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Elarion - Vera y el lago entre los mundos - Capítulo 25

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25: Capítulo 25 — El Peso de la Corona Solar 25: Capítulo 25 — El Peso de la Corona Solar ​ ​PVO Aetherion: El Sol Observador ​Desde lo alto de la galería de alabastro, Aetherion observaba a Vera.

Para él, los humanos siempre habían sido criaturas efímeras, como chispas que se apagan antes de que el sol termine de cruzar el horizonte.

Su existencia era un parpadeo en la cronología de los cielos.

Pero ella…

ella vibraba de una forma que desafiaba la lógica celestial.

​No era solo el nexo de fertilidad lo que hacía que su pulso se acelerara.

Era la forma en que ella le sostenía la mirada, con el mentón alzado y un sarcasmo punzante que servía de escudo ante su miedo.

“Es testaruda”, pensó, sintiendo un calor inusual bajo su piel, un fuego que no provenía del sol exterior.

Había pasado siglos en la soledad de las cumbres, manteniendo el equilibrio de las corrientes de aire, y ahora, tener a la Portadora en su palacio despertaba un hambre que no era solo física.

​Era una necesidad de ser reconocido por ella.

“Esos dos animales en el suelo creen que la poseen por marcar su carne.

No saben que Vera no es tierra que se conquista, sino luz que debe ser alimentada”.

Observó el rastro de la magia de Rhydian y Kael aún adherido a ella como una sombra densa.

Le ofendía.

Le instaba a bajar y borrar cada rastro terrenal con el calor de su propia esencia.

Pero debía ser paciente.

Un sol no persigue a la luna; espera a que el ciclo la traiga de vuelta.

​La Perspectiva de Vera: La Invitada a la Fuerza ​Vera miraba el brasero dorado en el centro de la estancia.

Estaba furiosa, sí, pero el vacío en su estómago gritaba “terror”.

Estar a miles de metros de altura con un hombre que podía disolver sus alas en luz dorada no ayudaba a su ansiedad.

“Es guapo, joder que si es guapo”, admitió para sus adentros, mientras apretaba los puños, “pero es un capullo con delirios de grandeza”.

​Echaba de menos el peso reconfortante de Kael, su seriedad protectora, y las bromas pesadas de Rhydian que lograban sacarla de quicio pero la hacían sentir viva.

Aquí, en la Cumbre de los Vientos, todo era demasiado…

limpio.

Demasiado perfecto.

El mármol blanco brillaba tanto que le dolían los ojos.

Sentía que si su ropa sucia tocaba el suelo, el palacio entero podría ofenderse.

“Vera, te han secuestrado en una versión de lujo de una jaula de pájaros”, se dijo a sí misma, intentando recuperar su compostura.

​La Primera Noche: Cena y Humo de Oro ​La cena fue servida en una mesa de cristal que parecía flotar sobre el suelo.

No había criados humanos; solo figuras hechas de bruma y luz que se movían en un silencio absoluto.

Aetherion se sentó frente a ella, con una postura tan perfecta que resultaba irritante.

​Vera decidió que si iba a ser una prisionera, al menos no sería una hambrienta.

Atacó la carne asada y las frutas exóticas con una falta de protocolo deliberada, rompiendo el pan con las manos y bebiendo el vino con ganas.

​—¿No vas a comer, o es que los ángeles vivís del aire y de vuestra propia superioridad moral?

—preguntó Vera, limpiándose la comisura de los labios con el pulgar y lanzándole una mirada desafiante.

​—Me alimento de la energía del sol, Vera.

Pero disfruto viendo cómo el mundo terrenal te satisface tanto —respondió él, apoyando el mentón en su mano elegante.

Sus ojos ámbar seguían cada movimiento de su garganta al tragar—.

Después de cenar, el agua te espera.

El rastro del Guardián y el olor de esos dos…

depredadores…

debe ser purificado si quieres ver la verdad sin interferencias.

​Vera estuvo a punto de soltar una réplica mordaz sobre “el olor de sus hombres”, que a ella le gustaba bastante, por cierto.

Pero el cansancio acumulado, el peso de la batalla contra el Guardián y la mugre del viaje ganaron la partida.

Necesitaba ese baño.

​ ​El baño no era una simple tina.

Era una piscina natural excavada directamente en la roca de la montaña, calentada por aguas termales que subían desde las raíces del mundo.

El vapor llenaba la estancia, creando un ambiente de intimidad pesada y sofocante.

​Vera se desnudó tras una pantalla de cristal y se sumergió en el agua, soltando un gemido de alivio casi pecaminoso cuando el calor abrazó sus músculos.

Cerró los ojos, intentando borrar las imágenes de la batalla.

​Aetherion no entró en el agua, cumpliendo su promesa, pero se quedó sentado en un banco de piedra cercano.

A través del vapor, Vera podía ver su silueta perfecta.

Aunque no la tocaba, sus ojos ámbar recorrían cada centímetro de su piel mojada con una intensidad que hacía que el agua alrededor de ella pareciera vibrar.

​—Mi linaje no nació de la tierra como los lobos o los tigres —dijo Aetherion, su voz resonando en las paredes de piedra—.

Nosotros fuimos creados por los Antiguos para ser los Vigilantes.

Los Alfas terrestres fueron hechos para proteger la carne de la Portadora; nosotros, para proteger su espíritu.

Somos la corona, ellos son los cimientos.

​Vera se giró en el agua, apoyando los brazos en el borde y mirando hacia él.

El agua goteaba de su cabello, resbalando por sus clavículas.

—¿Y quién protege a la Portadora de los Vigilantes?

—preguntó ella con una sonrisa ladeada y cargada de veneno—.

Porque de momento, el único que me ha secuestrado y me ha traído a un pico helado eres tú.

Muy espiritual todo, sí señor.

​Aetherion se inclinó hacia delante, y por un momento, el vapor pareció apartarse ante él.

—Te protejo de tu propia debilidad, Vera.

Si te quedas con ellos, morirás siendo solo una mujer protegida por bestias.

Conmigo, serás la reina que el cielo exige.

​Vera soltó una risotada corta.

—Pues para ser reina, prefiero una corona que no me obligue a volar a kilómetros de distancia de los que me gustan.

Mañana me enseñarás ese “poder” tuyo, pero esta noche, “Su Alteza”, solo quiero dormir sin que me hables de linajes.

​Aetherion asintió, su rostro impasible, pero Vera notó cómo sus alas (ahora disueltas en un brillo dorado en su espalda) daban un pequeño destello.

La estaba deseando, y el hecho de que él se obligara a mantener la distancia solo hacía que el ambiente fuera más eléctrico.

​Vera salió del agua, envolviéndose en una sábana de seda fina que alguien había dejado allí.

Pasó por delante de él, dejando una estela de calor y humedad, y se retiró a la habitación que le habían asignado sin mirar atrás.

​Había sobrevivido a la primera noche.

Pero sabía que el primer día de “convivencia” real, Aetherion iba a jugar todas sus cartas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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