bastará si olvidas por qué me elegiste.
Silencio.
Al amanecer, Erion se levantó, con ojeras profundas y los ojos encendidos.
—Guardé el recuerdo de su voz —dijo—.
No quería, pero… era el único que no podía perder.
Lo demás… si desaparece, reconstruiré lo que quede.
Kael asintió.
Ambos se miraron, conscientes de que, cuando salieran de Vireen, podrían no ser los mismos.
O peor aún… podrían no recordar por qué comenzaron.
—Listos —dijo Kael finalmente.
Rho y Kalzen se alzaron.
Las urnas brillaban en sus manos como promesas líquidas.
Y con paso firme, los cuatro partieron rumbo al agua, a la ciudad que duerme… …y que cobra todo lo que toca.
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