Elarion - Vera y el lago entre los mundos - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 Capítulo 26 — El Protocolo de la Luz y el Rastro de la Sangre
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26: Capítulo 26 — El Protocolo de la Luz y el Rastro de la Sangre 26: Capítulo 26 — El Protocolo de la Luz y el Rastro de la Sangre Día 1 Vera despertó sobre un colchón que se sentía como una nube, envuelta en sábanas de una seda tan fina que parecía fundirse con su piel.
Durante unos segundos, olvidó dónde estaba, hasta que el silencio absoluto de las alturas le recordó que no estaba en el bosque con el rugido de Rhydian o el ronroneo de Kael.
Se vistió con una túnica sencilla de lino blanco que habían dejado para ella.
Al salir a la estancia principal, Aetherion la esperaba.
No dijo “buenos días”; los Príncipes Celestiales no perdían el tiempo con cortesías humanas.
—Es hora de que entiendas por qué estás aquí —dijo él, guiándola hacia una cámara circular sin techo.
El suelo no era de mármol, sino de un cristal oscuro y profundo que reflejaba un mapa estelar hecho de piedras preciosas incrustadas.
Al entrar Vera, el suelo reaccionó.
Las piedras empezaron a brillar con una luz dorada, conectándose entre sí mediante hilos de energía.
—Este es el diseño original —explicó Aetherion, caminando hacia el centro.
Cuatro puntos brillaban con más intensidad: un tigre de plata, un lobo de bronce, un tritón de turquesa y, en el cenit, un halcón de oro puro—.
Los Antiguos no crearon cinco Alfas por capricho.
Cada uno es una llave.
Aetherion señaló un quinto punto, aún oscuro, en el extremo opuesto del mapa.
—Fuerza, Voluntad, Conocimiento y Fuego Solar.
Si falta uno, el motor de la Portadora se sobrecarga.
Por eso te desmayaste en la cueva, Vera.
Intentaste canalizar a tres sin el regulador que soy yo.
Vera caminó por el mapa, sintiendo una vibración bajo sus pies descalzos.
—Dices que eres el “regulador”.
Suena muy técnico para alguien que va por ahí con alas de oro —soltó ella, intentando mantener su distancia emocional—.
Pero, ¿y el quinto?
Ese punto negro sigue ahí.
Aetherion ensombreció el rostro.
—El quinto es la Sombra.
El equilibrio final.
Pero de él hablaremos cuando tu luz sea lo suficientemente fuerte para no ser devorada por él.
Se acercó a Vera, su calor corporal irradiando como un sol en miniatura.
—Anoche viste la Ceniza.
Esa mancha gris es el resultado de tu ausencia.
Cada vez que rechazas un vínculo, la mancha crece.
No se trata solo de sexo o de protección, Vera.
Se trata de que tú eres la única que puede resetear este mundo.
Y yo soy el que te da la energía para hacerlo.
El almuerzo se sirvió en una terraza que colgaba literalmente sobre el vacío.
La vista era aterradora y magnífica a la vez.
Aetherion observaba a Vera con una fascinación creciente; le gustaba cómo ella no se amilanaba ante la altura, cómo bebía el vino con un rastro de rebeldía en los ojos.
—¿Sabes?
—dijo Vera, pinchando una pieza de fruta—.
Kael me protege con su vida, Rhydian me desea con cada fibra de su ser y Nerion me analiza como si fuera un enigma sagrado.
Tú, en cambio, me hablas como si fuera una pieza de una máquina.
¿Dónde queda “Vera” en todo esto?
Aetherion dejó su copa de cristal.
Se inclinó sobre la mesa, acortando el espacio personal de ella.
—Vera es la mujer que tiene el valor de decirle a un Príncipe Celestial que es un imbécil.
Eso es lo que me interesa.
No solo la Portadora, sino la chispa que hay dentro de ti.
Mis hermanos terrestres te ven como algo que poseer.
Yo te veo como algo que potenciar.
—”Hermanos terrestres” —repitió Vera con sarcasmo—.
Si te oyeran llamarlos así, Rhydian te usaría de palillo de dientes.
—Lo sé —sonrió Aetherion, y por primera vez, su sonrisa no fue arrogante, sino genuina—.
Es lo que más me gusta de ellos.
Su falta de control.
Pero tú necesitas el control para no estallar.
Por la tarde, Aetherion no la llevó a una biblioteca, sino al borde del balcón más alto.
El viento soplaba con una fuerza que amenazaba con arrancar la túnica de Vera.
—No vamos a volar otra vez, ¿verdad?
—preguntó ella, retrocediendo un paso.
—No.
Vas a aprender a sentir el aire —Aetherion se colocó detrás de ella.
No la tocó, pero sus alas doradas se desplegaron, rodeándola como una muralla de plumas cálidas—.
Cierra los ojos.
Vera obedeció, sintiendo el calor de las alas de Aetherion protegiéndola del frío.
—Siente la conexión.
Elarion no es solo tierra, es aire y vibración.
Si dejas que mi energía fluya a través de ti, el miedo desaparecerá.
Vera sintió una corriente cálida subiendo por sus pies, una sensación de ligereza que nunca había experimentado.
Por un segundo, sintió que podía flotar.
Pero también sintió algo más: el deseo de Aetherion.
No era el deseo hambriento de Rhydian, era una necesidad de fusión, una urgencia por completar el circuito que el sistema exigía.
—Estás vibrando —susurró Vera, su propia respiración acelerándose.
—Es la resonancia —respondió él cerca de su oreja—.
El cuarto vínculo está pidiendo paso.
…….
Mientras en la Cumbre de los Vientos la tensión entre Vera y Aetherion se volvía insoportable, en la base de la montaña, la realidad era muy distinta.
Kael estaba sentado frente a una hoguera minúscula, sus manos vendadas por las heridas de la escalada.
Sus líneas plateadas no brillaban, estaban oscuras, reflejando su estado de ánimo.
A su lado, Rhydian aullaba de frustración, golpeando las rocas.
El lobo apenas había comido; su instinto le gritaba que su hembra estaba con otro, y el olor de Aetherion en el aire lo volvía loco.
—Cállate, Rhydian —gruñó Kael con una voz que helaba la sangre—.
Tus gritos no nos harán subir más rápido.
—¡Ese pájaro la tiene allá arriba!
—rugió el lobo, sus ojos inyectados en sangre—.
¡Puedo olerla!
Huele a miedo…
y a algo más.
Algo que no me gusta.
Nerion emergió de una pequeña charca helada, su rostro pálido.
—El rastro se está estabilizando.
Aetherion no le está haciendo daño…
físicamente.
Pero el vínculo está despertando.
Si no llegamos mañana, cuando la encontremos, ella ya no será la misma.
Tendrá el fuego del sol en las venas, y eso cambiará cómo nos ve a nosotros.
Kael se puso en pie, su mirada fija en el pico nevado.
—No me importa lo que tenga en las venas.
Ella es nuestra.
Y si ese príncipe cree que puede saltarse el orden de la manada, le enseñaré que un tigre no necesita alas para alcanzar su garganta.
…..
De vuelta en el palacio, Vera estaba de nuevo frente al brasero de su habitación.
La puerta se abrió y Aetherion entró.
No llevaba su túnica real, solo unos pantalones de seda, dejando su torso esculpido y las plumas doradas de su espalda al descubierto.
—Es el final del primer día, Vera —dijo él, deteniéndose a una distancia respetuosa—.
Te he mostrado el mundo, te he mostrado el peligro y te he mostrado quién soy.
Vera lo miró.
La humedad entre sus piernas, el deseo contenido hacia él, estaba empezando a ser difícil de ignorar.
El aislamiento, la belleza del lugar y la intensidad de Aetherion eran un cóctel peligroso.
—Aún falta un día —dijo Vera, aunque su voz sonaba menos firme—.
No cantes victoria, pájaro.
—No canto victoria —Aetherion dio un paso adelante, quedando a centímetros de ella.
El calor que emanaba era embriagador—.
Solo te aviso: mis hermanos llegarán mañana.
Y cuando lo hagan, querrás estar segura de qué lado del cielo quieres estar.
Vera sostuvo su mirada ámbar, sintiendo cómo el sistema parpadeaba con una nueva notificación: ✧ ESTADO DEL VÍNCULO (AETHERION) ✧ Progreso: 65% (Atracción fatal detectada).
Sugerencia: La integración solar estabilizará el sistema del harén.
Aetherion se retiró sin tocarla, dejándola sola con su deseo y el eco de los rugidos de sus otros Alfas que, aunque ella no los oía, sentía vibrar en su sangre como una tormenta que se acercaba.
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