Elarion - Vera y el lago entre los mundos - Capítulo 6
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6: Capítulo 6 — Leyes de Elarion 6: Capítulo 6 — Leyes de Elarion El campamento del Clan del Tigre Blanco respiraba con una calma engañosa tras el altercado con los lobos.
No era el silencio de la paz, sino el de la evaluación.
Vera caminaba junto a Kael, sintiendo cómo docenas de pares de ojos —algunos azules, otros verdes o ámbar— se clavaban en ella.
Las estructuras eran fascinantes: plataformas suspendidas en árboles milenarios, unidas por puentes de soga y madera que crujían con un ritmo orgánico.
No era un asentamiento primitivo; era una fortaleza viva.
—¿Siempre me miran como si fuera a estallar en cualquier momento?
—preguntó Vera, intentando que su voz no delatara su nerviosismo.
—No esperan que estalles —respondió Kael, su cola blanca rozando ocasionalmente la espalda de Vera para guiarla—.
Esperan entender qué eres.
Y lo que significas para el equilibrio de Elarion.
La detuvo frente a una tienda de proporciones majestuosas, hecha de pieles blancas inmaculadas y decorada con colmillos de bestias antiguas.
Al entrar, el aroma a hierbas secas y sándalo envolvió a Vera.
Dentro, tres mujeres de belleza exótica la esperaban.
Una tenía orejas felinas moteadas; otra, rasgos gráciles de ciervo.
Pero la que mandaba era una anciana de cabello gris plata y ojos dorados que parecían leerle el alma.
—Maera —presentó Kael con un respeto profundo—.
La Guardiana de Linajes.
La anciana se acercó a Vera, caminando con una elegancia que desafiaba su edad.
Empezó a mover las manos alrededor del cuerpo de Vera, sin tocarla, pero provocando que el panel de luz apareciera de repente, parpadeando con una intensidad nueva.
—Energía estable… núcleo vital denso… —murmuró Maera—.
Tienes una resonancia múltiple, niña.
No eres un alma simple.
—¿Me están haciendo una revisión técnica sin mi consentimiento?
—soltó Vera, arqueando una ceja—.
Porque si es así, espero que el diagnóstico incluya una cena y una cama decente.
Maera soltó una carcajada ronca.
—Tienes fuego en la lengua, Portadora.
Eso te servirá.
En Elarion, las hembras son escasas, y aquellas con tu pureza genética son…
leyendas.
—O sea, que soy como un Pokémon legendario —resumió Vera con un suspiro—.
Un espécimen raro que todos quieren atrapar con una Master Ball.
Kael frunció el ceño, su cola dando un latigazo de confusión.
—No sé qué es un “Pokémon”, pero Maera tiene razón.
Tu presencia aquí altera la fertilidad del mundo.
Tu energía muestra que no estás destinada a un solo vínculo.
Podrías formar varios…
si tu alma los acepta.
Vera se quedó helada.
Miró a Kael, cuya mandíbula se tensó al escuchar aquello.
—¿Varios?
¿En plan…
harén?
—Vera soltó una risa nerviosa—.
Chicos, en mi mundo me costaba gestionar una suscripción a Netflix, no sé si estoy preparada para un equipo de fútbol de hombres bestia.
—No es una elección de placer, aunque el placer vendrá —dijo Maera con una sonrisa críptica—.
Es una elección de supervivencia.
Tus vínculos crearán alianzas.
O guerras.
Cuando salieron de la tienda, el sol de Elarion comenzaba a teñir el cielo de un violeta profundo.
Kael guio a Vera hacia una plataforma elevada que dominaba todo el valle.
El viento movía su cabello blanco, y el cuero ajustado de sus pantalones —todavía mojado en algunas zonas— seguía marcando cada músculo de sus muslos de forma pecaminosa.
—Necesito que entiendas las leyes —dijo Kael, apoyando sus manos grandes en la barandilla de madera—.
Elarion se rige por la fuerza y el linaje.
Cruzar fronteras es un acto de guerra.
Vera recordó los ojos dorados de Rhydian y cómo la había mirado antes de retirarse.
—Rhydian…
el lobo.
Él te desafió por la frontera, pero me miraba como si fuera su postre favorito.
Él también es un Alfa, como tú, ¿verdad?
Kael se tensó.
Sus músculos pectorales se hincharon bajo la luz del crepusculo mientras se giraba para encararla.
—Sí.
Es el Alfa de la Manada de Plata.
Y según Maera, es potencialmente compatible contigo.
Vera soltó una carcajada seca, llena de sarcasmo.
—Fantástico.
Dos Alfas.
Uno que me viste con hojas y otro que quiere aullarme a la luna.
Mi autoestima debería estar por las nubes, pero solo siento que soy el premio en una pelea de perros y gatos.
Kael dio un paso adelante, atrapándola entre sus brazos y la barandilla.
No la tocaba, pero su calor era abrumador.
Sus ojos azules brillaban con una mezcla de deber y un deseo que empezaba a arder sin control.
—No eres un premio, Vera.
Eres el eje sobre el cual este mundo va a girar —dijo con voz ronca—.
Pero ser un Alfa significa proteger lo que es mío con más que palabras.
Vera lo miró fijamente, notando cómo el vello de sus brazos se erizaba por la proximidad y cómo el panel de control brillaba entre ambos: > ✧ VÍNCULO CON KAEL THAROS (ALFA) ✧ > Progreso: 72% hacia Nivel 2.
> Estado: Tensión sexual detectada / Confianza mutua +3.
> —Cambia bastante —susurró Vera, sintiendo cómo el corazón le martilleaba en la garganta—.
Ahora entiendo por qué eres tan mandón.
Viene con el cargo de Alfa.
Kael no se retiró.
Sus ojos bajaron a los labios de Vera, y la tensión se volvió casi insoportable.
Ella pudo notar el ligero temblor en la punta de su cola blanca, que se movía con una urgencia que él intentaba reprimir.
En ese momento, un rugido lejano, un aullido largo y profundo, rompió el silencio desde el bosque.
Rhydian estaba marcando su presencia, recordándoles que él seguía ahí fuera, esperando su turno.
Vera miró hacia la oscuridad del bosque y luego volvió a mirar a Kael.
—Parece que tu colega el lobo no sabe aceptar un “no” por respuesta.
Kael mostró los colmillos en una sonrisa feroz.
—Tendrá que aprender.
Porque de momento, Portadora, estás en mi territorio.
Y los tigres no compartimos lo que consideramos nuestro.
Vera sonrió con audacia, rodeando el cuello de Kael con sus brazos, disfrutando de cómo el cuerpo del tigre se tensaba bajo su toque.
—Cuidado, Alfa.
Que todavía no he firmado los papeles de exclusividad.
Kael soltó un ronroneo profundo que hizo vibrar todo el cuerpo de Vera, un sonido que era mitad caricia y mitad reclamo.
Sabía que esto era solo el principio.
Tenía a un tigre blanco reclamándola y a un lobo acechando en las sombras.
Y según el sistema, aún faltaban tres más.
—Esto va a ser una locura —murmuró Vera contra su cuello—.
Pero al menos no es un lunes en la oficina.
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