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Elarion - Vera y el lago entre los mundos - Capítulo 34

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Capítulo 34: Capítulo 34 — Kael: El Rastro de la Sangre en la Nieve

​

​Para Kael, el paso a través de la niebla violácea no fue una transición suave. Fue como si el mundo se rasgara por la mitad. En un abrir y cerrar de ojos, el olor a ozono y la presencia de sus compañeros desaparecieron, siendo sustituidos por un frío que no solo calaba en la piel, sino que congelaba el alma.

​El Alfa del Norte se encontró de pie en el centro de lo que alguna vez fue su mayor orgullo: la aldea de la manada del Tigre Blanco. Pero el paisaje no era el que él recordaba. No había hogueras encendidas, ni el ronroneo vibrante de los guerreros al saludarse, ni el sonido de los jóvenes cachorros entrenando sus garras en el claro del bosque. El silencio era absoluto, una masa pesada que solo se rompía por el silbido de un viento que arrastraba el olor metálico de la sangre.

​Sus pies descalzos pisaban algo que crujía de forma inquietante. Al bajar la vista, Kael sintió un vuelco en el estómago. No era nieve virgen del Norte. Era una mezcla de ceniza volcánica y fragmentos de huesos astillados; los restos de su pueblo, reducidos a escombros bajo sus talones.

​—¿Hay alguien ahí? —rugió Kael. Su voz, que solía hacer temblar los cimientos de las montañas, sonó aquí como un trueno quebrado, una súplica que nadie respondió.

​—Llegas tarde, Alfa. Siempre llegas tarde cuando más se te necesita.

​La voz surgió de entre las ruinas calcinadas de su propia cabaña, el corazón de la aldea. De las sombras emergió una figura que Kael reconoció con un horror paralizante: era él mismo. Pero era una versión de pesadilla. Un Kael envejecido prematuramente, con el pelaje de sus orejas encanecido y la piel cubierta de cicatrices de guerra que aún supuraban. Sus ojos, antes de un azul gélido y brillante, estaban ahora apagados, hundidos y carentes de cualquier rastro de esperanza.

​A los pies de ese reflejo oscuro, yacía un bulto cubierto por una manta de viaje manchada de sangre fresca. Kael sintió que el mundo giraba violentamente al reconocer un mechón de cabello castaño que escapaba por el borde de la tela. Era Vera.

​—No… eso no es real. Es un truco de la sombra —gruñó Kael, aunque sus manos temblaban. Sacó sus garras plateadas con un chasquido metálico, intentando aferrarse a la realidad de su fuerza—. Ella está conmigo. Yo soy su escudo, su guardián.

​—¿Su escudo? —El Kael Sombrío soltó una carcajada amarga, un sonido seco que no tenía rastro de humanidad—. Mírate. Te llamas Alfa, te llamas protector, pero solo eres un imán para la tragedia. Protegiste a tus padres y murieron. Protegiste a tu manada y ahora son ceniza. La Portadora confió en tu pecho de acero, sin saber que por dentro solo eres una bestia torpe que no sabe hacer otra cosa que ver cómo todo lo que ama se rompe.

​Kael se lanzó al ataque con un rugido de furia ciega. Quería despedazar esa imagen, borrar la mentira que insultaba su honor. Pero sus movimientos eran pesados, como si sus extremidades fueran de plomo. Su reflejo lo esquivó con una agilidad sobrenatural y, con un movimiento rápido, le propinó un golpe en el plexo solar que lo mandó a volar varios metros.

​Kael impactó contra los restos calcinados de la empalizada defensiva. La madera podrida se astilló bajo su peso, clavándose en su espalda.

​—Mírala bien, Kael —susurró la sombra, caminando lentamente hacia él, arrastrando las garras por el suelo—. Murió sola, llamando tu nombre, mientras tú estabas demasiado ocupado compitiendo con un lobo o intentando demostrarle tu valor a un ángel. Tu orgullo es el arma que la ha matado. Si de verdad la quieres… déjala ir. Deja que Valthor la tome. Al menos en la oscuridad del Dragón no tendrá que sufrir por tu incompetencia.

​El Alfa del Norte se derrumbó de rodillas sobre los huesos de los suyos. El tigre en su interior, esa fuerza primaria que siempre lo había impulsado a luchar, estaba ahora encogido, soltando un gruñido lastimero de puro dolor. Cada palabra de la sombra encontraba un eco en sus propias inseguridades. ¿Y si su presencia solo atraía el peligro hacia ella?

​—Soy un fracaso… —murmuró, bajando la cabeza. La nieve roja empezó a caer con más fuerza, intentando enterrarlo junto a los restos de su pasado.

​Estaba a punto de cerrar los ojos y dejarse consumir por la culpa cuando, desde una distancia infinita, una distorsión rompió la estática de la pesadilla. Una voz ácida, cargada de un sarcasmo terrenal que no pertenecía a ese mundo de mitos y sombras, resonó en su mente:

​”…¡si prefiero morir en un sueño hermoso que vivir en tu parada de autobús gris… que así sea!”

​Kael levantó la vista bruscamente. El rostro de Vera, el de la verdadera Vera —desafiante, valiente y un poco insolente—, parpadeó sobre la imagen del cadáver. La ilusión del Kael Sombrío se distorsionó por un segundo. No era el fin. Vera seguía luchando en su propio infierno, y si ella no se rendía ante sus propios demonios, él no podía permitirse el lujo de arrodillarse ante los suyos.

No era el fin, pero la presión de la sombra de Valthor seguía siendo inmensa, manteniéndolo clavado en el suelo de su propia desolación, luchando por encontrar la fuerza para ponerse en pie.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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