Elarion - Vera y el lago entre los mundos - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 Capítulo 31 — Cenizas y La Aldea de los Olvidados
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31: Capítulo 31 — Cenizas y La Aldea de los Olvidados 31: Capítulo 31 — Cenizas y La Aldea de los Olvidados El descenso de la Cumbre de los Vientos fue una marcha lenta.
El aire, antes puro y gélido, comenzó a espesarse con un polvillo grisáceo que se pegaba a la garganta.
Vera caminaba a la vanguardia, sintiendo la presencia de sus cuatro hombres como un muro de calor y poder a su espalda.
A medio camino, el silencio de la montaña fue roto por un lamento distante.
No era un monstruo; era el llanto de un niño.
Vera se detuvo en seco.
—¿Habéis oído eso?
—Es el viento, Vera —dijo Aetherion, oteando el horizonte con sus ojos dorados—.
No hay asentamientos en esta zona que hayan sobrevivido a la última marea.
—No es el viento.
—Vera ya había echado a correr hacia un saliente rocoso—.
¡Rhydian, tus oídos de perro, muévelos!
El lobo gruñó ante el insulto, pero aguzó el oído.
Su expresión cambió de la burla a la seriedad en un segundo.
—Tiene razón.
Hay latidos.
Muchos, pero débiles.
Al pie del desfiladero.
Al llegar abajo, la escena era desoladora.
Una pequeña aldea de pastores estaba siendo devorada por la Ceniza.
Las casas de piedra estaban cubiertas de esa costra gris que absorbía la vida.
Los aldeanos, apenas unas treinta personas, estaban acurrucados en el centro de la plaza, rodeados por una neblina densa que empezaba a solidificarse en formas grotescas.
Vera no esperó a que sus Alfas trazaran un plan de batalla.
—¡Kael, Rhydian!
Despejad esos monstruos de humo.
¡Nerion, necesito agua pura, esa gente se está asfixiando!
—Vera se giró hacia Aetherion—.
Y tú, bombilla con alas, vuela y busca si hay más supervivientes en los establos.
¡Moveos!
Los cuatro Alfas se quedaron estupefactos un segundo.
Nadie les daba órdenes así.
Pero al ver la determinación en los ojos de Vera, el instinto de servicio se impuso.
—A la orden, jefa —rio Rhydian, transformando sus manos en garras y saltando hacia la niebla con un aullido feroz.
……… Mientras Kael y Rhydian despedazaban a los Acechadores de Ceniza con una violencia coordinada, Vera se lanzó al centro de la plaza.
Se arrodilló junto a una mujer anciana que apenas podía respirar.
—Tranquila, abuela.
No voy a dejar que te conviertas en polvo —le dijo Vera, limpiándole el rostro con la manga de su túnica.
Nerion se materializó a su lado.
Con un movimiento elegante de sus dedos, creó una esfera de agua cristalina que filtró el aire alrededor de los supervivientes, permitiéndoles respirar de nuevo.
Vera lo miró y, por un segundo, la frialdad del príncipe desapareció cuando él le puso una mano en el hombro, dándole apoyo moral.
Kael se acercó cargando a dos niños pequeños, uno bajo cada brazo.
El imponente guerrero tigre, que podía partir un árbol por la mitad, depositaba a los pequeños con una delicadeza extrema en la zona segura.
—Están a salvo, Vera —murmuró Kael, su voz profunda calmando el llanto de los niños de forma casi mágica.
……..
Una vez que la amenaza inmediata fue eliminada, el grupo se dedicó a estabilizar la aldea.
Aetherion regresó con un par de ovejas que habían sobrevivido, viéndose ridículamente majestuoso mientras cargaba ganado.
—Espero que esto cuente como “ayuda humanitaria” —soltó el Príncipe Celestial, sacudiéndose una pluma—.
Mis ancestros se retorcerían en sus tumbas de oro si me vieran haciendo de pastor.
Vera, que estaba ayudando a repartir raciones de comida que Nerion había “purificado”, lo miró de arriba abajo con una sonrisa pícara.
—No sé de qué te quejas, Aetherion.
Ese look de “pastor divino” te hace ver…
accesible.
Aunque creo que te falta un bastón y menos humos.
Rhydian, que estaba sentado cerca, relamiéndose una herida en el brazo, soltó una carcajada.
—No le des ideas, Vera.
Ya se cree un dios, solo le falta que las ovejas le recen.
Por cierto —el lobo bajó la voz, acercándose al oído de Vera mientras los otros estaban ocupados—, me gusta cómo das órdenes.
Ver a Nerion obedecerte después de que le “enseñaras a nadar” anoche ha sido la mejor parte del día.
Vera le dio un codazo en las costillas, aunque no pudo evitar sonrojarse.
—Cállate, pulgoso.
Hay gente sufriendo aquí.
—Oh, yo también sufro, nena —susurró Rhydian, frotando su nariz contra el cuello de ella, buscando el aroma de Nerion que aún persistía—.
El agua está bien para una noche, pero el bosque sigue teniendo hambre de ti.
La noche cayó sobre la aldea recuperada.
Los aldeanos, agradecidos, encendieron una hoguera (con fuego normal, no mágico).
Vera observó a sus hombres.
Kael estaba sentado en el suelo, permitiendo que uno de los niños pequeños jugara con su cola blanca, una escena que ablandó el corazón de Vera.
Nerion compartía sus conocimientos sobre hierbas medicinales con la curandera del pueblo, y Aetherion vigilaba desde el techo de una casa, su luz dorada sirviendo de faro de esperanza.
Habían salvado a treinta personas, pero para Vera, eso era más importante que cualquier profecía.
Estaba empezando a amar no solo a sus hombres, sino al mundo que ellos representaban.
—Vera —dijo Kael, acercándose cuando los niños se durmieron—.
El mapa que Nerion encontró en la aldea confirma nuestras sospechas.
El Valle de las Sombras no está lejos.
El Dragón sabe que estamos aquí.
Vera asintió, mirando hacia la oscuridad del sur.
—Que espere.
Mañana ayudaremos a esta gente a reconstruir lo básico, y luego…
iremos a por nuestro último problema escamoso.
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