Elarion - Vera y el lago entre los mundos - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Capítulo 20 — El Equilibrio de la Lujuria
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20: Capítulo 20 — El Equilibrio de la Lujuria 20: Capítulo 20 — El Equilibrio de la Lujuria El fuego de la chimenea era ahora la única fuente de luz en la torre, proyectando sombras alargadas que bailaban sobre las paredes de piedra.
El ambiente, antes cargado de un miedo paralizante, había mutado en algo mucho más denso y difícil de ignorar: una tensión eléctrica que hacía que el aire se sintiera pesado, casi líquido.
Vera estaba atrapada en un sándwich de calor masculino.
El pecho de Kael era una muralla de músculos firmes tras su espalda, y sus manos, grandes y seguras, descansaban sobre su vientre por encima de la manta.
Frente a ella, Rhydian seguía sentado, pero ahora sus manos habían abandonado sus pies para subir por sus muslos, deslizándose con una lentitud tortuosa que hacía que la tela de sus pantalones frotara su piel de una forma insoportable.
Vera sintió un espasmo de calor en su vientre.
Estaba húmeda, y no era por el agua de la cueva.
El deseo contenido por el peligro, mezclado con la cercanía de sus dos Alfas, estaba empezando a desbordarla.
—Vaya —soltó Vera de repente, su voz sonando más ronca de lo que pretendía—.
Si llego a saber que para que dejéis de gruñiros como dos perros por un hueso solo hacía falta que me diera un par de zarpazos un bicho feo, me habría dejado morder antes.
Rhydian soltó una carcajada baja, una vibración que Vera sintió en sus propias piernas.
Sus ojos dorados brillaron con una malicia divertida.
—No tientes a la suerte, humana.
Algunos tenemos un instinto de protección muy sensible…
y otras cosas igual de sensibles ahora mismo.
Kael exhaló un suspiro pesado contra la nuca de Vera, y ella sintió cómo su cola blanca se enredaba con más fuerza alrededor de su cintura.
El tigre parecía haber relajado la guardia, sus líneas plateadas brillando con un pulso tranquilo.
—Eres incorregible, Vera —murmuró Kael, y ella pudo notar la sonrisa en su voz—.
Casi mueres y ya estás soltando sarcasmo.
—Es eso o volverme loca —replicó ella, echando la cabeza hacia atrás para apoyar el peso en el hombro de Kael.
Al hacerlo, su cuello quedó expuesto, y vio cómo las orejas de lobo de Rhydian daban un pequeño respingo de atención—.
Además, me estáis apretando tanto que si no suelto una broma, voy a terminar explotando.
O algo peor.
Rhydian deslizó sus manos hacia la parte interna de sus muslos, deteniéndose justo en el límite de lo permitido.
Sus dedos rozaron la zona sensible con una presión deliberada.
—¿Algo peor?
—preguntó el lobo con un tono peligrosamente seductor—.
¿Como qué, Vera?
Ilústranos.
Vera sintió un escalofrío que la hizo arquear la espalda sutilmente contra el pecho de Kael.
La mirada de ambos Alfas se cruzó sobre ella.
Ya no había odio puro, sino un entendimiento tácito.
Se sentían relajados, casi victoriosos, al ver que ella finalmente se apoyaba en ambos, que eran sus pilares.
—Como que voy a tener que pediros que os turnéis para usar el abanico —dijo ella, tratando de recuperar el aliento—, porque entre el fuego y vosotros dos, aquí hace más calor que en el infierno de Elarion.
¿Es que los Alfas no tenéis un botón de “apagado” para vuestro termostato interno?
Kael soltó un gruñido que sonó casi como un ronroneo felino.
Sus manos bajaron un poco más, rozando sus caderas.
—Me temo que no, Vera.
Y menos cuando nuestra hembra está tan…
receptiva.
Hueles a deseo, y eso es un reclamo que ningún tigre o lobo puede ignorar.
Vera se mordió el labio, mirando a Rhydian, que no dejaba de devorarla con la mirada, y sintiendo el cuerpo de Kael vibrar tras ella.
—Bueno —dijo ella, con un brillo desafiante en los ojos—, si vais a seguir así, al menos poneos de acuerdo.
No quiero que Nerion vuelva y se encuentre con que habéis derretido la torre por puro exceso de celo.
Rhydian se inclinó hacia delante, acortando la distancia hasta que su rostro quedó a centímetros del de ella.
—Esta noche no hay celos, Vera.
Solo cuidados —repitió él, aunque su voz traicionaba sus intenciones—.
Pero dormirás en el medio.
Y te advierto: no garantizo que mis manos se queden quietas si empiezas a moverte en sueños.
Kael la apretó más contra sí, sellando cualquier espacio.
—Ni las mías —añadió el tigre con una posesividad tranquila—.
Descansa, Vera.
Mañana volveremos al caos, pero esta noche…
esta noche el fuego no es lo único que va a arder aquí.
Vera cerró los ojos, sintiéndose abrumada por la sensación de ser reclamada por ambos, dejando que el deseo contenido fluyera mientras se acomodaba en ese nido de peligro y placer.
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