Elarion - Vera y el lago entre los mundos - Capítulo 27
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- Capítulo 27 - 27 Capítulo 27 — El Sol que se Atreve a Quemar
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27: Capítulo 27 — El Sol que se Atreve a Quemar 27: Capítulo 27 — El Sol que se Atreve a Quemar Día 2 La Grieta en la Armadura Dorada El segundo día comenzó con una tensión distinta.
Aetherion se mostraba más silencioso, casi inquieto.
Había cumplido su palabra de no tocarla durante la noche, pero su mente no estaba en las corrientes de aire, sino en la mujer que dormía a pocos metros.
A mediodía, la llevó a la Cámara de los Ecos, un lugar donde la acústica era tan perfecta que podías oír el latido del corazón de alguien al otro lado de la sala.
—Aquí es donde los Vigilantes escuchan los lamentos del mundo —dijo Aetherion, intentando recuperar su tono de maestro—.
Debes aprender a filtrar el ruido para escuchar la verdadera necesidad de Elarion.
Vera, que llevaba una túnica de seda dorada que él mismo le había proporcionado, caminó hacia él.
No se detuvo a la distancia de seguridad.
Siguió caminando hasta que su pecho casi rozó el de él.
El aroma a ozono y sol de Aetherion era embriagador.
—¿Y tú qué escuchas, Aetherion?
—preguntó Vera en un susurro que la sala amplificó hasta que pareció un trueno suave—.
Porque yo solo escucho a un hombre que tiene mucho miedo de admitir que está solo en este pico helado.
Aetherion se tensó.
Sus alas dieron un espasmo, soltando algunas partículas doradas.
—Yo no estoy solo.
Tengo el cielo.
Tengo mi propósito.
—Tienes una jaula de mármol —Vera rodeó su cuerpo, deslizándose como una sombra, y dejó que sus dedos rozaran las plumas doradas que nacían en su nuca—.
Kael y Rhydian son “animales”, según tú.
Pero ellos no se esconden tras profecías.
Si me quieren, lo dicen.
Si tienen hambre, cazan.
Tú estás aquí, hablando de “Protocolos de Luz”, pero tus ojos ámbar me están devorando desde que aterricé.
Aetherion giró sobre sus talones, atrapando la muñeca de Vera.
Su toque no fue suave esta vez; fue ardiente.
Su respiración se había vuelto pesada —No hables de lo que no entiendes, humana.
Mi deseo no es como el de ellos.
Mi deseo es destructivo.
Si dejo que mi fuego te toque sin el control adecuado, te consumiré.
—Pues deja que me queme —desafió Vera, tirando de su muñeca para acercarlo más—.
¿O es que el “Príncipe del Cielo” no es lo suficientemente hombre para manejar a una sola humana?
El Descontrol del Sol Ese fue el golpe de gracia.
Aetherion perdió la máscara de divinidad que había mantenido durante dos días.
La empujó contra una de las columnas talladas, pero no con violencia, sino con una urgencia que lo hacía temblar.
Sus manos se enterraron en el cabello de Vera y la besó por primera vez.
Fue un beso hambriento, desesperado, donde sus lenguas pelearon por el dominio.
No hubo mística, solo carne y necesidad.
—Maldita seas…
—gruñó Aetherion contra sus labios, su voz rota—.
Me estás arrastrando al suelo.
Siento tu rastro, Vera.
Siento a ese lobo y a ese tigre en ti y…
¡me vuelve loco!
Quiero borrar sus marcas de tu piel con mi fuego.
Aetherion la levantó en vilo, sus alas desplegándose con un estruendo que sacudió la cámara.
La llevó hacia el lecho de seda en el centro de la sala, su control desmoronándose.
Estaba a punto de despojarse de su túnica cuando el sistema de Vera parpadeó en rojo furioso: ✧ ADVERTENCIA DE COLISIÓN DE ENERGÍA ✧ Entidades detectadas: 3 Alfas (Nivel de hostilidad: MÁXIMO).
Distancia: 20 metros.
La Interrupción del Caos Un estallido ensordecedor voló las puertas de cristal de la cámara en mil pedazos.
Un bloque de hielo puro atravesó el aire, obligando a Aetherion a saltar hacia atrás mientras sus alas se envolvían alrededor de Vera para protegerla de los cristales rotos.
—¡SUÉLTALA, MALDITO PAJARRACO!
—el rugido de Rhydian fue tan potente que las gemas del suelo vibraron.
Rhydian entró primero, con su mandíbula de lobo goteando saliva y sus ojos dorados inyectados en sangre.
Su ropa estaba hecha jirones por la escalada suicida, pero su fuerza parecía multiplicada por la rabia.
Detrás de él, Kael entró como una sombra plateada, con sus garras fuera y una mirada que prometía una carnicería.
Nerion cerraba el grupo, con sus manos rodeadas de esferas de agua a presión, su rostro una máscara de furia gélida.
Aetherion se puso en pie frente a Vera, con sus alas extendidas al máximo, cubriendo casi toda la sala.
Sus ojos brillaban con una luz solar cegadora, recuperando su orgullo en un segundo.
—Habéis tardado menos de lo previsto —dijo Aetherion, aunque su pecho aún subía y bajaba con fuerza por la excitación interrumpida—.
Pero llegáis tarde.
El cuarto vínculo ya ha despertado.
—No habrá cuarto vínculo si te arranco la cabeza ahora mismo —respondió Kael, deslizándose por el flanco izquierdo con una agilidad mortal.
Vera se asomó por detrás de las alas de Aetherion, despeinada, con los labios hinchados por el beso y esa chispa de diversión sarcástica volviendo a sus ojos al ver a su “manada” reunida.
—¡Chicos!
—gritó Vera—.
Qué entrada más sutil.
¿Habéis traído el champán o solo habéis venido a romper los muebles de “Su Alteza”?
Rhydian la miró, y al ver sus labios rojos y su ropa revuelta, el aullido de celos que soltó hizo que el cielo se oscureciera.
La tensión en la sala era tan alta que el aire empezó a chispear.
El ambiente en la Cámara de los Ecos era insoportable.
El olor a ozono de Aetherion chocaba con el almizcle salvaje de Rhydian y el frío metálico de Kael, creando una atmósfera de estática que hacía que el vello de Vera se erizara.
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