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Elarion - Vera y el lago entre los mundos - Capítulo 19

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  3. Capítulo 19 - 19 Capítulo 19 — El Refugio de las Dos Bestias
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19: Capítulo 19 — El Refugio de las Dos Bestias 19: Capítulo 19 — El Refugio de las Dos Bestias ​El puesto avanzado resultó ser una antigua torre de vigía medio derruida, oculta por la vegetación en la falda de la montaña.

Era un lugar pequeño, con apenas una estancia circular que conservaba el techo intacto y una chimenea de piedra que prometía el primer calor verdadero en días.

​Nerion ayudó a Vera a sentarse en un banco de madera antes de ajustarse los brazales.

Su mirada acuática recorrió a los otros dos Alfas con una advertencia silenciosa.

​—Debo partir hacia el Manantial de los Susurros —sentenció el tritón—.

La herida de Vera está cerrada, pero el rastro de sombra del Guardián todavía infecta su flujo de energía.

Necesito traer esencia de loto azul para limpiar su sistema, o el cansancio la consumirá.

​Rhydian arqueó una ceja, apoyado en el marco de la puerta.

—¿Y vas a dejarnos aquí solos con ella?

—Había una chispa de desafío en su voz, pero también una sombra de la preocupación anterior.

​—Confío en que vuestro deseo de mantenerla con vida supere vuestra estupidez territorial por unas horas —respondió Nerion con frialdad—.

Kael, mantén el fuego alto.

Rhydian, no te alejes más de cien metros; tus sentidos son nuestro sistema de alarma.

Volveré antes del alba.

​Sin más, el príncipe tritón se desvaneció entre la bruma del bosque, dejando tras de sí un silencio denso.

​Vera sintió que la estancia se encogía de repente.

Kael comenzó a preparar un lecho con las mantas cerca del fuego, moviéndose con una eficiencia silenciosa.

Sus líneas plateadas brillaban tenuemente bajo la tela de su túnica, y su cola blanca se movía despacio, barriendo el suelo.

​—Ven aquí, Vera —ordenó Kael con esa voz profunda que no admitía réplica.

​Vera se acercó al fuego, sintiendo todavía las piernas pesadas.

En cuanto se sentó, Rhydian apareció a su lado, dejando una pequeña bolsa con bayas silvestres y carne seca que había logrado recolectar.

El lobo se sentó en el suelo, frente a ella, obligándola a apoyar los pies sobre sus muslos tatuados.

​—Tienes los pies congelados —gruñó Rhydian, comenzando a frotarlos con sus manos grandes y calientes.

El calor de su piel y el roce de sus dedos contra su piel sensible hicieron que Vera soltara un pequeño suspiro de alivio—.

El gato se encarga del fuego, yo me encargo de que tu sangre vuelva a circular.

​Kael soltó un gruñido desde el otro lado, pero no lo apartó.

Se acercó a Vera por detrás y empezó a deshacer el nudo de su capa empapada.

Sus manos rozaron su cuello, y Vera sintió un escalofrío que no era de frío.

​—La visión te ha dejado marcada —susurró Kael cerca de su oído, su aliento cálido erizando el vello de su nuca—.

Estás tensa.

​—¿Cómo no voy a estarlo?

—respondió Vera en un susurro, mirando alternativamente a uno y a otro.

​Rhydian subió las manos por sus pantorrillas, deteniéndose justo debajo de la rodilla.

Sus ojos dorados brillaban con una mezcla de hambre y ternura.

—Haremos un trato, humana.

Por esta noche, no habrá peleas.

Solo cuidados.

Pero a cambio…

—Rhydian apretó suavemente sus piernas—, tienes que dejar de mirarnos como si fuéramos a convertirnos en monstruos en cualquier momento.

​Kael rodeó la cintura de Vera con sus brazos, atrayéndola hacia su pecho firme mientras terminaba de envolverla en una manta seca.

Vera se encontró atrapada entre los dos: el calor sólido y protector de Kael en su espalda y la atención ardiente de Rhydian a sus pies.

​—Yo no soy él, Vera —murmuró Kael, enterrando el rostro un segundo en su cabello—.

No soy un lobo impulsivo.

Mi lealtad es un juramento de sangre.

​—Y mi pasión es lo que te mantiene despierta —replicó Rhydian con un guiño divertido, aunque no soltó sus pies—.

Admítelo, nos necesitas a ambos para no congelarte en este mundo.

​Vera se dejó caer hacia atrás contra Kael, sintiendo cómo el ritmo de su corazón se acompasaba con el de ella.

Rhydian continuó con su masaje, sus manos subiendo un poco más, rozando la piel de sus muslos con una deliberada lentitud que hacía que la tensión “cariñosa” se volviera algo más eléctrica.

​El miedo a la visión seguía allí, pero en la penumbra de la torre, con el crepitar del fuego y el peso de sus dos Alfas cuidándola, Vera empezó a creer que, tal vez, ella era la única fuerza capaz de domar a las dos bestias.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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