Elarion - Vera y el lago entre los mundos - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Capítulo 14 — El Peso de la Noche
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14: Capítulo 14 — El Peso de la Noche 14: Capítulo 14 — El Peso de la Noche Vera y Rhydian emergieron de la espesura del bosque cuando las lunas de Elarion estaban en su punto más alto.
El silencio del campamento era engañoso; Vera sentía la mirada de los otros dos Alfas antes incluso de verlos.
Caminaba con una nueva seguridad, pero su piel todavía quemaba por los mordiscos y el rastro de Rhydian, cuyo olor a lobo y sexo era una marca invisible pero potente para cualquier depredador.
Kael estaba sentado junto a las brasas de una pequeña hoguera, afilando su daga con movimientos rítmicos y letales.
Nerion, por su parte, permanecía cerca de la orilla del río, con medio cuerpo sumergido, observando cómo el agua se agitaba con un tinte oscuro.
En cuanto pisaron el círculo de luz del fuego, Kael se detuvo.
Sus fosas nasales se dilataron.
El aire se volvió gélido en un segundo.
—Has tardado mucho en “asegurar” el perímetro, Rhydian —dijo Kael sin levantar la vista, aunque su voz vibró con una amenaza sorda que hizo que las llamas de la hoguera vacilaran.
—Había mucho que recorrer, tigre —respondió Rhydian, colocándose detrás de Vera y apoyando una mano en su hombro, dejando que sus dedos rozaran deliberadamente la clavícula de ella, donde un pequeño hematoma rojo asomaba bajo la tela—.
El territorio es…
exigente.
Kael se puso en pie con una lentitud aterradora.
Se acercó a Vera y, antes de que ella pudiera decir nada, él la tomó de la barbilla, obligándola a levantar el rostro.
Sus ojos azules, ahora convertidos en rendijas de hielo, escanearon cada marca en su cuello.
—Hueles a él —susurró Kael, y Vera pudo sentir la vibración de sus colmillos al rozar sus propias palabras—.
Cada poro de tu piel grita lo que habéis hecho.
Vera no apartó la mirada.
Sostuvo la posesividad de Kael con firmeza.
—Era necesario, Kael.
El sistema pedía el sello y yo necesitaba el desfogue.
No intentes hacerme sentir culpable por lo que este mundo me exige.
Nerion salió del agua, las gotas resbalando por su pecho esculpido.
—Dejad las disputas territoriales para cuando no tengamos una tumba esperándonos —intervino el tritón con frialdad—.
La cueva del Nacimiento está empezando a sangrar oscuridad.
No podemos esperar a la mañana.
Saldremos de madrugada, cuando la luz sea lo suficientemente débil para que las sombras no nos detecten, pero lo bastante clara para que no nos perdamos en las corrientes.
Kael soltó a Vera, pero no se alejó.
Miró a Nerion y luego a Rhydian.
—Esta es la estrategia: Nerion abrirá camino por el canal central, él conoce las trampas hidráulicas.
Rhydian, tú irás en la retaguardia; tus sentidos están agudizados ahora por el vínculo, úsalos para que nada nos sorprenda por la espalda.
—Kael se giró hacia Vera—.
Tú irás conmigo en el centro.
—Parece un plan —asintió Vera, sintiendo el cansancio empezar a pesar en sus músculos tras la intensidad con Rhydian.
El grupo se dispuso a descansar las pocas horas que quedaban antes del alba.
Rhydian se acomodó cerca del fuego, lanzándole a Vera una mirada cargada de promesa antes de cerrar los ojos.
Nerion regresó a las sombras del agua, donde parecía meditar.
Vera se tumbó sobre un lecho de pieles bajo un gran roble.
Apenas se hubo acomodado, sintió una presencia masiva a su lado.
Kael se deslizó tras ella, envolviéndola con su cuerpo.
Su calor era diferente al de Rhydian; era un calor constante, como el de una fragua.
Kael la rodeó con sus brazos, pegándola a su pecho.
Su cola blanca se enredó suavemente en los tobillos de Vera, un gesto de afecto que contrastaba con la furia de hacía unos minutos.
—No creas que he olvidado mi turno, Vera —susurró Kael contra su nuca, su voz ahora suave, casi cariñosa—.
El lobo ha tenido tu cuerpo por una hora, pero yo tengo tu lealtad desde que caíste de ese cielo.
Kael comenzó a trazar círculos lentos en el vientre de Vera con su mano grande, subiendo ligeramente hasta rozar la base de sus pechos, deteniéndose justo donde empezaba la piel sensible.
No intentó ir más allá, pero su cercanía era un reclamo silencioso.
Vera suspiró, dejándose llevar por el aroma a cedro de Kael, sintiéndose protegida y, a la vez, el centro de una tormenta que apenas comenzaba.
—Descansa —murmuró Kael, dándole un beso tierno en el hombro, justo encima de una de las marcas que Rhydian había dejado, como si quisiera borrarla con su propio aliento—.
Mañana, la cueva nos pondrá a prueba.
Pero esta noche…
esta noche eres mía para cuidarte.
Vera cerró los ojos, sintiéndose extrañamente plena entre el recuerdo del fuego salvaje de Rhydian y la ternura posesiva de Kael, mientras el murmullo del río de Nerion le recordaba que aún faltaba mucho por descubrir.
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